Dos textos sobre la violencia en la Biblia

Por Jonás Berea (jonasberea@gmail.com)
https://jonasberea.wordpress.com/

Giotto_-_Scrovegni_-_-31-_-_Kiss_of_JudasEl tema de la violencia en la Biblia resulta perturbador para muchos creyentes y es objeto de debate teológico desde siempre.

De entre los numerosos textos mínimamente sólidos que se han escrito sobre el tema, voy a recomendar dos. El primero es el libro La no violencia de Dios y de los hombres, del teólogo adventista Georges Stéveny, publicado en 2001 y traducido del francés por Aula7Activa en 2014, en cuya web está disponible en PDF). El segundo es una serie de artículos del teólogo evangélico Juan Stam publicada en su sección semanal Magacín de Protestante Digital entre el 12 de marzo y el 30 de abril de 2017.

El principal problema con que nos encontramos los cristianos en relación con la violencia son los pasajes del Antiguo Testamento en los que Dios ejecuta juicios destructivos y, sobre todo, en los que ordena acciones bélicas a su pueblo. Quizá ninguno de los dos autores que presento aporte una solución definitiva, pero ambos ofrecen claves interpretativas que, sin rechazar la historicidad de la Biblia, ayudan a comprender esos textos bíblicos en su contexto histórico y teológico. Para ello es necesario entender el concepto de violencia en la Biblia, materia que aborda Stam en su primer artículo. En el segundo resume los principales episodios de violencia, divina o humana, en la Biblia.

Tanto Stéveny como Stam rechazan como solución oponer radicalmente “el Dios del Antiguo Testamento” al del Nuevo. Escribe Stéveny (pág. 22):

Al estudiar los dos Testamentos, podemos observar aún que el amor de Dios está descrito en el Antiguo con tanta intensidad como en el Nuevo, y que de la ira de Dios se habla en el Nuevo con tanta severidad como en el Antiguo. Atribuir la violencia al Antiguo Testamento y el amor al Nuevo Testamento no tiene fundamento alguno.

Y añade (pág. 27):

Dos testamentos, dos alianzas, pero un solo Dios, que es a la vez justo y bueno, sin contradicción, pero a condición de no edulcorar el amor, desnaturalizándolo, y de no endurecer la justicia, mecanizándola

Dios es amor; y, como señala Stéveny, «el amor sin justicia ya no es amor» (pág. 24). La justicia de Dios como motor de su actuación en la historia es precisamente el asunto del quinto artículo de Juan Stam.

No voy a exponer aquí los argumentos que estos autores presentan para explicar los textos de violencia de la Biblia. Como sus posiciones no son simples (y ante todo no son simplistas), conviene leerlas completas tal y como las desarrollan. Creo que tampoco pretenden ofrecer respuestas definitivas, pero sí criterios de aproximación al texto bíblico muy dignos de tener en cuenta.

Escribe Stam en el tercer artículo de su serie:

Con una sana hermenéutica podremos evitar los dos extremos peligrosos ante estos pasajes: (1) verlos como una negación total de la credibilidad de las escrituras hebreas y (2) encontrar en ellos alguna justificación para las guerras (ni mucho menos guerras santas), las conquistas territoriales, las torturas o la pena de muerte hoy día.

En el cuarto artículo considera algunos aspectos culturales que condicionan la visión de la violencia en diferentes épocas. Aunque seguramente no podemos hablar de progreso ético en la humanidad, es cierto que hoy en día, como señala Stam, hay un “rechazo casi universal de la esclavitud” y una apreciación generalizada de “la igualdad de los derechos de las mujeres y el desarrollo de la democracia”. Podríamos decir que, al margen de que la práctica de la violencia sigue siendo brutal hoy, el horizonte ético ha cambiado.

Stam incluye un artículo sobre la violencia en los libros “deuterocanónicos” y otro sobre la violencia en los textos de la comunidad de Qumrán; no son de tanto interés para el creyente, pero sí contribuyen a la contextualización del asunto en su entorno histórico.

El octavo y último artículo trata sobre la guerra y la no violencia en el Nuevo Testamento. Según Stam, las escrituras cristianas no son demasiado concluyentes sobre el tema. Creo que Stéveny lo aborda mejor al exponer más claramente la radicalidad de la propuesta cristiana. Por ejemplo, Stam dice que «cuando unos soldados acudieron a Juan el Bautista, él no les criticó por su profesión militar (al servicio del imperio)». Pero hay que tener en cuenta que, por un lado, lo más probable es que esos soldados no estuvieran al servicio del imperio, sino que fueran judíos al servicio de Herodes. Y, ante todo, como explica Stéveny (págs. 47-48), la ética de Juan el Bautista es todavía en gran medida veterotestamentaria, porque es un profeta que se encuentra «en la intersección entre las dos alianzas» (este pasaje y otros también son analizados en el artículo del mismo autor El cristiano y la guerra).

Stéveny hace otras aportaciones interesantes: por ejemplo, refuta la interpretación según la cual el mandamiento “No matarás” debería traducirse como “No asesinarás”, la cual dejaría abierta la posibilidad (incluso hoy) de matar de acuerdo con las autoridades políticas (guerra, pena de muerte…).

Creo que el tema de la violencia y la no violencia nos ocupará a los cristianos hasta que Cristo venga. Seguirá habiendo aproximaciones diferentes y enfoques enfrentados en matices o un grado más extremo. Personalmente, creo que lo más necesario para los cristianos es asumir que, independientemente de cómo interpretemos los actos de violencia del pasado que narra la Biblia, el evangelio de Cristo nos insta a rechazar todo tipo de violencia hoy, y avanzar en los tres grados de la no violencia que magistralmente expone Stéveny: el primero implica el respeto a la vida (se trata de la la no violencia pasiva); el segundo la no violencia activa como herramienta para defender la justicia; y el tercero «es la vertiente que contempla el amor y la gracia, y consiste en devolver bien por mal» (pág. 57).

El máximo fundamento de la no violencia cristiana es Cristo en la cruz, como explica Juan Stam en su último artículo:

En medio de tantas ambigüedades y ambivalencias, la Biblia encuentra su respuesta definitiva al problema de la violencia en el punto central de toda la historia: en la cruz del Calvario.  Al fin de cuentas, la respuesta de Dios a la violencia fue la de asumirla en sí mismo y así derrotarla para siempre.

Cristo mismo se insertó dentro de la paradoja del mal y de la violencia y la convirtió en la paradoja de la gracia y la vida.  En la cruz él absorbió la violencia para liberarnos de su fatalidad […].  Por eso el león vencedor del Apocalipsis resulta ser un Cordero inmolado (Ap 5: 5-6).  Cuando Cristo rechazó el uso de la espada y le dijo a Pilato que su reino no procedía de ese “mundo”, quiso enseñarnos que el reino de Dios no viene por la fuerza sino por la vía de la Cruz.

Por eso, hoy día también, la cruz tiene que modelar toda nuestra vida, incluso nuestra respuesta básica a la violencia.  La existencia cristiana es por su propia naturaleza una existencia cruciforme.  El que quiere venir en pos de mí, dijo Cristo, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga, porque “el que pierde su vida la hallará” (Mt 16:24-25)

[Imagen: Giotto, ‘El beso de Judas’ (1304-1306).]

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