La oración intercesora (II)

Por Jonás Berea (jonasberea@gmail.com)
https://jonasberea.wordpress.com/

Henry Ossawa Tanner, 'Los pobres agradecidos' (1894)Posts anteriores:

La oración y el Reino de Dios

La intervención de Dios en el mundo, es decir, el Reino de Dios, opera como una semilla (Mateo 13: 31-32) o como una pizca de levadura (Mateo 13: 33). Jesús podría haber sanado a todos los enfermos y resucitado a todos los muertos. Es más, mucho antes Dios podría haber solucionado el problema del pecado y el mal de un plumazo. Pero la Escritura nos enseña que su plan tiene una dinámica diferente, una dinámica del crecimiento, del camino con baches, caídas y retrocesos. En esa dinámica es donde entra la oración, no solo de agradecimiento y alabanza, sino también de petición (por uno mismo y por los demás). La oración, como tantas cosas en el mundo del Espíritu, contiene paradojas, que son contradictorias desde la lógica humana pero que se mueven en la lógica de Dios, una lógica de la fe y la dependencia, una lógica en cierto sentido infantil.

Lo que desde una perspectiva cuantitativa (humana, a fin de cuentas) serían agravios comparativos, desde la perspectiva cristiana no lo son porque la Escritura enseña que, a pesar de todo, Dios vela. Este mundo se ha desviado pero no se le va completamente de las manos, y él tiene la última palabra. Orar (por uno, por los demás…) forma parte de la pedagogía con la que Dios quiere mostrarnos que la solución final (que es cósmica y personal a la vez) está en sus manos. Creo que la cuestión no es determinar qué giro positivo en los acontecimientos se debe a la oración y cuál no; no se trata de establecer una casuística, y menos cuando se trata de las vidas de otros. Ahora bien, abandonar la oración intercesora por el hecho de que no terminemos de entenderla es un grave error. Es más, si tenemos dudas sobre la oración de intercesión, considero que la reacción correcta es practicar más la oración en general.

Según la Biblia, todos los cristianos somos sacerdotes (1 Pedro 2: 9; Apocalipsis 1: 6; 5: 10; 20: 6) al servicio del único Sumo Sacerdote, Cristo, que ejerce su ministerio en el santuario celestial, tal y como se describe en la epístola a los Hebreos y en el Apocalipsis. Al igual que los sacerdotes del antiguo Israel oraban constantemente por el pueblo, los creyentes ejercemos nuestro sacerdocio orando por la salvación del mundo y por la justicia: «Exhorto ante todo a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y por todos los que tienen autoridad, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad. Esto es bueno y agradable delante de Dios, nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad» (1 Timoteo 2: 1-4).

Interceder es ser como Dios

Joel Barrios aporta unas reflexiones sobre la intercesión a partir de dos pasajes de la Biblia. En el primero, cuando el pueblo pecó adorando al becerro de oro, Dios le pidió permiso a Moisés para destruir a Israel y formar un pueblo nuevo a partir de la descendencia del propio Moisés (Éxodo 32: 10). Entonces este intercedió fervientemente por el pueblo y Dios «se arrepintió del mal que dijo habría de hacer a su pueblo» (vv. 11-14). En realidad Dios no pretendía destruir al pueblo, sino que estaba asumiendo el papel del hombre (vengativo, justiciero) para que Moisés se pusiera en el papel de Dios (perdonador).

«Dios por momentos nos da la posibilidad de actuar como Dios y él actúa como si fuéramos nosotros», dice Barrios. En esto consiste la intercesión. «Por eso, cuando tienes la oportunidad de interceder por alguien, actúa como Dios, no como hombre», añade. Es lo que tenemos que hacer con aquellos con los que tenemos conflictos. Interceder es amar como Dios ama.

En el segundo pasaje, cuando la mujer sirofenicia le pide a Jesús que eche el demonio que atormenta a su hija, Jesús le responde: «No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel» y «No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros» (Mateo 15: 24, 26). Según Barrios, en realidad Jesús estaba dándoles a sus discípulos la oportunidad de actuar como Dios: deberían haber pedido a Jesús que sanara a la hija. Pero ellos perdieron esa oportunidad: pedían a Jesús que despidiera a la mujer.

Entendidas así, estas escenas nos ofrecen enseñanzas sobre la oración de intercesión como una vía que Dios nos ofrece para asemejarnos a él.

Dos perspectivas equivocadas

A mi juicio, hay dos posiciones equivocadas respecto a la oración de intercesión. Una consiste en concebir la oración como un intercambio: yo le ofrezco a Dios mi oración, él a cambio me concede lo que le pido. Como reacción a esta “oración de transacción”, existe el error de creer que orar por los demás no es acertado, porque implica poner a Dios contra las cuerdas.

Ambas concepciones me parecen erróneas porque las dos se mueven en el paradigma mecanicista. En cambio, si entendemos la oración como relación, orar por los demás es imprescindible.

Es llamativo cómo en una sociedad en la que cada vez menos personas son creyentes de una religión definida o tradicional, parece que se extiende una especie de oración agnóstica por los demás, expresada en frases del estilo de “Mañana me presento a un examen; por favor, mandadme buenas vibraciones”, “Mucha fuerza en este momento tan duro de tu vida”, o “Sentí que me llegaba vuestra energía”. Incluso se invoca la intercesión de personas fallecidas: “Yo sé que esta gran actriz, desde allí donde esté, nos acompaña para que este acto sea un éxito”. Dado que mencionar a Dios es políticamente incorrecto, hay quienes invocan a “los dioses”, en un gesto que parece combinar la broma, la superstición y la fe pagana.

Todo esto se debe a que cuando queremos que algo ocurra, o cuando deseamos hacer algo por los demás y materialmente no hay posibilidad de hacerlo, existe un impulso en el corazón humano que nos impele a “intervenir” espiritualmente. Es cierto que ese impulso puede tener motivaciones egoístas y mezquinas; es cierto que muchas veces se hace desde una perspectiva pagana de quid pro quo, de intercambio ante una divinidad a la que ofrecemos nuestro “sacrificio” para que nos conceda nuestros deseos; es cierto que a veces “enviar energía”, o hacer una oración, es la forma de dar la impresión de que se hace algo y así escabullirse de una acción real que sí podríamos hacer.

Pero ninguna de estas desviaciones debería llevarnos a anular la oración por los demás, sino a hacerla comprendiendo cada vez más el sentido profundo de la misma, que es la relación con Dios e incluso con el prójimo, que es moverse en una relación de dependencia con el Padre y de fraternidad con los hermanos. Escribe Ellen G. White: «Dios responde a la oración hecha en favor de quienes se colocan en el canal de sus bendiciones. Al par que rogamos por estos afligidos, debemos animarlos a que hagan algo en auxilio de otros más necesitados que ellos» (El ministerio de curación, p. 198).

Leo en una cuenta de Twitter: «La oración intercesora es para que dependamos de Dios, para dejar que él nos utilice en lugar de utilizarle nosotros a él. Hay incluso cristianos que no entienden esto y consideran inútil la oración intercesora, a la vez que se abren a admitir las “vibraciones”» (Tímido Sin Recursos, 26 de octubre de 2016).

Algunas conclusiones

  • En toda la Escritura, incluido el ministerio de Jesús, se señala la oración en general, y la intercesora en particular, como práctica cristiana fundamental.
  • Como todo “mandamiento”, la oración es ante todo una cuestión de fe: debemos creer en la promesa, ponerla en práctica, y a través de la experiencia Dios nos irá dando luz y claves, que son más vivenciales que teológicas.
  • La oración, como todo en la vida cristiana, es ante todo un asunto personal y de conciencia. No se puede ni se debe imponer la oración a los demás, porque entonces pierde su naturaleza salvífica. Si orar por los demás nos resulta más perturbador que liberador, algo está mal. En tal caso habrá que orar por ello (aunque resulte paradójico).
  • La oración intercesora hace un bien espiritual a la persona sobre la que se ha orado cuando conoce o recuerda que se está orando por ella: «Pedro no fue abandonado, aunque había pecado gravemente. Sobre su alma se habían grabado las palabras de Cristo: “Yo he rogado por ti que tu fe no falte”. En la amarga agonía de su remordimiento le dieron esperanza esa oración y el recuerdo de la mirada de amor y piedad de Cristo» (Ellen G. White, Palabras de vida del Gran Maestro, p. 120).
  • Pero si nos quedáramos en eso, la oración tendría solo un efecto psicológico, y por otro lado sería ineficaz cuando la persona por la que se ora nunca llega a saberlo. La oración por los demás es ante todo entrar en la onda de Dios, aunque no entendamos todas las dinámicas que se operan en ella.
  • La oración en general (incluida la intercesora) no se puede entender desde un planteamiento mecánico-racionalista (yo pido > Dios oye > Dios da), sino ante todo en clave relacional. El objetivo nunca soy yo, ni la petición en sí, sino el Dador. Desde esa perspectiva, se pide con confianza infantil, no con mentalidad de mercadeo.
  • Un error muy típico del paradigma mecanicista es prestar más atención a la petición que a la relación. Así, si se cumple lo que pido, “Dios ha respondido”; si no se cumple, “Dios no responde”. Hacemos silogismos. Pero yo creo que Dios quiere que recurramos a la oración para relacionarnos más con él; y como él sabe que los seres humanos expresamos nuestra preocupación por cosas y personas concretas, desea que le comuniquemos todas nuestras inquietudes y preocupaciones, tanto si son cuestiones propias como ajenas. En el asunto de la oración podemos pecar de adultez (o de intelectualismo), y olvidar que debemos ser como niños (que son pedigüeños por definición). Y al comunicarnos con Dios, él ofrecerá las “dádivas” de las que Jesús habló (Lucas 11: 13), que son las que Dios sabe que necesitamos, no necesariamente las que nosotros hemos escrito en “la lista de los Reyes Magos”.
  • Creo que cuando uno pide por otros desde una perspectiva relacional, aprende a hacer cada vez mejor las oraciones intercesoras, pues ciertamente las hay tan desorientadas que en parte es lógico que muchos cristianos pierdan la fe en esta práctica.
  • Ojo con la oración de intercesión como forma de escabullirse de la responsabilidad personal: «He notado que nuestras oraciones por los demás fluyen con más facilidad que las que ofrecemos por nosotros mismos. […] Detecto dos razones […] para explicar esta facilidad de mis oraciones intercersoras. Una es que a menudo, creo, estoy orando por los demás cuando debería estar haciendo cosas por ellos. Es mucho más fácil orar por un pesado que ir a verlo. Y la otra es similar. Supongamos que oro para que se te dé la gracia de resistir frente a tu gran pecado […]. En tal caso, todo el trabajo os toca hacerlo a Dios y a ti. Si oro sobre mi propio gran pecado, seré yo quien tenga trabajo que hacer» (C. S. Lewis, Letters to Malcolm: Chiefly on Prayer, en Selected Books, Londres: HarperCollins, 2002, p. 266).
  • Cuando el pueblo de Dios se moviliza orando sinceramente por una causa, Dios puede intervenir de forma sorprendente mediante cambios visibles que alimentan la “fe colectiva” (si es que podemos llamarla así) de la comunidad. Dios es ante todo el Dios de cada individuo, pero le gustan mucho las comunidades, y en especial las comunidades que oran.

En el último post de esta serie compendiaré algunas ideas sobre la oración como camino de conocimiento de Dios y del prójimo.

[Imagen: Henry Ossawa Tanner, ‘Los pobres agradecidos’ (1894).]

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5 comentarios en “La oración intercesora (II)

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