El caso Desmond Doss y la objeción de conciencia

Por Jonás Berea (jonasberea@gmail.com)
https://jonasberea.wordpress.com/

gfldsEntre los adventistas siempre ha sido bastante conocida la figura de Desmond Doss, el soldado no combatiente de la Segunda Guerra Mundial. Recibí con prevención la noticia de que Mel Gibson estaba rodando una película sobre él, pues La pasión de Cristo me resultó espantosa. Pero cuando vi Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge), me pareció una película digna, bien dirigida y con un mensaje global positivo.

Después he leído la biografía de Doss escrita por Frances, su segunda esposa: Desmond Doss: objetor de conciencia (publicada en España por Safeliz en 2016). Me ha llamado la atención que algunos hechos aparecen bastante modificados en la película, si bien son aspectos secundarios de la trama que afectan poco al retrato del personaje histórico. Sin duda Gibson los ha introducido para acentuar el dramatismo. Por ejemplo, no es cierto que Desmond golpeara a su hermano con un pedrusco con riesgo de quitarle la vida. No llegó a haber un consejo de guerra para decidir si Desmond podía participar como no combatiente, y por tanto su padre no intervino en ese consejo; lo cierto es que el padre llamó a un pastor de la iglesia especializado en estos asuntos, quien se puso en contacto con los oficiales para pedir que respetaran el derecho de Doss a no tomar armas, y así lo hicieron.

El libro cuenta varias anécdotas sobre el campo de instrucción militar, pero bastante diferentes a las que salen en la película. Además un personaje muy importante de la película, Smitty, es completamente ficticio. La dependencia alcohólica del padre de Desmond aparece muy exagerada, y este nunca amenazó a su mujer con una pistola. Lo cierto es que dejó de beber a petición de la esposa, y además se hizo adventista y comenzó a guardar el sábado. Pero en un encuentro familiar bebió, y discutiendo con su cuñado sacó una pistola. La madre de Desmond se interpuso para que no la usara; llamaron a la policía y ella le pidió a Desmond que escondiera la pistola, cosa que hizo.

Doss no rescató a soldados japoneses heridos, pero parece que sí llegó a poner un vendaje a un soldado nipón, aunque no como se cuenta en la película. Además se han modificado aspectos como la manera en que Desmond conoció a Dorothy, la oración que realiza en el campo de batalla o la forma en que perdió y recuperó su Biblia.

Diversidad de situaciones

En la Iglesia Adventista siempre se ha presentado a Doss como la persona que mejor encarnaría la posición que defiende nuestra iglesia en relación a la guerra: declararse no combatiente y negarse a usar armas, además de guardar el sábado.

Pocas situaciones habrá en las que un ser humano se enfrente a dilemas tan graves como los que plantea una guerra. Por ello hay que ser muy cuidadosos a la hora de pronunciarse sobre las decisiones que otras personas toman. Teniendo en cuenta eso, comparto algunas reflexiones y preguntas que me ha suscitado la historia de Desmond Doss.

Lo primero que llama la atención es que Doss se alista como voluntario en el ejército, siendo que no está dispuesto a portar armas. Su intención es realizar asistencia médica y salvar vidas en el campo de batalla. Rechaza la denominación “objetor de conciencia”, porque la asocia a los movimientos antimilitaristas que hacen manifestaciones y se niegan a saludar a la bandera y a ponerse uniformes, y prefiere ser denominado “cooperante de conciencia”.

Doss no condena a quienes llevan a cabo la guerra; no es exactamente un pacifista. Simplemente asume que una vez que se ha llegado a esa inevitable situación, colaborará en la victoria de su país salvando vidas de soldados. Resulta como mínimo paradójico que todos sus compañeros estén atacando al enemigo con armas mortíferas, e incluso defendiendo a Desmond a él con ellas. Podríamos plantear la situación así: “Yo no mato, pero los demás matan por mí”. Pero ese es el límite que su conciencia le marca, y es admirable, y yo creo que también providencial, la forma en que Doss consigue ser fiel a sus convicciones, demostrando además una valentía mucho mayor que la que pueda tener cualquier soldado armado.

El impacto de Desmond Doss no se limita a las vidas que salvó en el campo de batalla. Él nunca dice a los demás lo que deben hacer o no hacer; pero su actitud altruista y amorosa toca los corazones de ofiales y soldados, quienes reciben grandes lecciones sobre el verdadero valor y la libertad de conciencia. También es un hito histórico en el ejército de Estados Unidos, al servir de precedente de cómo se pueden compatibilizar los intereses de la institución con las exigencias de conciencia de los individuos. (Hay que señalar que, con todos los defectos que tiene el sistema político de Estados Unidos, seguramente es el país que a lo largo de su historia y hasta hoy comparativamente más ha buscado acomodar la realidad legal a la conciencia de las diversas minorías).

Doss participó en la Segunda Guerra Mundial; aunque se podría escribir mucho sobre las causas y el desarrollo de la misma, lo cierto es que una vez desencadenada prácticamente todos los antifascistas y los opositores al imperialismo alemán y japonés sintieron que era su deber colaborar en la victoria aliada. En ese contexto es comprensible que un joven, incluso siendo no combatiente, quisiera “servir a su país” como quiso Desmond. Los adventistas no creemos en la “guerra justa”, pero muchos miembros de iglesia afrontaron el dilema de colaborar en la Segunda Guerra Mundial, y previamente en la Guerra de Secesión estadounidense, porque entendían que en ambas estaban en juego valores como la democracia y el antiesclavismo, respectivamente.

Pero pensemos, por ejemplo, en guerras como la de Vietnam o las dos que Estados Unidos ha encabezado contra Irak. ¿Realmente sería comprensible que un cristiano participara en ellas, incluso como soldado no combatiente? ¿No sería mucho más acertado desde el punto de vista bíblico que los creyentes, y las propias iglesias, se pronunciaran en contra de esas guerras imperialistas y absurdas y que junto a otros colectivos hicieran presión a sus gobiernos para que las detuvieran? (ver El cristiano y la guerra).

Para Doss el valor de “servir a su país” era tan elevado como el de no tomar armas, y encontró la fórmula para combinar ambas fidelidades. Ahora bien, todo cristiano debería tener claro que servir al país tiene no un límite, sino dos: por un lado, no se puede servir al país si ello implica dejar de servir a Dios (como ejemplifica Desmond Doss); por otro lado, antes de servir al país el cristiano está obligado a servir a la humanidad. Si tu país invade otro país o transgrede los derechos humanos, como cristiano no puedes colaborar en sus acciones; es más, servirás mejor a tu país (es decir, a las personas que lo habitan) si te posicionas en contra del gobierno, como casi todo el mundo acepta al considerar por ejemplo la resistencia a los nazis.

Los contextos son de lo más variado, y las decisiones que cada cual toma también, pues dependen no solo de la firmeza de los principios, sino también de la información disponible y la valoración de la misma. Por ejemplo, durante esa misma guerra también fueron reclutados adventistas en la Alemania nazi; allí no contaban con la posibilidad de declararse objetores de conciencia. Los adventistas reaccionaron de formas muy diversas. Gracias al libro Mil caerán de Susi Hasel conocemos la historia de Franz Hasel, que fue reclutado en el ejército alemán sin desearlo; una vez alistado, se deshizo de su pistola y la sustituyó por una de madera. Durante unos tres o cuatro años de guerra no necesitó sacarla ni una sola vez; colaboró con el ejército alemán en el frente del este, pero personalmente no atacó a nadie y tuvo la oportunidad de salvar las vidas de numerosos judíos y de dar testimonio de su fe y sus valores ante muchos soldados y oficiales. Su historia, como la de Doss, demuestra que no hay un patrón de conducta prefijado para circunstancias tan complejas como estas, pero que cuando el creyente se pone en las manos de Dios puede tener un impacto en su conjunto positivo hasta en las situaciones más extremas. Seguramente no serán impecables en cada acto (¿quién lo es, excepto Cristo?), pero su trayectoria global será inspirada e inspiradora.

No existen modelos humanos perfectos. Para el cristiano existen diferentes posibilidades de actuar en condiciones difíciles. Doss quería formar parte del ejército, con los límites que su conciencia le dictaba; otros cristianos pueden mostrarse totalmente contrarios a cualquier participación con la institución militar, al entender que toda ella es una máquina de destrucción y deshumanización.

Implicaciones

La Iglesia Adventista oficialmente siempre ha defendido que el sexto mandamiento debe cumplirse en toda circunstancia (un cristiano bajo ningún concepto puede matar a otra persona), y ha promovido la objeción de conciencia al uso de armas, pero al menos desde la Segunda Guerra Mundial en muchos países ha ido aumentando la participación voluntaria de adventistas en el ejército, muchos de ellos portando armas e incluso usándolas en el campo de batalla. Ante esta realidad, se han dado diversas reacciones, como expliqué en el artículo Adventistas ante la guerra y la paz. Hoy se tiende a considerar que, aunque la posición oficial sigue siendo favorable a la objeción de conciencia y a declararse no combatiente, la decisión corresponde a la conciencia individual del creyente: si un adventista decide entrar en el ejército o ir a la guerra, la iglesia no lo juzgará, e incluso le ofrecerá apoyo pastoral.

Esto nos lleva a otras implicaciones: en el mismo artículo puse ejemplos de cómo nuestra teología sobre la guerra se está viendo afectada por estas realidades, y ya hay quienes interpretan el “no matarás” como “no asesinarás”, o incluso consideran que es éticamente aceptable que los cristianos participen en una “guerra justa”. Hay militares adventistas que ocupan posiciones destacadas y a los que se considera líderes en la iglesia y en la sociedad. En algunas iglesias se celebran funerales con honores militares a soldados adventistas caídos en el frente.

Estas tendencias están en consonancia con un clima en general menos rígido con las normas de la iglesia: por ejemplo, antes no solo se veía mal que un miembro de la iglesia realizara ciertas actividades en sábado (trabajo, estudios…), sino que también se actuaba disciplinariamente hacia él (algún tipo de censura, no darle cargos en la iglesia…). La iglesia intervenía mucho más en las vidas privadas de los miembros, lo cual resultaba sofocante en muchas ocasiones. Hoy en día se tiende a considerar que estas decisiones corresponden a la conciencia personal. ¿Significa esto también un debilitamiento en la defensa de los valores y principios que nuestra iglesia sostiene? Si así fuera, ¿se podría encontrar un modelo equilibrado? Dejo ahí las preguntas, que darían lugar a un amplio debate.

Volviendo al asunto de la guerra, personalmente me resulta perturbador que Desmond Doss recibiera la medalla de honor del ejército de Estados Unidos de manos de Harry Truman en noviembre de 1945, tres meses después de que este presidente lanzara no una, sino dos bombas atómicas con tres días de diferencia sobre Hiroshima y Nagasaki, masacrando a cientos de miles de personas y dando inicio a la era nuclear con una decisión que, como se ha demostrado muchas veces, ni siquiera era necesaria para poner fin a la guerra.

Aparte de esa medalla, Doss recibió unas diez condecoraciones más por parte del ejército de su país. Además dedicó gran parte de su tiempo a contar su experiencia en diversos foros, no solo iglesias, sino también audiencias compuestas por soldados y oficiales. El documental que sobre su vida se filmó en 2004 ha sido proyectado en dependencias militares con motivo del Día de las Fuerzas Armadas y del Día de los Veteranos, y difundido por el canal televisivo del Pentágono.

Cabe preguntarse: ¿Cómo es que el testimonio de un objetor de conciencia es tan cómodamente recibido en el ejército? ¿Será porque en este relato se pone el énfasis en la heroicidad de Doss en el campo de batalla, y no tanto en su convicción de que usar armas es éticamente inaceptable? Doss indiscutiblemente fue un héroe, un gran héroe que además nunca alardeó de ello. ¿Será que como tal se considera que realizó una hazaña excepcional, única, salvando a tantos soldados, y que por tanto su conducta es una especie de ideal inalcanzable que no se espera que la gente común realice? ¿Habrá habido soldados que hayan decidido hacerse objetores de conciencia por el testimonio de Doss? En tal caso, ¿cómo asume hoy el ejército de Estados Unidos (que es profesional, y por tanto compuesto por voluntarios) esas objeciones sobrevenidas?

Por otro lado, ¿daría nuestra iglesia similar protagonismo a un adventista que se hubiera negado a formar parte del ejército, y hubiera sido sancionado o ejecutado por ello, y al que nadie hubiera puesto jamás una medalla, sino que hubiera sido despreciado por todos debido a su “cobardía”? ¿Se le consideraría un héroe?

Creo que son preguntas pertinentes, pero con ellas no pretendo cuestionar lo principal en el caso Doss: él siguió a su conciencia hasta el final, con entrega y con oración, y el impacto de su vida y su testimonio han sido globalmente positivos.

Personalmente me quedo con un diálogo que se recoge en el libro de su esposa Frances. Cuando fue a registrarse en el ejército dijo que quería hacerlo como no combatiente para no tener que usar armas. El oficial del registro le preguntó: “¿Qué pasaría si todos se sintieran de esa manera, jovencito? ¿Cómo podríamos pelear en una guerra?”. A lo que Desmond respondió: “Si todos pensaran de ese modo, no habría guerras.”

[Imagen tomada de http://www.historyvshollywood.com]

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3 comentarios en “El caso Desmond Doss y la objeción de conciencia

  1. Pingback: Más sobre los adventistas y la guerra | Blog de Jonás Berea

  2. Saludables reflexiones…

    Para mí el problema de fondo es que no creemos en Dios, en el Dios de la Biblia. O, más exactamente, que no creemos a Dios. Por eso, no solo desoímos sus exhortaciones a no devolver mal por mal (incluso a devolver bien por mal), pese a que podemos leerlas en Mateo 5: 38-48 o Romanos 12: 21, entre otros sitios. Además, somos ‘de facto’ incrédulos respecto al hecho de que el poder de Dios estará siempre a nuestro lado (ver Fil. 4: 13) si decidimos serle fieles pase lo que pase (Sal. 91: 1-7).

    En realidad, bien mirado, para un cristiano fiel ninguna situación, ni siquiera las más extremas, tiene por qué constituir un dilema. Como decía un autor adventista, quizá de los que ya quedan pocos, “En Cristo no hay dilemas morales”. Dios no nos pide ser héroes al uso, ni resolver intrincadas situaciones; lo único que nos pide es que le sigamos y, a partir de ahí, que le dejemos actuar a él.

    Saludos fraternales.

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  3. Hola, amigos y hermanos, mi nombre es Antonio
    Soy de Ecuador y estamos pasando por un proceso de elecciones, en el 2011 el país entero participó en la aprobación de una nueva constitución, yo no lo hice porque fue en el día sábado, como ustedes saben sagrado para nosotros, pero existía otro punto y aun existe. En el preámbulo de dicha constitución se declara que debemos la vida, o sea que somos parte de una divinidad indígena todavía vigente en América del Sur, la Pachamama o madre naturaleza. Aquí expongo parte de dicho preámbulo:
    NOSOTRAS Y NOSOTROS, el pueblo soberano del Ecuador
    RECONOCIENDO nuestras raíces milenarias, forjadas por mujeres y
    hombres de distintos pueblos,
    CELEBRANDO a la naturaleza, la Pacha Mama, de la que somos parte y
    que es vital para nuestra existencia,
    INVOCANDO el nombre de Dios y reconociendo nuestras diversas formas
    de religiosidad y espiritualidad,
    APELANDO a la sabiduría de todas las culturas que nos enriquecen como
    sociedad,

    Como vemos, primero se nombra a una diosa pagana, que en la Biblia es la misma Astarté o Astaró babilonia. Por tal motivo, no he participado ni en la aprobación de esa constitución y ni en las elecciones que vinieron después. Así mismo, no participaré en la que se elegirá nuevo presidente en este mes de febrero. Mi conciencia y mis principios cristianos no me lo permiten y ha he tenido grandes problemas por ello, pero creo que quien confía y le cree a nuestro verdadero Dios, será respaldado por su infinita misericordia. En eso creo.

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