‘Gracia para el oportuno socorro’, de William G. Johnsson

Por Jonás Berea
https://jonasberea.wordpress.com/

JohnssonLa editorial adventista APIA publicó en 2013, en la colección “Lo mejor de nuestros pensadores”, Gracia para el oportuno socorro, un libro de 1979 de William G. Johnsson, autor de varias obras y editor de la Adventist Review entre 1982 y 2006.

El libro es un comentario a la epístola a los Hebreos (sobre la cual Johnsson realizó su tesis doctoral en Teología en 1973). No se trata de un comentario capítulo a capítulo, versículo a versículo, sino de un análisis temático del contenido del libro bíblico. Lo cual no quita que el autor nos ofrezca exégesis puntuales de algunos versículos difíciles.

Johnsson trata de identificar las ideas motrices de la obra, que entiende no fue escrita fragmentariamente, sino como una unidad lógica y literaria. Y considera que no es propiamente una carta o epístola, sino un sermón. Sin entrar en la polémica sobre su autoría, identifica al autor de Hebreos como “el apóstol”.

Según Johnsson, “el apóstol declara que la teología, incluso la teología difícil, contribuye al crecimiento cristiano” (p. 23), pero considera que la teología está al servicio de la exhortación. De hecho, tal y como expone Johnsson, Hebreos está estructurado en una sucesión alternada de pasajes teológicos y parenéticos.

Hebreos expone el contraste entre el antiguo pacto y el nuevo: “El Nuevo Testamento no es una mera continuación del Antiguo. Aunque el único Dios se levanta detrás de ambos, hay una distinción cualitativa fundada en el supremo valor de la persona y los hechos del Hijo” (p. 45).

El tema principal de Hebreos es Cristo, al que considera en sus facetas de Hijo, Hermano, Sumo Sacerdote (según el orden de Melquisedec, concepto nítidamente explicado por Johnsson), Sacrificio y Rey.

La epístola hace mucho énfasis en la idea de que Cristo es hermano de los hombres como consecuencia de la encarnación; en relación con ello está la intensa descripción que en el libro se hace de los sufrimientos de Jesús, siempre vinculándolos a su muerte vicaria, muerte que por un lado hermana a Jesús con la humanidad (porque llega vivir hasta las últimas consecuencia todo lo inherente a la condición humana), y por otro libra a la humanidad del “abandono” final que solo él vivió (la “segunda muerte”).

Johnsson explica también la idea de Hebreos de que Jesús aprendió la obediencia mediante el sufrimiento (Hebreos 5: 8): los seres humanos comunes aprendemos a base de caer y levantarnos. En esto Jesús se diferencia de nosotros, pues nunca cayó; pero aun así fue aprendiendo a vivir una entrega al Padre cada vez mayor, y eso podemos vivirlo nosotros también, aun no siendo impecables como él.

Según Johnsson, la epístola no aborda cuestiones especulativas. Afirma que Dios ha hablado en el pasado a los hombres (Hebreos 1: 1), pero no trata de demostrarlo, ni de probar la existencia de Dios: “El empeño por fundamentar la existencia de Dios sobre argumentos racionales ocupó a los filósofos durante siglos. El éxito de la empresa, sin embargo, ha sido dudoso. Las «pruebas» clásicas (los argumentos sobre el ser perfecto, sobre el diseño, o acerca de la moralidad) son insuficientes para convencer a los escépticos e innecesarios para los creyentes» (p. 58).

Hebreos tampoco nos explica “cuándo tuvo lugar el momento de la combinación divino-humana”, ni se plantea si la voluntad divina de Jesús “hubo de vencer […] la renuencia de una voluntad humana”, ni se arriesga a “explicarnos qué ocurrió con la divinidad en el momento de la muerte en la cruz”. Porque “el llamamiento a «considerar» a Jesús no es un estímulo para el debate filosófico. El apóstol no habla de metafísica sino de verdad espiritual. Nos invita a reflexionar en la persona de Jesús en cuanto Hijo y hombre, no a averiguar cómo pudo ser ambas cosas a la vez”. Johnsson recuerda que “aunque la teología formula preguntas, y así debe ser, asegurémonos de que son preguntas válidas” (págs. 78-79). Este enfoque de Johnsson entronca con la cosmovisión bíblica; si la iglesia lo hubiera mantenido, se habrían evitado las numerosas discusiones bizantinas que posteriormente, y hasta hoy, tantas divisiones han provocado.

El libro destaca la humanidad de Jesús, algo que frecuentemente se ha perdido de vista a lo largo de la historia del cristianismo, de modo que el concepto de divinidad ha eclipsado todo, y muchos “contemplan sus tentaciones como hechos preparados con antelación, su ministerio como algo predeterminado y asegurado, e incluso la cruz como una conclusión decidida de antemano”, y consideran a Jesús una especie de “Superhombre Cósmico” (p. 81). Un Jesús así “es maravilloso, pero en un sentido remoto y sobrenatural”. En cambio, el libro bíblico lo presenta como a nuestro Hermano, como alguien dependiente, que necesita orar. Y más que una invitación a imitar a Jesús, Hebreos pone el acento en la fundamentación de su sumo sacerdocio; “nos llama a confiar en lo que ha hecho más que hacer lo que él hizo” (pág. 80).

Hebreos es el único lugar del Nuevo Testamento en que se designa a Jesús como sumo sacerdote. Johnsson explica el sentido de la expresión de que Jesús es sacerdote “según el orden de Melquisedec” (Heb. 5: 6), tomada de Salmos 110: 4, y realza la figura de Cristo como auténtico sumo sacerdote y mediador, el único que “en su propia persona aúna divinidad y humanidad”, lo cual tira por tierra a todos los mediadores que “han intentado cubrir la brecha entre Dios y el hombre, representar al hombre ante la presencia de la Deidad”. “Ningún ministro del evangelio ha de alentar la veneración sacerdotal. El pueblo de Dios debe dirigir constantemente su atención al Único que ministra en nuestro favor en el templo celestial” (pag. 110).

A la hora de comparar el viejo culto israelita con el sacerdocio de Jesús, el autor de Hebreos “no arguye que el antiguo sea malo (¿cómo podría hacerlo, si viene de Dios?). En lugar de ello, enfatiza que es insuficiente, y –aquí está el meollo del asunto– que la obra de Jesucristo suple por completo todas sus deficiencias” (p. 120). Después de Cristo, todo es mejor; las barreras hacia Dios que permanecían antes de él, han caído. “En el cristianismo es característico el atrevimiento. Gracias a la sangre de Jesús, los creyentes del Nuevo Testamento entran en el santuario –la presencia real de Dios– sin temor ni temblor” (p. 124). En el antiguo pacto hay imperfección, y en el nuevo hay perfección, pero no en el sentido de impecabilidad, sino de plenitud, integridad, algo de que carecían los servicios antiguos (pp. 125-126).

Johnsson no desarrolla una teología de la cruz. Ante preguntas como “¿Por qué Jesús debió morir?” o “¿No había otra manera de suprimir el problema del pecado?”, considera que “no podemos dar ninguna respuesta definitiva. Si ahondamos en el divino plan de la Expiación, en última instancia encontramos misterio. Todo lo que podemos hacer es aceptar las palabras de Hebreos 9: 22 con su axiomática «norma de la sangre»” (pp. 136-137).

Ahora bien, la cruz no responde solo a una inexorabilidad: “Los no cristianos vieron en la cruz el fracaso de las pretensiones de Jesús de Nazaret, pero los cristianos la miraron y vieron en ella su cumplimiento. La cruz era la culminación de una vida: una vida de cruz llevaba inevitablemente a una muerte de cruz. Como Cordero de Dios, nacido para quitar el pecado del mundo, la muerte era segura… si decidía permanecer fiel a la voluntad divina” (p. 136).

La cruz además es un hito histórico desde la perspectiva cristiana del tiempo: “El cristiano vive en una curiosa relación con el tiempo. Por una parte, mira para atrás hacia un acontecimiento que es el punto medio de la historia. La cruz ha determinado el curso del futuro, el seguro y final triunfo del reino del bien y la erradicación del mal. Por otra parte, mira hacia delante a la consumación, al día en el que quien es Rey por derecho lo será de hecho” (p. 149).

Mientras tanto, los cristianos recorremos nuestro itinerario en esta tierra. La peregrinación es la idea organizadora de la epístola a los Hebreos, que nos enseña que “somos una comunidad de adoración pero no estática. Como pueblo, estamos en marcha, o así debería ser. Peregrinos, viajamos hacia el lugar más sagrado del universo, la presencia de Dios” (p. 182).

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Un comentario en “‘Gracia para el oportuno socorro’, de William G. Johnsson

  1. En relación la obra: Gracia para el oportuno socorro de de William G. Johnsson, recordemos que cuatrocientos años antes se instruía a los nativos del área que comprende desde La Florida (sede de Apia) hasta el istmo de Panamá, con poemas de Miguel de Guevara (entre otros), como este soneto:

    Levántame, Señor, que estoy caído,
    sin amor, sin temor, sin fe, sin miedo;
    quiérome levantar y estoyme quedo;
    yo propio lo deseo y yo lo impido.

    Estoy siendo uno sólo, dividido;
    a un tiempo muero y vivo, triste y ledo;
    lo que puedo hacer, eso no puedo;
    huyo del mal y estoy en él metido.

    Tan obstinado estoy en mi porfía,
    que el temor de perderme y de perderte
    jamás de mi mal uso me desvía.

    Tu poder y bondad truequen mi suerte:
    que en otros veo enmienda cada día,
    y en mí nuevos deseos de ofenderte.

    (Miguel de Guevara)

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