María

Por Jonás Berea (jonasberea@gmail.com)
https://jonasberea.wordpress.com/

Henry Ossawa Tanner, Christ and His Mother Studying the Scriptures (1910)María, la madre de Jesús, es un personaje bíblico entrañable. La Escritura habla poco de ella. La Biblia traza una teología sobre solo unos pocos seres humanos; por ejemplo, Adán, en la medida en que Cristo es el segundo Adán. Hay personajes del Antiguo Testamento que son antitipo de otros del Nuevo (por ejemplo, Elías de Juan el Bautista). Sobre María, más que una teología bíblica, hay simplemente narraciones.

Quizá no es correcto decir “simplemente”. La Biblia ante todo es historia, son historias de seres humanos en su relación con Dios, un Dios que se hace historia en la figura de Jesús.

María aparece por primera vez en la escena de la anunciación (Lucas 1: 26-38). Su diálogo con Gabriel, tan exquisitamente narrado por ese gran escritor que es Lucas, resulta encantador. El ángel le dice: “¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres”. Ella, lógicamente, se asusta, y se muestra ya como una persona que no es impulsiva ni de reacciones rápidas: “Consideraba qué significaría este saludo”.

Cuando Gabriel le explica que concebirá al Mesías, ella no reacciona como la anciana Sara (que se rió cuando Dios le anunció que tendría un hijo), ni como el viejo Zacarías (que pidió al ángel una señal de que era cierto que Elisabet sería madre), sino que mostró sorpresa y pidió más información: “¿Cómo será esto?, pues no conozco varón”. El ángel se lo explica con una preciosa metáfora: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”; añade que “nada hay imposible para Dios”, a lo que María responde: “Aquí está la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra”.

Es una respuesta de pura humildad, pero también de una fe asombrosa: sin duda no ha acabado de entender lo de la sombra del Altísimo, y no sabe qué será de ella a partir de ese momento, pero está convencida de que Dios la sostendrá y guiará. María muestra que la fe es lo mismo que la obediencia (aunque la obediencia no siempre es lo mismo que la fe). Dios le anuncia algo que ninguna otra mujer ha escuchado ni escuchará jamás, y ella cree y espera, a pesar de lo inaudito y extraño del anuncio, y a pesar de que su embarazo significará para ella el riesgo de afrontar el rechazo e incluso la pena de muerte por fornicación.

María destaca como una persona atenta, observadora y meditativa: cuando los pastores llegaron a adorar a Jesús, ella “guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lucas 2: 19); lo mismo se dice de ella cuando tras la primera Pascua de Jesús en Jerusalén sus padres lo pierden y después lo hallan en el templo (v. 51).

María habla poco, guarda en su corazón. Entiende algo, intuye bastante y sabe que algún día comprenderá más. En este sentido, impacta su paciencia.

Estas cualidades de María son ejemplares para todo cristiano. Hay conductas y actitudes de otras personas que nos sirven de orientación, y como creyentes podemos imitarlas (1 Corintios 11: 1; Filipenses 3: 17; 1 Tesalonicenses 1: 6; Hebreos 6: 12). Pero ni María ni ninguna otra persona aparece jamás en la Biblia como un modelo para los cristianos; solo Cristo es el modelo.

Precisamente los evangelios recogen varios momentos de la vida de María tan claros en este sentido, que parecen estar registrados para que en el futuro nadie intentara elevarla a una posición que solo corresponde a Cristo. En las bodas de Caná se precipita al señalar a Jesús que se ha acabado el vino. Su hijo le responde: “¿Qué tiene que ver esto con nosotros, mujer?” (Juan 2: 4). Una respuesta que puede sonar seca en labios de Jesús, pero que en su contexto era más respetuosa de como nos parece hoy, y que resultaba necesaria para que nadie atribuyera las funciones del Salvador a cualquier otro ser humano.

Lo mismo ocurre en otros dos pasajes del evangelio. En cierta ocasión, “una mujer de entre la multitud levantó la voz y le dijo” a Jesús: “¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los senos que mamaste! Pero él dijo: ¡Antes bien, bienaventurados los que oyen la palabra de Dios y la obedecen!” (Lucas 11: 27-28). Ni siquiera ser la madre del Mesías es garantía de la bienaventuranza eterna. Y desde luego el útero y los pechos de María no quedan “benditos” en sí por haber criado a Cristo: la bienaventuranza divina no es una marca indeleble, sino consecuencia de la relación permanente con el Salvador. Ni el máximo honor que una persona haya recibido cuenta como mérito ante Dios.

El mismo mensaje aparece en Mateo 12: 46-50: “Mientras él aún hablaba a la gente, su madre y sus hermanos estaban afuera y le querían hablar. Le dijo uno: Tu madre y tus hermanos están afuera y te quieren hablar. Respondiendo él al que le decía esto, dijo: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: Éstos son mi madre y mis hermanos, pues todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.”

La última mención a María está en Hechos 1: 14, donde se dice que acompañaba a los apóstoles y a otros creyentes en el aposento alto tras la ascensión de Jesús. Si se quedó en Jerusalén, es posible que Pablo la conociera en persona años después. Tanto si así fue como si no, la única mención que hace de ella es la de Gálatas 4: 4: “Cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la Ley”. Es significativo que ni siquiera mencione su nombre, porque el valor teológico de su figura se limita al hecho de que Jesús fue hombre, y como tal “nacido de mujer”.

María es piadosa, pero no responde al estereotipo de persona pasiva, a veces algo mojigata, de la devoción popular posterior. No hay más que leer el “Magnificat”, ese poema que pronunció al visitar a su prima Isabel (Lucas 1: 46-55). Sobre él escribiré en un futuro post.

[Imagen: Henry Ossawa Tanner, ‘Cristo y su madre estudiando las Escrituras’ (1910).]

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2 comentarios en “María

  1. Pingback: El ‘Magníficat’ de María | Blog de Jonás Berea

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