Por el mundo y contra el mundo (2ª parte)

emil-nolde-cristo-entre-los-ninos-1910Por Bernhard Oestreich y otros autores
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III. Por el mundo

Por todo lo expuesto, paradójicamente para el cristiano luchar contra el mundo implica entregarse al mundo, vivir para el mundo. En primer lugar, porque el mundo es objeto del amor de Dios.

Dios ama al mundo

¿Cómo es posible que el mundo, como creación, sea objeto de los cuidados solícitos de Dios a la vez que, tras su caída y siendo perverso como es, esté abocado a la perdición? ¿Cómo es posible que ambas cosas sean verdad? Es importante que no situemos ambas realidades en una sucesión cronológica. No basta con decir que el mundo fue creado por Dios y ahora tiene la tara del pecado. Esto tiene la ventaja de reducir la tensión y el inconveniente de negar la historia de la salvación en el interior mismo de la historia desdichada de este mundo. Este contraste no se sostiene más que con la ayuda de una tercera afirmación sobre el mundo: Dios lo ama.

La humanidad es una creación tan amada por Dios que el Padre envió a su Hijo a este mundo (Juan 3: 16). […]

La humanidad amada por Dios es un mundo perdido hasta tal punto que costó la vida del Hijo de Dios. El amor acepta incluso ese aspecto del mundo. Nada se embellece ni se minimiza. Todo el horror de la caída se hace visible y audible en la cruz: Jesús, el Inocente, lanzó un grito y expiró (Mar. 15: 37).

«No hay auténtica vinculación a los datos del mundo creado, no hay verdadera responsabilidad en el mundo, si no se reconoce primero el abismo que nos separa del mundo. No hay auténtico amor al mundo fuera del amor con el que Dios amó al mundo en Jesucristo» (D. Bonhoeffer, El precio de la gracia. El seguimiento, Salamanca: Sígueme 2004, p. 65).

El mundo es de Dios

Aunque temporalmente el Enemigo campa a sus anchas en el mundo, este todavía es de Dios; le pertenece por creación y, en promesa, por redención:

«Por el don incomparable de su Hijo, Dios rodeó al mundo entero con una atmósfera de gracia tan real como el aire que circula alrededor del globo. Todos los que decidan respirar esta atmósfera vivificadora, vivirán y crecerán hasta alcanzar la estatura de hombres y mujeres en Cristo Jesús» (E. G. White, El camino a Cristo, p. 76)

«Los campos cercanos y lejanos pertenecen a Dios pues el mundo es suyo. La propiedad terrenal de Dios ha sido usurpada, pero él abrirá un camino de manera que la verdad sea presentada en los rincones oscuros de la tierra» (E. G. White, Testimonios para los ministros, p. 191).

Apartarse del mundo cuando es necesario

«Los cristianos viven como los otros hombres. Se casan, lloran, se alegran, compran, usan del mundo para vivir cada día. Pero lo que tienen sólo lo tienen por Cristo, en Cristo, a causa de Cristo, y así no quedan atados a estas cosas. Son plenamente libres. Por serlo, pueden usar del mundo y no están obligados a retirarse de él (1 Cor. 5: 13). Por ser libres, también pueden abandonar el mundo cuando constituye un obstáculo para seguir a su Señor» (D. Bonhoeffer, El precio de la gracia. El seguimiento, Salamanca: Sígueme, 2004, p. 65).

El mundo como espacio vital y campo de misión para la iglesia

El mundo solo puede ser descrito mediante contrastes; así también la relación de la iglesia con el mundo. Por un lado, la iglesia es enviada al mundo, del mismo modo que Dios envió a Jesús (Juan 16: 28; 17; 18). El mundo pertenece a Dios y lo ama. Por eso no lo abandona a su suerte, sino que actúa en él mediante su iglesia con el fin de que el mundo pueda salvarse (Mar. 16: 15). La iglesia contribuye a conservar el mundo como sal de la tierra (Mat. 5: 13). Tiene el mandato de predicar y hacer que las fuerzas de las tinieblas retrocedan (Mar. 16: 15-18; 2 Cor. 10: 4-5). No debe retirarse del mundo, ni aun cuando esté enfrentada al maligno (1 Cor. 5: 9-10). […]

Del mismo modo en que Jesús vino al mundo, su iglesia debe seguirlo y situarse, como él, en medio del mundo. A causa de que Jesús ama al mundo y, por ello, se acercó a él, también la iglesia ama al mundo. Ello incluye un sí total a su presencia en el mundo. […] El pueblo de Cristo «no existe como un cuerpo extraño integrado en la historia del mundo, ni como un meteorito procedente del espacio que ha caído sobre la tierra, ni como una perla en la ostra, sino que, puesto que participa activamente en la historia del mundo, es uno de sus elementos: está en el mundo absoluta y plenamente» (K. Barth).

Interés por el mundo

La iglesia se interesa profundamente por el mundo en que vive. En primer lugar, aparece la percepción de la situación. En otras palabras, Jesús, «viendo al gentío, le dio lástima de ellos, porque andaban maltrechos y derrengados como ovejas sin pastor» (Mat. 9: 36). Cuando Pablo llegó a Atenas recorrió la ciudad y “encontró” un altar dedicado al dios desconocido. Pablo encontró porque buscaba entender la situación. El altar era signo de lo que preocupaba a los hombres.

El amor por el mundo se identifica desde el principio por el hecho de tener los ojos abiertos. No somos indiferentes al modo en que el mundo vive, a qué le da placer o le hace sufrir. El interés conlleva el esfuerzo de un conocimiento atento del mundo. […] Si tenemos la impresión que la iglesia discute sobre asuntos alejados de las preocupaciones del mundo, debemos poner en tela de juicio el amor por el mundo. […]

La iglesia […] ve mejor que el mundo. En otras palabras, al análisis banal del mundo no añadirá otro análisis banal cargado de optimismo por la creencia generalizada en un futuro mejor. Pero la iglesia no habla tampoco el lenguaje de aquellos que se lamentan por la situación del mundo. Precisamente en la actualidad, cuando el optimismo se ha desvanecido y los problemas sobrepasan a los seres humanos, los creyentes se ponen en pie y levantan la cabeza porque se acerca su liberación (Luc. 21: 28). La iglesia ve con más profundidad, por una parte en un sentido más realista –juicio– y por otra en un sentido más cargado de esperanza –gracia–. Jesús veía lo que otros no veían: […] campos que amarilleaban, listos para la cosecha (Juan 4: 35).

Solidarios con el mundo

La iglesia no es neutra con respecto al mundo (Juan 17: 15), sino que vive en medio de él (Juan 17: 18) […] y comparte con él su fortuna o infortunio. Las excepciones milagrosas, aunque sean narradas con placer, no son prueba de lo contrario.

La iglesia también es solidaria con el mundo por el hecho de que en ambos encontramos la misma situación interior. Los creyentes están embarcados en la misma “galera” que el resto de la humanidad. Si el barco, como resultado de la política o la economía, vira a babor, la iglesia sigue su mismo movimiento. […]

Si aceptamos que la situación del mundo se refleja en el interior de la iglesia, esto nos llevará a una verdadera solidaridad con el mundo. La iglesia no se sentirá mejor. No dará su testimonio de la salvación ofrecida por Dios desde una posición de fuerza, sino que será consciente de que su dependencia y su indigencia son iguales a las del mundo. Ello excluye toda tentativa de imponer al mundo una dominación cristiana. El Señor de la iglesia se dio a conocer con debilidad y humildad, solidarizándose con los pecadores.

Solo el cristiano puede aceptar totalmente el mundo en su mundanalidad. Él será el único que no lo embellezca con un espíritu optimista ni lo falsifique con un espíritu nihilista; porque sabe qué significa ser aceptado en Cristo; está liberado del mundo.

El mundo, a causa de sus propias faltas, está en crisis constante y se lamenta continuamente por su situación. Busca a los culpables, se venga y va acumulando nuevas faltas. Por otra parte, la iglesia vive en estado de gracia. Conoce el perdón, desconocido por el mundo, y no necesita descargar su culpabilidad o buscar chivos expiatorios. Si lo hiciera, sería mundana.

Existir para el mundo

No ser del mundo quiere decir ser distinto, no sentirse cómodo en el mundo, mantenerse en oposición al mundo. Así como Jesús era solidario con el mundo, aunque estuviera opuesto a él como el nuevo Adán, la iglesia se encuentra en el mundo aunque tenga sus orígenes más allá. Solo de ese modo Jesús pudo servir al mundo y salvarlo. En ese aspecto, la iglesia sigue a su Maestro: al ser diferente, es “algo” para el mundo. No ser del mundo significa, en un sentido positivo, que se existe para el mundo. «La iglesia es iglesia tan solo cuando existe para los demás» (Bonhoeffer).

La iglesia agradece y alaba “sustitutivamente” por lo que espera. El culto sirve para eso, entre otras cosas. No es el lugar en el que la iglesia se reúne “consigo” y en el que busca sus propios intereses. Es el signo de que la iglesia existe para el mundo.

Compromiso por el mundo

Jesús celebró un matrimonio, dio de comer a hambrientos y sanó a enfermos. Fueron muchas acciones en la tierra. Aquellos que fueron sanados o resucitados volvieron a caer enfermos y murieron. Los que fueron alimentados volvieron a pasar hambre. Los alegres invitados a las bodas volvieron a la cotidianeidad y al tedio. Y sin embargo, su obra no fue en vano. Cuando dio de comer a los hombres, Jesús indicó su obra eterna: él mismo es el pan de vida (Juan 6). Eso disipó muchos malentendidos. Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Esto os escandaliza?» (Juan 6: 61). Pero no renuncia a estar plenamente en el mundo. Los actos de Jesús venían de la eternidad y conducían a ella. Era el signo de que no era de este mundo (Juan 5: 36).

La iglesia recibió el mandato de actuar del mismo modo en el mundo, de aliviar la miseria y, dominando con valor y alegremente los deberes cotidianos, de ser un signo de fe. Sus ámbitos de actividad pueden ser la educación sanitaria, la ayuda en el bienestar psíquico, así como la enseñanza de la confianza y de la competencia social. No se trata de un servicio individual, sino de un servicio público: legislación, cuestiones económicas, etcétera. […]

Una iglesia que quiera vivir para sí misma no es la iglesia de Cristo.

A través de toda su existencia, la iglesia debe conformarse a su mandato. Ello incluye palabra y acción. Jesús envió a la iglesia al mundo para predicar y curar (Mar. 16: 15-18): «El mundo se convencerá no tanto por lo que el púlpito enseña como por lo que la iglesia vive» (E. G. White, Joyas de los testimonios, t. 6, p. 498). […] Sin acción misionera en el mundo, la iglesia pierde su derecho a existir. […]

La confianza en Dios puede producir la confianza mutua. Para sobrevivir en este mundo, la fe es cada vez más necesaria. Jesús dijo: «Vosotros sois la sal de la tierra» (Mat. 5: 13). Ello no significa que la iglesia tenga la solución para todo, sino que recibió el don de la confianza y vive de él. […]

La iglesia da testimonio de una fe adventista: estamos salvados –en esperanza (Ro 8: 24)–. El Señor viene. Frente a la creciente inseguridad y al miedo generalizado de los seres humanos ante el futuro, ese mensaje es actual. […]

La misión

No anunciamos una iglesia, sino a un Señor. No vendemos nuestra mercancía, sino que regalamos a Jesús.

Jesús perseguía un fin preciso: ganar personas para el reino de Dios. Declaró que hay alegría en el cielo por la conversión de un solo hombre y lloró por aquellos que lo rechazan. Contrariamente al comportamiento mundano, Jesús actuaba así por los hombres y no en beneficio de su propio éxito. Recomendó a sus discípulos que no se alegraran por sus propios éxitos, sino por haber sido aceptados por Dios (Luc. 10: 20). Para él, las personas no son un medio para ampliar su reino. Por esa causa, cuando ve que uno solo acepta, siente más alegría que por los noventa y nueve restantes (Luc. 15: 7). Pero, ante todo, Jesús sabe aceptar el fracaso. Distribuyó pan a cinco mil porque las personas tenían hambre y deseaba establecer un signo de que él es el pan de vida. Cuando muchos se alejaron de él, no se lamentó por haberlos alimentado (Juan 6). Curó a diez leprosos porque quiso proporcionarles salud y salvación. Cuando uno regresó a él y recibió la salvación además de la curación, Jesús no lamentó haber curado a los otros en vano. Simplemente se lamentó de que no le permitieran ser de mayor utilidad (Luc. 17: 17-19). Ordenó a sus discípulos que fueran sal y luz. «La luz y la sal tienen una función desinteresada» (Kraus).

«Por lo que al éxito de sus esfuerzos se refiere, la iglesia puede considerar que no tiene ni lo necesita ni debe obtenerlo. Puesto que actúa por obediencia, no debe preocuparse por la suerte o el resultado de su esfuerzo. Su responsabilidad consiste en seguir las instrucciones del Señor» (Barth).

IV. Conclusión

Pablo en el barco

Evocaremos un suceso en la actividad de Pablo (Hech. 27). El apóstol se encontraba con otros en una situación comprometida habitual provocada por una tormenta. El puente del barco se movía bajo sus pies del mismo modo que lo hacía bajo los pies de sus compañeros. Su temor llegó hasta el punto de temer por su vida con tanta intensidad como temía que, acusado y sospechoso, fuera condenado a muerte. Pero, en apariencia, no se retiró en la torre de marfil de la fe. No le habrían escuchado porque ¿qué habría tenido que ver con los hombres de ese barco? Habría sido tan egoísta como el comportamiento de los marinos que intentaban escapar en los botes salvavidas.

Pablo percibió el peligro con un realismo mayor que los marinos, quienes creían que se podrían poner a salvo en los botes. Vio que debían comer y necesitaban reponer fuerzas (se interesó por ellos). Aceptó su situación como propia, tuvo miedo, hambre y frío con ellos (se solidarizó). Hizo cuanto pudo, no para salvar el navío, sino para incitar a los hombres para que comieran y tuvieran confianza en Dios. Toda su conducta de hombre en el mundo era el signo de su última seguridad en Cristo y testimonio para el mundo. […]

El apóstol se encontraba en medio de la tormenta, en el barco, en la misma situación que los demás. Pero, gracias a Dios, vio el peligro con más claridad. Previó el peligro, y también la salvación. Era capaz de observar la situación con más precisión que los otros. Sabía cuál era la necesidad (la comida) y dio ejemplo. Puesto que tenía seguridad, era capaz de procurar a los otros una nueva confianza. Esa es la razón de ser de la iglesia en el mundo: está llamada al servicio y al testimonio. Es un modelo de lo que sucede con Dios.

Ambigüedad y paradoja

«El creyente no afirma la maldad del mundo, de la historia y del progreso, sino su ambigüedad, su insuficiencia y su limitación» (Martín Gelabert, Salvación como humanización, Madrid: Ediciones Paulinas, 1985, p. 49).

«El creyente vive en un mundo que él sabe que es transitorio, pero que en el momento actual está encuadrado, por voluntad divina, en el marco de la historia de la salvación y sujeto a la soberanía de Cristo. La convicción de que ese mundo tendrá que desaparecer lleva al creyente a rechazarlo; pero su convicción de que ese mismo mundo constituye el marco, establecido por Dios, en el que se desarrolla el presente salvífico, lo lleva a aceptarlo» (Oscar Cullmann, Cristo y el tiempo, Madrid: Cristiandad, 2008, p. 261).

«Una de las grandes paradojas de la vida cristiana es que toda la iglesia (y cada miembro de ella) está llamada tanto a implicarse en el mundo como a separarse de él, tanto a la “mundanalidad” como a la “santidad”. No a una mundanalidad profana, no a una santidad que se aparta del mundo, sino a una “santa mundanalidad”, un verdadero apartarse para Dios que se vive en el mundo, ese mundo que él hizo y al que mandó a su Hijo para redimirlo» (John Stott, Christ the Controversialist, Londres: Tyndale Press, 1970, p. 191).

«A lo largo de la historia la iglesia ha tendido a irse a los extremos […]. A veces, en su acertado propósito de ser santa, se ha separado del mundo y ha perdido contacto con él. Otras veces, en su igualmente apropiado propósito de no perder contacto con el mundo, se ha conformado a él y se ha convertido prácticamente en indistinguible de él. Pero la visión de Cristo para la santidad de la iglesia no es ni el retiro ni la conformidad» (John Stott, The Contemporary Christian, Leicester and Downers Grove: IVP, 1992, p. 262).

«El Señor quiere que su pueblo esté en el mundo, pero que no sea del mundo» (E. G. White, Testimonios para los ministros, p. 175).

«No te ruego que los saques del mundo, sino que los protejas del Malo» (Juan 17: 15).

[Imagen: Emil Nolde, ‘Cristo entre los niños’ (1910).]

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Un comentario en “Por el mundo y contra el mundo (2ª parte)

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