Debates sobre el infierno (II)

Zdzisław Beksiński (1929-2005), Visión del infiernoPor Jonás Berea (jonasberea@gmail.com)
https://jonasberea.wordpress.com/

En el post anterior traté del debate sobre el infierno en el mundo evangélico, a raíz de un artículo de Will Graham criticando un vídeo de Daniel Bosqued.

Dos teólogos católicos se cuestionan el infierno

Recientemente también ha habido cierto debate en la web Religión Digital a raíz de dos artículos del teólogo católico José María Castillo en los que niega la existencia del infierno. Como se explica en este post, algunos de sus razonamientos son muy poderosos, pero es triste que en su argumentación no recurra a la Biblia y en cambio sí al “Magisterio de la Iglesia”.

Algo similar hace el teólogo católico Andrés Torres Queiruga en su artículo ¿Qué queremos decir cuando decimos infierno?, una extensa exposición en la que, en lugar de rechazar la tradición (como indicó Jesús que debía hacerse cuando es contraria a la revelación: Mateo 15: 6), intenta (vanamente, creo yo) compatibilizarla con la enseñanza bíblica, con argumentos tan sorprendentes como el siguiente: “Algo que hoy resulta realmente inconcebible, pudo estar justificado en su época histórica. ¿Quién puede, por ejemplo, calibrar el efecto moralizador que la predicación del infierno tuvo sobre costumbres bárbaras e inhumanas o frente a autoridades ante las que no cabía otro freno ni control?”.

En lugar de partir de la revelación, Queiruga pretende “restablecer de algún modo esa dialéctica de continuidad en la novedad que es tan típica de la fe cuando se renueva desde sus raíces más auténticas. Porque lo cierto es que, siendo minoritario, este modo de ver no estuvo nunca ausente de la tradición”. De ahí sus esfuerzos por interpretar los textos del Concilio Vaticano II de forma que encajen con sus convicciones sobre el tema.

Por otro lado, algunas referencias que aporta son muy útiles para conocer detalles de la teología tradicional católica sobre el infierno. Tomás de Aquino creía que Dios, para garantizar el tormento eterno de los réprobos, modifica “expresamente la acción del ‘fuego’ del infierno, para que, a pesar de ser material, pueda atormentar las almas de los condenados, que son espirituales”. El teólogo católico más importante de la historia argumentaba también que “los contrarios contrapuestos entre sí brillan más”, por lo que “a fin de que la bienaventuranza de los santos los complazca más y den por ella abundantes gracias a Dios, se les concede que contemplen con toda nitidez las penas de los impíos”. Son ideas espeluznantes que Queiruga atribuye al “peculiar sentido medieval del honor y de la justicia”.

También explica cómo diversos teólogos, al menos desde Orígenes, han defendido la apocatástasis, doctrina según la cual finalmente Dios salvará a todos los seres humanos, de modo que no habría infierno eterno. Parece que Queiruga valora positivamente este enfoque, totalmente contrario a la Biblia. También considera que no se puede descartar a priori “una posibilidad, presente en la tradición, pero poco explotada: la de que después de la muerte quepa aún un ejercicio efectivo de la libertad”, una creencia igualmente antibíblica (en la parábola del rico y Lázaro, que bien leída de ningún modo sustenta la existencia del infierno, Jesús sí que enseñó nítidamente que tras la muerte no se puede cambiar el destino de la persona).

Con gran acierto Queiruga relaciona la idea del infierno con la creencia en la inmortalidad del alma, que cada vez más teólogos cristianos rechazan. Es notable este argumento de Queiruga: “Que Dios, acogiendo nuestro esfuerzo y nuestro deseo, nos haga inmortales para ser eternamente feli­ces, está en la lógica de su creación por amor y constituye el sentido mismo de la salvación. Pero que Dios hiciese inmortal a alguien con el fin de poder condenarlo, que lo librase de su natural caída en la nada y lo mantuviese en su ser sólo para hacerlo su­frir… a mí, al menos, me resulta inconcebible”.

Pero Queiruga, al acabar aceptando cierta interpretación espiritual del infierno, incurre en errores como negar la resurrección de los pecadores, sin duda porque en su exposición falta la idea de que hay un “infierno” que sí existe según la Biblia, que es la Gehenna en la cual serán destruidos los condenados tras el juicio final; un juicio que sería imposible sin la resurrección de toda la humanidad.

Esa espiritualizacion del infierno, al prescindir de la base bíblica, requiere un ejercicio filosófico que finalmente lleva a “explicaciones” tan abstrusas como la siguiente: “El ‘infierno’ comprendido de ese modo, por lo que supone de pérdida irreparable de plenitud posible, deja sentir su aspecto trágico, su dura y apremiante llamada; pero al mismo tiempo pierde su absolutización estática, para acabar integrado como un momento dinámico en la plenitud real que, ya sin sombra de ningún tipo, constituirá el gozo y la gloria en que, cada cual a su modo, vivirán todos los seres que un día se han abierto a la conciencia y con ella al ansia de felicidad total. El sueño del Creador se verá cumplido, pues, aunque –como el Cordero del Apocalipsis– no haya podido evitar las heridas de la historia, al final, con toda verdad y con seguridad irreversible, ‘Dios será todo en todos’ (1 Cr 15, 28)”. ¿Realmente el creyente puede aferrarse a explicaciones como esta? Con lo clara que es la Biblia…

Otros errores, además del infierno

No solo muchos teólogos católicos cuestionan el infierno. También entre los católicos practicantes de a pie cada vez son menos los que creen en su existencia (no digamos entre los no practicantes). Es una doctrina que la mentalidad moderna rechaza y que tampoco interesa resaltar, dado que muchas personas han abandonado la fe por no aceptar creencias como esta, que han sido instrumentalizadas masivamente para provocar una adhesión religiosa mediante el terror. Por otro lado, excepto algunos círculos concienciados, los católicos de a pie en general no conocen bien la propia doctrina de su iglesia, y aun en caso de conocerla seleccionan aquello que consideran apropiado y rechazan lo que no les parece aceptable (se ve muy claro en asuntos de pareja, anticonceptivos, etc.). Es lo que ocurre cuando la teología está centrada en la iglesia, en lugar de estar centrada en la Escritura.

Muchos católicos creen que Juan Pablo II afirmó en 1999 que el infierno no existe, a partir de unas declaraciones un tanto ambiguas divulgadas mediante los típicos titulares sensacionalistas de la prensa. Lo cierto es que, como explica este artículo, Wojtyla en absoluto modificó la doctrina tradicional, simplemente moduló hábilmente los énfasis en algunos aspectos de ella para hacerla más aceptable a la mentalidad actual.

También hay quienes creen que el papa Francisco ha negado la existencia del infierno, debido sobre todo a unas falsas declaraciones inventadas por una revista satírica y ampliamente difundidas como ciertas, y a un artículo de Juan Arias que tergiversaba a su antojo ciertas palabras de Bergoglio, como se explica aquí. Lo que sí hizo Francisco, al igual que había hecho Juan Pablo II, fue resaltar la idea del infierno como una “condenación eterna” que consiste en el alejamiento y la privación de la presencia de Dios. En realidad estos papas están exponiendo la doctrina del último Catecismo de la Iglesia Católica (números 1033-1037) que, aunque menciona el “fuego eterno”, no insiste especialmente en la llamada “pena de sentido”, y pone su énfasis en la “pena de daño”: “La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios”. La cuestión es que, en cualquier caso, la doctrina católica sigue enseñando sin ninguna duda que los condenados estarán en agonía toda la eternidad por estar privados de la presencia de Dios.

Además de la doctrina del infierno, la teología católica, para poder cuadrar ciertas situaciones en las que las personas antes de morir no se beneficiaron de la imprescindible mediación sacramental que ejerce su iglesia, fijó otras dos creencias: aquellas almas que cometieron pecados no mortales y no los confesaron deben pasar un tiempo variable en el purgatorio; y los niños que murieron sin recibir la gracia a través del bautismo (y por tanto sin posibilidad de acceder al paraíso), se dirigen al limbo. Respecto a este último, se cree generalmente que la Iglesia Católica ha afirmado oficialmente que no existe, lo cual no es exacto, como se explica en este artículo.

En cuanto al purgatorio, el Catecismo sostiene la doctrina tradicional sobre el mismo (números 1030-1032) y, si bien es cierto que por su impopularidad no se predica abiertamente con frecuencia sobre esta pecular doctrina, no solo ningún papa ha negado su existencia, sino que en la práctica se está afirmando la misma todos los días: en los funerales por las almas de los muertos, en las misas por ellos que (previo pago) se encargan periódicamente y en las indulgencias por los vivos y por los muertos que todos los papas (incluido el actual) siguen promulgando. Todo ello se explica en este artículo.

Es muy triste que haya tanta gente pendiente de lo que diga un líder religioso sobre tal o cual asunto para saber qué hay que creer o no, o para sentir que sus creencias previas son autorizadas o confirmadas. Desde el cristianismo bíblico, la cuestión que se debe elevar siempre es: ¿Qué ha revelado Dios en la Escritura sobre estos asuntos?; y no: ¿Qué ha dicho tal o cual “autoridad” religiosa, del pasado o del presente, sobre ellos?

El rechazo del infierno, si no va acompañado de una enseñanza bíblica sobre la naturaleza mortal del ser humano, puede llevar a otra creencia que tergiversa el carácter de Dios casi tanto como el infierno, como es el universalismo o apocatástasis (creer que Dios salvará a toda la humanidad). Si el infierno implica que Dios no puede solucionar el problema del mal, el universalismo implica que Dios no es capaz de hacer justicia. Sin duda la justicia de Dios sobrepasa infinitamente en sabiduría y misericordia el pobre sentido de justicia que tenemos los humanos. Pero, al igual que es inaceptable pensar que Dios se venga eternamente de los pecadores, también es insoportable pensar que Dios finalmente otorgará a los criminales de este mundo que han ido a la tumba regodeándose en sus maldades la misma impunidad de que muchos de ellos han disfrutado en esta tierra, y no ejercerá justicia a favor de quienes han sido triturados a lo largo de la historia y cuyas “almas” claman por un juicio justo (Apocalipsis 6: 9-10). Tampoco es concebible que Dios vaya a obligar a ir al paraíso a las personas que no quieren salvarse. Además, si todo el mundo fuera al paraíso, ¿qué hacemos miles de años aquí matándonos y dañándonos unos a otros y a nosotros mismos? ¿Por qué no nos salva de una vez? Sería una broma macabra de Dios. Finalmente, para creer en el universalismo habría que ignorar infinidad de textos bíblicos (gran parte de ellos del propio Jesús) que precisan claramente que habrá un juicio para condenación.

Conclusión

Por todo ello, aunque no creer en el infierno es positivo en sí, este rechazo tiene muy poco recorrido espiritual si no se avanza hacia una comprensión más profunda de lo que Dios ha revelado en su Palabra: el carácter amoroso de Dios, su entrega incondicional y gratuita por todas las personas en la cruz, la enseñanza bíblica de que no existe un alma inmortal y de que la muerte es como un sueño, la segunda venida de Cristo, la resurrección de toda la humanidad, el juicio para salvación de unos y condenación de otros, la destrucción definitiva del mal y de sus agentes y la vida eterna en esta Tierra renovada. Son enseñanzas estrechamente interconectadas entre sí, y solo considerándolas en su conjunto y profundizando en ellas podemos entender que el plan de Dios para la humanidad gira en torno a un gran eje: Dios es amor.

[Imagen: Zdzisław Beksiński (1929-2005), ‘Visión del infierno’.]

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Un comentario en “Debates sobre el infierno (II)

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