Por el mundo y contra el mundo (1ª parte)

Por Bernhard Oestreich y otros autores
https://jonasberea.wordpress.com/

profetaEl Comité de Investigación Bíblica de la División Intereuropea de la Iglesia Adventista del Séptimo Día celebró unas conferencias bíblicas en 1993, que fueron recogidas en un volumen titulado La iglesia de Cristo. Su misión y su ministerio en el mundo. Aula7Activa lo ofrece traducido al español en formato PDF. Sus trece capítulos, escritos por diferentes teólogos de nuestra iglesia, son rigurosos y merecen ser leídos.

En estos dos artículos reproduzco gran parte del capítulo 6, La Iglesia en el mundo”, escrito por Bernhard Oestreich. Dado que a veces la lectura en formato PDF de volúmenes largos resulta un poco incómoda, me ha parecido interesante seleccionar y reestructurar el contenido de este capítulo y añadir subtítulos y algunos comentarios personales, así como varias citas de otros autores sobre el mismo tema. Tanto mis comentarios como las citas (estas, entrecomilladas y acompañadas de la referencia correspondiente) van en párrafos desplazados a la derecha. El resto del texto es de Oestreich. –Jonás Berea

I. ¿Por el mundo o contra el mundo?

Según la Biblia, ¿el mundo es bueno o es malo? Seguramente como primera respuesta nos viene a la mente: “Es malo”. Como dice Juan, «el mundo entero está bajo el maligno» (1 Juan 5: 19), pues el príncipe de este mundo es el diablo (Juan 12: 31), quien insta a los humanos a seguir la corriente del mundo (Efe. 2: 2). Cristo dijo que su reino no es de este mundo (Juan 18: 36). «Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios», dice Santiago (4: 4).

Pero el concepto “mundo” tiene otras dimensiones en la Biblia.

Creado por Dios

La palabra griega que se traduce como “mundo” en el Nuevo Testamento es kósmos.

Kósmos designa todo el mundo creado por Dios. En el pensamiento griego, el mundo está caracterizado por la belleza y el orden. Es como un edificio, un todo, una organización que ha recibido la huella de una esencia interior (su espíritu). Sin embargo, ese aspecto no determina la esencia del mundo en el Nuevo Testamento. En nuestro caso, creemos que el mundo fue creado por la palabra de Dios. Dios no pertenece a este mundo; sin embargo, para el pensamiento griego, el mundo de los dioses es una parte del kósmos.

Lo primero que debemos decir a propósito del mundo es que es una creación de Dios. Ello no significa tan solo que Dios formó la tierra y el mar, el día y la noche, las plantas, los animales y al ser humano (Gén. 1 y 2; Sal. 104). También implica que Dios tiene el dominio sobre el mundo habitado. Creó a cada ser humano como una maravilla (Sal. 139: 13-16), cuida solícitamente a la humanidad y forma el corazón de los seres humanos (Sal. 33: 12-15). […]

Jamás en el Nuevo Testamento se recurre a kósmos para designar el mundo futuro creado por Dios. Ello es debido al hecho de que la creación, tal y como la conocemos actualmente, está tan degradada y alejada de Dios que la palabra kósmos no parece adecuada para describir el mundo futuro.

Caído en pecado

Que el mundo no deje de ser jamás obra de Dios no disminuye en nada el hecho de que cayera en el pecado y merezca morir. Ello se aplica a toda la creación, a los seres humanos y a la naturaleza, las plantas y los animales. Todo tiende hacia la decadencia y el caos (Rom. 8: 20). Del mismo modo, esto se refiere al entorno del ser humano: a la sociedad y a la historia, incluso a la religión humana. La esencia del mundo caído está alterada. A causa de que Dios no es reconocido como soberano, toda esa confusión, toda la perversidad, toda la inhumanidad cae sobre el ser humano (Rom. 1: 21-32). La soberanía sobre el mundo, puesta por Dios en manos del ser humano, cayó en manos del maligno, el príncipe de este mundo (Juan 12: 31; 14: 30; 16: 11; Efe. 2: 1-3; 1 Juan 4: 4).

El mundo es malo (1 Juan 5: 19). Se opone a Dios (Juan 8: 23; 18: 36; 1 Cor. 1: 21; 2: 12; 1: 19) y le odia (Sant. 4: 4) así como odia a Jesús (Juan 7: 7; 8: 37-47).

El mundo es la humanidad

Kósmos designa la tierra habitada (Rom. 4: 13; 1 Cor. 14: 10). El mundo es lo que está a disposición del ser humano, su ámbito de actuación, sus posibilidades. En ese sentido, el prójimo, con sus posibilidades físicas y síquicas, forma parte del mundo.

Especialmente en el Evangelio de Juan y bajo la pluma de Pablo, kósmos designa a los habitantes del mundo. […] El mundo es la humanidad (Mar. 14: 9; 16: 15; Mat. 26: 13; Juan 1: 20, 29; 1 Cor. 1: 20, 26; Rom. 1: 8; 3: 19; 4: 13; etc.). Por consiguiente, ese mundo es contemplado desde su relación con el Dios salvador.

Dios se ocupa del mundo

A pesar de que el mundo cayó en el pecado, Dios lo mantiene y se ocupa de él desde aquel día (Juan 5: 17). El mundo pertenece a Dios. Si la iglesia tiene algo que ver con el mundo, tiene que ver con la creación de Dios, aun cuando el mundo se oponga a Dios. En la Biblia no existe ningún dualismo que oponga a Dios y el mundo como dos antagónicos iguales.

II. Contra el mundo

En esa ambigüedad, la Biblia destaca en gran medida los aspectos negativos del mundo y nos advierte sobre diferentes dimensiones de la hostilidad del mundo hacia Dios y hacia los creyentes.

Odiados por el mundo

Jesús dejó bien claro que el mundo odiaría a sus seguidores:

«Yo les he transmitido tu mensaje y el mundo los odia porque no le pertenecen, como tampoco yo» (Juan 17: 14; Mat. 10: 22-26). Un aspecto de la experiencia del creyente es que el mundo lo rechaza puesto que no forma parte de él: «El mundo es para el cristiano una tierra de extraños y enemigos» (E. G. White, Joyas de los testimonios, t. 2, p. 16). Esa experiencia puede llegar a ser un signo de la existencia escatológica (Fil. 1: 28). Porque sufrir la enemistad del mundo es parte de la comunión con Cristo, quien ya la experimentó en su persona (Fil. 1: 29; 3: 10; 1 Ped. 2: 21; 4: 12-13).

[…] El mundo odiará a la iglesia (Juan 15: 18-19; 17: 14) y la afligirá (Juan 16: 33). Vive en medio de una generación perversa y brilla como una luz en un mundo de tinieblas (Fil. 2: 15). A menudo, no se escucha su voz, que se enfrenta a la competencia del espíritu del mal (1 Juan 4: 5). Debe defenderse contra los ataques de las fuerzas malignas del mundo (Efe. 6: 10-12), que la amenazan tanto desde el exterior como desde su interior. Ello explica las advertencias repetidas contra los falsos profetas (Mat. 24: 24; 1 Juan 4: 1) y contra las falsas doctrinas (2 Cor. 1: 13-14; Hech. 20: 30; Apoc. 2: 14-15, 20).

Halagados y tentados por el mundo

Por otro lado, el mundo busca tentar a los cristianos para que se conformen a él:

«El enemigo obra constantemente para llamar la atención hacia el mundo, para que sea considerado como superior a los que creen en Jesús y tratan de ser hacedores de su palabra. Las palabras de alabanza y adulación de los mundanos son recibidas como bocados dulces, pero el juicio de aquellos a quienes les gustan esta clase de alimentos está de acuerdo con la debilidad que muestran en este sentido» (E. G. White, Testimonios para los ministros, p. 274).

Separación del mundo

Siendo el mundo tan hostil, se podría pensar que lo lógico es que los creyentes huyamos del mundo.

En la historia del cristianismo, siempre hubo creyentes que se retiraron del mundo. Actuaban así porque, para ellos, el mundo es perverso y peligroso y está abocado a la perdición. Para que el mundo no los sedujera, y para no ser infieles a la fe, no veían otra solución que una separación del mundo. […] Esa actitud merece toda nuestra admiración, sobre todo a causa del comportamiento ejemplar generado por una convicción de ese tipo. Retirarse del mundo puede tener como consecuencia que se eviten demasiadas distracciones y, por ende, que se alcance una concentración excepcional en Jesús, en su palabra y en su servicio. […]

Pero a pesar de todos sus aspectos positivos, el distanciamiento mundo no es el camino que Cristo mostró a su iglesia. ¿Cuáles son sus inconvenientes?

  • Todos no pueden retirarse del mundo. […] El grupo de aquellos que ya no participan del mundo sigue dependiendo de los demás. Entonces, el cristianismo se vive a distintos niveles, con el riesgo de que aquellos que tienen la oportunidad de ir más allá que los demás se erijan en elite.
  • Si la iglesia lleva una vida aislada del mundo reduce su posibilidad de estar al servicio de los demás. La comprensión y la confianza se vuelven más difíciles. Es cierto que cada creyente tiene sus límites y los establece por sí mismo. Pero la iglesia en su conjunto debe permanecer abierta para prestar testimonio delante de todos.
  • Incluso las comunidades aisladas deben tener actividades vitales practicadas por el mundo.

La “solución” pietista

Todos estos puntos muestran que la separación del mundo no resuelve todos los problemas. […] Debemos entender otra forma de separación del mundo que no se exprese de un modo tan radical. Es el modelo propuesto por los cristianos de tipo pietista que toman en serio su fe.

Se separan del mundo retirándose lo más posible en su «propio pequeño mundo» (por ejemplo en lo que se refiere a las distracciones y la política). Toman parte en pocas actividades y se relacionan, principalmente, con los que se les asemejan. No obstante, otros aspectos de la vida se regulan según las exigencias del mundo, como por ejemplo las cuestiones financieras, la organización, la profesión, etcétera. Existe un contacto con el mundo puesto que la misión debe acomodarse a la situación en el mundo. Se le anuncia que va a la perdición y se añade que la oferta de salvación consiste en salir de él, dando por entendido que el cristiano debe abandonar ciertos hábitos y costumbres.

Una actitud así merece ser respetada. […] Sin embargo, esa actitud puede resultar problemática. De hecho, la iglesia se comporta como si su contacto con el mundo fuera únicamente exterior, como si fuese una isla rodeada de un mundo que se relaciona con ella en su orilla para resolver algunos asuntos (misión, asuntos “mundanos” como el dinero y la política). De ese modo la separación parcial hace que el testimonio ante el mundo sea más difícil. El contacto con el prójimo se rompe y el testimonio se vuelve ajeno a la vida. Se corre el peligro de tomar una actitud elitista a causa de que existe escasa asociación con las actividades del mundo. No obstante, por lo que al poder, las operaciones financieras y las tradiciones se refiere, es posible que se formen algunas estructuras mundanas.

«Mientras estamos en este mundo, es imposible renunciar al mismo. Si yo abandono la ciudad y me voy a vivir a la jungla, aprenderé que la jungla también forma parte del mundo. Resulta ridículo pensar eso de renunciar al mundo. Nadie, excepto a través de la muerte, puede renunciar al mundo. Dios creó esta tierra para vivir, movernos y ser. La santidad de Dios reside en que nosotros podemos hacer uso de las cosas del mundo correctamente, lo cual nos prepara para nuestra verdadera vida espiritual» (Sundar Singh, Enseñanzas del maestro, Plough Publishing House, 2007, p. 17).

«No debemos copiar las prácticas del mundo, pero tampoco debemos mantenernos aislados de la gente, pues nuestra luz debe brillar en medio de las tinieblas morales que cubren la tierra» (E. G. White, Testimonios para los ministros, p. 147).

Aislarse por temor es un comportamiento “mundano”

El aislamiento del mundo no preserva de los peligros de la vida mundana. Aun estando aislado y siendo distinto, el comportamiento también puede ser mundano. ¿Cómo es posible?

Podemos aproximarnos a la cuestión consultando la posición de Pablo. «Con los judíos me porté como judío para ganar judíos; con los sujetos a la Ley me sujeté a la Ley, aunque personalmente no esté sujeto, para ganar judíos a la Ley. Con los que no tienen la Ley me porté como libre de la Ley, para ganar a los que no tienen Ley –no es que yo esté sin Ley de Dios, no; mi ley es el Mesías–; con los inseguros me porté como un inseguro, para ganar a los inseguros. Con los que sea me hago lo que sea, para ganar a algunos como sea» (1 Cor. 9: 20-22). Sabemos que Jesús tomó parte en fiestas de publicanos y pecadores. Jesús y Pablo actuaban así con el fin de salvar al mayor número posible. Por esa causa se expusieron a muchos malentendidos y a muchas protestas. […]

Ello no quiere decir que el cristiano deba exponerse tranquilamente a la tentación. La huida puede ser necesaria. Sin embargo, Jesús no consideró que la verdadera fuerza para ser preservado del mal de este mundo sea desvincularse de él, sino que reside en la oración y la confianza en el poder divino. La iglesia debe establecer una relación, precisamente, con aquellos que han caído. Conoce el peligro y se confía a quien sabe preservar (Jud. 22-25).

La auténtica solución

Por lo tanto, la desvinculación del mundo es falsa si su causa es la búsqueda de una seguridad personal considerada más importante que la salvación del mundo. En este caso, la tensión entre “en el mundo” y “no del mundo” se reduce en beneficio de la segunda parte.

  • Jesús ama al mundo. No invitó a la salvación desde la seguridad de un castillo, vino al mundo. Aislarse del mundo está en oposición con lo que hace el Señor de la iglesia.
  • La confianza en la protección divina infunde valor en medio del mundo. La huida fuera del mundo se opone a la fe ya que no representa una actitud valiente. Es, ante todo, una capitulación ante el mundo hostil, sobre todo el “mundo” de nuestro corazón.
  • Dios ama al mundo y sus seres caídos. […] Cuando la iglesia intenta huir del mundo para vivir en un mundo comunitario bien protegido se sitúa fuera del amor de Dios para el mundo, como si ella misma no tuviera necesidad de él. Ello significa la pérdida de lo que la hace iglesia. […] Huir del mundo es perder a Dios. «Quien huye del mundo no encuentra a Dios, solo encuentra otro mundo, el propio mundo más bello y más pacífico, un mundo clandestino, pero jamás el mundo de Dios, que empieza en este mundo» (D. Bonhoeffer).
  • Puesto que la mundanalidad no es únicamente inmoralidad, sino el alejamiento de Dios, el alejamiento escrupuloso del mundo es vano porque contradice la fe y el espíritu de Cristo. Pensar en la propia seguridad antes que preocuparse por servir a la humanidad es una actitud igualmente “mundana”. El temor a llegar a perder algo es característico del mundo. Si la iglesia actúa del mismo modo durante mucho tiempo, será víctima de la mundanalidad.

Conformarse por miedo

El miedo a los peligros del mundo puede llevar a la iglesia a una huida del mundo. También puede llevarla a conformarse con el mundo. Los creyentes pueden temer que no son modernos o que pierden el reconocimiento público. La iglesia puede temer la pérdida de su influencia o la prohibición de sus actividades por un régimen intolerante. Así como huir del mundo es un comportamiento que procede del mundo caído, conformarse al mundo es una actitud “mundana”. No tiene nada que ver con el valor de ir hacia el mundo y de «hacerse lo que sea, para ganar a algunos como sea» (1 Cor. 9: 22). […]

La información referente a los peligros del mundo no dará la fuerza para el cambio y la renovación del pensamiento. La fuerza procederá de la misericordia divina que vence al miedo: «Por ese cariño de Dios os exhorto, hermanos, […] no os amoldéis al mundo este» (Rom. 12: 1-2). El conocimiento de la aceptación divina, del perdón y de las promesas infunde valor. «Ánimo, que yo he vencido al mundo» (Juan 16: 33).

La iglesia es completamente diferente del mundo por el hecho de que nunca emprende una acción con el fin de sacar partido de una situación. Si así hiciera, olvidaría que es testigo del reino de Dios y lo representa, sin poder ser su realización final. Entonces intentaría convertirse en un poder creador de cultura y, quizá, llegar a pretender ejercer un poder profano y aliarse con el mundo. Cuando la iglesia olvida que es el heraldo del reino de Dios se pierde en el mundo.

¿Miedo al mundo?

Por tanto, ¿deberíamos tener miedo al mundo? Joel Barrios (“Iglesia vs. mundo”, Facebook, 5 de julio de 2014) lo expresa muy bien en dos frases (invierto el orden de las mismas):

«Cuando la iglesia está muerta es la iglesia la que vive preocupada para que el mundo no la invada.»

«Cuando la iglesia está viva es el mundo el que se preocupa para que la iglesia no lo invada.»

Entendamos “iglesia” no como institución, sino como comunidad de valores, e “invasión” no como injerencia impositiva, sino como llamado a la conversión.

Diferentes al mundo

La Biblia nos insta a que seamos diferentes al mundo. Pero fijémonos en que el énfasis nunca está en lo malo que es el mundo y lo buenos que tenemos que ser nosotros; ni se nos pide que observemos atentamente cómo es el mundo, para hacer nosotros lo contrario. A lo que se nos insta es a parecernos a Jesús. Cuanto más nos identifiquemos con él, más contraste habrá entre nuestra vida y lo mundano, entre los valores del reino que vivimos y los valores de este mundo (entendido como sistema de orgullo, autocomplacencia y egocentrismo).

La iglesia no es buena por sí misma

No ser de este mundo también quiere decir rechazar la acción independiente de Dios y renunciar así a la ilusión de pensar que la actividad de la iglesia puede producir algo bueno por sí misma. […]

No ser del mundo significa ser completamente distinto del mundo. La iglesia no vive para ella misma. No sería distinta del mundo si no estuviera ahí por el mundo y si su objetivo fuera aumentar el número de sus adeptos, sus ingresos o su influencia. «La iglesia no puede amarse a sí misma, construirse y vanagloriarse como los demás» (Barth). Si se hiciera servir o se convirtiese en un fin en sí misma, la iglesia se mundanalizaría; porque eso es precisamente lo que hace el mundo.

Esperanza escatológica

La causa de la diferencia en la naturaleza de la iglesia reside en su existencia escatológica. Pertenece a una nueva era y conoce la eternidad. Por eso tiene otros valores y otras metas. Su vida se caracteriza por la esperanza. No se glorifica a sí misma (Gál. 6: 14). No ama lo efímero, aquello que puede proporcionar el mundo (1 Juan 2: 15-16). Ni tampoco se preocupa en absoluto por las cosas del mundo que exigen el respeto de los hombres y, sin embargo, son pequeñas (Col. 2: 8, 20-21). Al igual que Jesús, la iglesia no pertenece a este mundo, sino que fue liberada de él.

[Imagen: Pablo Gargallo, ‘El profeta’ (1933), detalle.]

Siguiente post: Por el mundo y contra el mundo (2ª parte)

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Un comentario en “Por el mundo y contra el mundo (1ª parte)

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