La oración como camino de conocimiento de Dios y del prójimo

Por Jonás Berea (jonasberea@gmail.com)
https://jonasberea.wordpress.com/

Arnolfo di Cambio, 'Mujer con sed' (1281)Posts anteriores:

Para terminar esta serie sobre la oración, compartiré algunas citas de diferentes autores sobre la oración.

En la oración se puede entrar de muchas maneras: con calma, con angustia, con alegría, con dolor… Ellen White habla de la oración como una lucha: hemos de «luchar con Dios en oración ferviente por un bautismo del Espíritu Santo» (Testimonios para los ministros, p. 468). La pelea de Jacob con el ángel es una poderosa representación vital de lo que es la oración.

A la oración se accede de muchas maneras, pero de ella siempre se sale mejor que como se entró. Orar trae paz, o al menos alivio. Al orar desde el pozo oscuro, siempre se ve como mínimo una tenue luz de esperanza.

¿Es la oración un deber?

A esta pregunta responde con mucho acierto C. S. Lewis:

«Si estuviéramos perfeccionados, la oración no sería un deber, sería una delicia. Algún día, gracias a Dios, lo será. Igualmente es cierto de muchas otras conductas que ahora nos parecen deberes. Si amara a mi prójimo como a mí mismo, la mayoría de las acciones que ahora son mi deber moral fluirían de mí tan espontáneamente como el canto de una alondra o la fragancia de una flor. […] Pero las mismas actividades para las cuales fuimos creados son, mientras estamos en la tierra, obstaculizadas de diversas maneras: por el mal en nosotros o en los demás. No practicarlas es abandonar nuestra humanidad. Practicarlas de forma espontánea y deleitosa todavía no es posible. Esta situación crea la categoría del deber, el ámbito específicamente moral por completo. […]

»Como imperativos prácticos para el aquí y el ahora los dos grandes mandamientos deben traducirse como “Compórtate como si amaras a Dios y a los hombres”. Porque ningún hombre puede amar porque se le ordene. Sin embargo, la obediencia en este nivel práctico no es obediencia en absoluto. Y si un hombre realmente amara a Dios y a los hombres, del mismo modo difícilmente esto sería obediencia; porque si lo hiciera, sería incapaz de evitarlo. Así que el mandamiento realmente nos dice: “Debes nacer de nuevo”. Hasta entonces, tenemos el deber, la moralidad, la Ley. Un maestro, como dice Pablo, para llevarnos a Cristo. No debemos esperar de ella más que lo que se espera de un maestro; y no debemos permitirle menos. Debo hacer mis oraciones hoy tanto si me siento devoto como si no; pero eso sólo es como el hecho de que debo aprender gramática si alguna vez quiero leer a los poetas» (Letters to Malcolm: Chiefly on Prayer, pp. 297-298).

Escribió Ellen G. White:

«La oración es necesaria, y no debiéramos esperar que se manifiesten los sentimientos sino orar, fervorosamente, ya sea que sintamos algo o que no sintamos nada… ¡Oh, cuánto deseo que dediquemos más tiempo a permanecer sobre nuestras rodillas, y menos a planificar por nosotros mismos y a pensar que podemos hacer grandes cosas» (Dios nos cuida, p. 274).

De la misma autora:

«La oración es el aliento del alma. Es el secreto del poder espiritual. No puede ser sustituida por ningún otro medio de gracia sin que se deteriore la salud del alma» (Obreros evangélicos, p. 268).

Miguel de Unamuno, a través de uno de los personajes de su novela La tía Tula, expresa así el significado de la oración:

«La oración no es tanto algo que haya de cumplirse a tales o cuales horas, en sitio apartado y recogido y en postura compuesta, cuanto es un modo de hacerlo todo votivamente, con toda el alma y viviendo en Dios. Oración ha de ser el comer, y el beber, y el pasearse, y el jugar, y el leer, y el escribir, y el conversar, y hasta el dormir, y rezo todo, y nuestra vida un continuo y mudo “¡hágase tu voluntad!”, y un incesante “¡venga a nos el tu reino!”, no ya pronunciados, mas ni aun pensados siquiera, sino vividos» (La tía Tula, Madrid: El País, 2005, p. 57).

Un Dios más allá de nuestro alcance

La oración es un milagro. A pesar de que Dios siempre se encontrará en una dimensión totalmente ajena a nuestro ser, a través de la oración nos podemos elevar hacia él, y él desciende a nosotros. En la oración se manifiesta la gracia de Dios de forma especial, como expresan estos dos autores católicos:

«La oración es una experiencia de gratuidad. Ese acto “ocioso”, ese tiempo “desperdiciado” nos recuerda que el Señor está más allá de las categorías de lo útil y de lo inútil. Dios no es de este mundo. La gratuidad de su don, creadora de necesidades profundas, nos libera de toda alienación religiosa y, en última instancia, de toda alienación» (Gustavo Gutiérrez, Teología de la liberación, Salamanca: Sígueme, 2004, pp. 246-247).

«La oración es siempre una maravillosa reducción de la eternidad a la dimensión de un momento concreto, una reducción de la eterna sabiduría a la dimensión del conocimiento humano» (Karol Wojtyla, Signo de contradicción, Madrid: BAC, 1978, p. 190).

Al “salir” de la oración se derrumban las imágenes incorrectas que tenemos de Dios y obtenemos un mayor conocimiento de Dios:

«La intensidad emocional no es en sí misma prueba de profundidad espiritual. Si oramos aterrados oraremos seriamente; eso sólo prueba que el terror es una emoción seria. Sólo el mismo Dios puede sondear nuestras profundidades. Y, por otro lado, debe actuar constantemente como un iconoclasta. Toda idea que nos formamos de él, él debe destrozarla por misericordia. El resultado más bendecido de la oración sería elevarse pensando: “Pero si yo nunca antes lo había sabido. Nunca lo habría soñado…”» (C. S. Lewis, Letters to Malcolm: Chiefly on Prayer, p. 276).

Amistad con Dios

Sundar Singh (1889-1929) nació en una familia sij de la India; convertido al cristianismo con dieciéis años, dedicó su vida a difundir la fe en Jesús. En su libro Enseñanzas del maestro tiene algunas hermosas reflexiones sobre la oración:

«Cuando vemos una grulla o una garza inmóviles en la orilla de un lago o de un estanque, podemos pensar que ambas meditan sobre la belleza del agua. ¡Pero no es así! Están quietas allí, sin moverse durante horas, pero tan pronto ven una rana o un pececillo, se abalanzan y lo devoran con gula. Mucha gente tiene una impresión parecida de la plegaria y de la meditación. Asentados en la orilla del ilimitado océano que es el amor de Dios, realmente no piensan en su majestad o en la divina gracia que nos limpia del pecado y satisface el hambre del alma. Así que están consumidos por el pensamiento de recibir algo para ellos mismos, algún bocado que gratifique su autoindulgencia. […]

»La esencia de la plegaria no consiste en pedir cosas, sino en abrir el corazón a Dios. Rezar es el continuo abandono en Dios. Es lo que desea el mismo Dios, el dador de vida. Orar es la comunión con Dios, recibirle a Él, que es el dispensador de todos los buenos dones. Orar es vivir una vida de amistad en Él. Es respirar y vivir en Dios. […] Rezar significa que hablamos con Dios, que estamos en comunión con Él y que somos transformados a su imagen y semejanza: comenzamos a adquirir una naturaleza gloriosa e incorruptible» (pp. 75, 76).

Otra cita de Ellen G. White:

«Si mantenemos al Señor constantemente delante de nosotros, permitiendo que nuestros corazones expresen el agradecimiento y la alabanza a él debidos, tendremos una frescura perdurable en nuestra vida religiosa, nuestras oraciones tomarán la forma de una conversación con Dios, como si habláramos con un amigo. El nos dirá personalmente sus misterios. A menudo nos vendrá un dulce y gozoso sentimiento de la presencia de Jesús» (Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 99, 100).

El prójimo

El objetivo de la vida del cristiano es conocer a Cristo, porque es la única manera de ser transformados a su imagen. Las vías para conocerlo son la Escritura, la naturaleza, la oración y el prójimo. Porque la oración no ha de ser una vía mística, un perderse en Dios y no encontrarse más. Nuestro terreno de lucha es el mundo, y ál hemos de volver tras conversar con Dios. La oración es un campo de entrenamiento para la vida. Salimos de ella con fuerzas para relacionarnos de forma constructiva con los demás, y para servir.

La única forma de vivir para Dios es vivir para la humanidad, empezando por los más cercanos. Por ello, la auténtica oración cristiana no puede limitarse a un “tú y yo” entre Dios y el orante; siempre debe comprender al prójimo: tú, yo y los demás.

[Imagen: Arnolfo di Cambio, ‘Mujer con sed’ (1281).]

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