¿Podría ponerse en pie la iglesia de verdad, por favor?

Por Shawn Brace
https://jonasberea.wordpress.com/

adobestock_87480611-copyEn ningún lugar de la Escritura la palabra “iglesia” se refiere a un programa o actividad, ni al edificio en el que esos programas y actividades tienen lugar.

Hace seis meses una de las iglesias de las que soy pastor tomó una decisión que puede considerarse o bien valiente, o bien estúpida (o quizá una combinación de ambas). Al no disponer de fondos, decidimos vender nuestro edificio, un lugar en el que la congregación se ha reunido durante sesenta años.

Es una larga historia, pero en resumen se trata de que el edificio necesitaba reparaciones por un valor de miles de dólares para que recuperara un estado aceptable, así que decidimos ponerlo a la venta, pensando que nadie lo querría comprar. Para sorpresa nuestra, hubo quien quiso.

Y el resto ya es historia.

Lo que no pude anticipar es la cadena de descubrimientos que me vinieron a la mente como resultado de tomar esa decisión. Unido al hecho de que en mi otra iglesia (más grande) hemos empezado el proceso de plantar una nueva iglesia, llegué  a la sorprendente conclusión que había estado en el fondo de mi mente durante años y que ahora finalmente salía a la superficie: estamos “haciendo” iglesia de forma totalmente incorrecta.

Y ello tiene consecuencias tremendas (quizá incluso eternas).

No hago esta declaración a la ligera (y, en serio, hace tan solo seis meses ni siquiera veía la importancia de preocuparse por la eclesiología –esto es, el estudio de la iglesia–). Pero ahora la veo extremadamente vital para la proclamación del evangelio y el cumplimiento de nuestra identidad como pueblo de Dios de los últimos días.

Y esto se debe a que como iglesia nuestros métodos a menudo hablan tan alto que la gente ni siquiera puede oír nuestro mensaje; nuestra eclesiología suena tan alto que la gente –tanto de dentro como de fuera de la iglesia– apenas puede oír nuestra teología.

A ver cómo se encaja esto: en líneas generales, cuando hablamos de “iglesia” la definimos como un programa que tiene lugar el sábado en un edificio. Gran parte de la vida de la iglesia (si no toda) gira en torno al programa del sábado en el edificio. Una parte importante de nuestro dinero, recursos y energía se destina a planificar y desarrollar el programa (por no mencionar el edificio donde se desarrolla el programa –no digamos todas las peleas y discusiones que mantenemos sobre cómo se desarrolla el programa y qué aspecto tiene el edificio–). Y una gran parte de nuestra evaluación del interés y la madurez espiritual de una persona depende de si asiste, y en qué medida, al programa que tiene lugar en el edificio.

Es más, sistemáticamente damos la impresión de que los laicos deben invitar a sus amigos al programa, de modo que los profesionales remunerados (los pastores) pueden desarrollar su ministerio para quienes se sientan pasivamente en los bancos.

Quizá todo esto parezca un poco exagerado (y no es probable que mucha gente piense explícitamente en estos términos que la iglesia es eso). Pero en esencia así es como la hemos definido implícitamente, tanto si somos conscientes de ello como si no, durante tanto tiempo (¡yo sé que lo he hecho!). En síntesis, “la iglesia” es un programa que se desarrolla en un edificio al que también llamamos “iglesia”.

Por muchas razones esta forma de pensar es errónea y peligrosa. Pero la más importante es esta: no es bíblica. En ningún lugar de la Escritura la palabra “iglesia” se refiere a un programa o actividad, ni al edificio en el que esos programas y actividades tienen lugar. Es más, la Escritura en ningún lugar afirma, ni siquiera implícitamente, que la asistencia a un programa es una especie barómetro de la madurez espiritual. [1]

Entonces, ¿cuál es el problema? ¿No es solo una cuestión semántica?

En primer lugar, las palabras son de una importancia decisiva. Se dice que el lenguaje crea la cultura. Es decir, las palabras que usamos crean el ambiente en el que el pueblo de Dios opera y funciona. Y en este caso nuestro uso repetido de la palabra “iglesia” para referirnos a un programa o un edificio ha elevado estos asuntos a un estatus en gran medida extraño a la Biblia.

Y, lo que es aun más preocupante, ha creado una dicotomía entre lo que ocurre en el programa dentro del edificio y lo que ocurre durante el resto de la semana, como si nuestra asistencia a la “iglesia” una vez a la semana fuera más importante que la fidelidad en nuestra vida el resto de la semana. “La iglesia”, para muchos, es algo que tiene lugar en un tiempo y un lugar específicos (con poca relación y conexión con lo que no ocurre en ese lugar ni en ese tiempo), relegando a la mayoría de los asistentes a un papel de espectadores mientras unos pocos profesionales y unos ambiciosos voluntarios ejercen su ministerio.

Tan importante como lo anterior es que si seguimos poniendo la mayor parte de nuestro empeño en la idea de que la iglesia es un programa en un edificio, es muy probable que acabemos siendo cada vez más irrelevantes. Un número cada vez mayor de occidentales se consideran espirituales pero no religiosos. Solo el 15 por ciento de los miembros de la Generación X van a la iglesia algún día de la semana, y entre los “millennials” solo un sorprendente 4 por ciento (¡y los números descienden todavía más, por supuesto, si consideramos a los que asisten en sábado!).

Yo antes creía que esas personas simplemente no amaban a Dios, o que no les preocupaba la iglesia. Pero he llegado a la conclusión de que a muchos de ellos simplemente no les gusta nuestra versión de lo que es la iglesia. Si lo esencial de lo que la iglesia les ofrece es un programa en el que se sientan en un auditorio durante 90 minutos con docenas o cientos de otras personas a las que pueden conocer o no (una idea que la Escritura en ningún lugar establece como normativa) y no están muy interesados en ese programa, no están necesariamente rechazando a Dios o a la iglesia: puede que solo estén rechazando nuestro programa.

Esto se aplica especialmente a aquellos que tienen sed de la “religión pura y sin mancha” de la que habla Santiago 1: 27, y que están cansados de que los cristianos se comporten como ángeles el sábado por la mañana durante el programa, pero como demonios en su vida el resto de la semana. Parecería que han entendido lo que Jeff Vanderstelt escribe en su libro Saturate [Colmar]: “Jesús no vivió, sirvió, sufrió y murió solo para que nosotros podamos asistir a una actividad cristiana.” [2]

¡Claro que no! Jesús no murió para que nosotros podamos ir a la iglesia una vez a la semana; murió para que podamos ser la iglesia toda la semana. No dio su vida para que podamos desarrollar programas el séptimo día; dio su vida para que desarrollar la santidad los siete días.

Eso es la iglesia en el sentido bíblico. No es un edificio ni es un programa. Es un cuerpo de creyentes vivo, que respira, que se mueve, activo y orgánico, que vive la vida en comunidad y en misión. Como dice Vanderstelt: “La iglesia… [es] el pueblo de Dios haciendo la obra de Dios en la vida diaria” [3]. La vida es el programa y el acontecimiento ocurre todos los días.

Elena White está de acuerdo. Comienza Los hechos de los apóstoles así: “La iglesia es el medio señalado por Dios para la salvación de los hombres. Fue organizada para servir, y su misión es la de anunciar el Evangelio al mundo” [4]. ¡Eso sí que es una definición! Libre de cualquier mención a edificios o programas.

Cuando ojeamos el libro de Hechos, vemos que esto se muestra patentemente una y otra vez. Lucas detalla cómo los miembros de la iglesia primitiva estaban en contacto unos con otros, cada día llevaban sanidad a los necesitados, diariamente vivían en su comunidad y la servían. “Hacían” iglesia en cualquier tiempo o lugar donde estuvieran (al igual que lo hiciera su gran Maestro, Jesús) porque reconocían que eran la iglesia.

Y el resultado es que cada día se multiplicaba el número de los discípulos (comparar Hechos 2: 47 con 6: 1).

Sin embargo, en algún momento de la historia empezamos a pensar que la iglesia estaba en el negocio inmobiliario y en los programas, en lugar de en los asuntos del evangelio. Sin lugar a dudas, en la medida en que los edificios y los programas puedan contribuir a nuestra misión, utilicémoslos; pero no debemos confundir las herramientas y los métodos con la misión en sí. No debemos estar tan aferrados a una forma de “hacer” iglesia que olvidemos que Dios espera de nosotros que seamos la iglesia.

Allá por 1887 Elena White expuso esta visión para la iglesia: “Tenemos algo más que hacer que meramente asistir a los servicios de la iglesia”, escribió. “Las oraciones y los testimonios en las reuniones sociales no son la respuesta si nunca pronunciamos palabras para Jesús fuera del local de reunión. Tenemos que reflejar el carácter de Jesús. En todas partes, tanto en la iglesia como en nuestro hogar o en las relaciones sociales con nuestros vecinos, deberíamos dejar que se muestre la preciosa imagen de Jesús” [5].

Esto es “iglesia” en su sentido más auténtico: reflejar “la preciosa imagen de Jesús” en todo momento y lugar.

Y exactamente eso es lo que está anhelando el mundo.

Así que ¿ Podría ponerse en pie la iglesia de verdad, por favor?

_________________________

[1] Si bien Hebreos 10: 25 claramente nos ordena “no dejar de congregarnos”, el texto no explica cómo ni con qué frecuencia debe hacerse. Así que nos hemos tomado una gran libertad en cómo aplicar el versículo; e, independientemente de lo que quiera decir, parece promover una reunión más orgánica e informal (ver versículo 24) que las que normalmente celebramos hoy. Eso no quiere decir que dejemos de reunirnos en sábado; simplemente deberíamos captar la visión mucho más amplia de cómo Dios ve la iglesia. La reunión del sábado es, en gran medida, solo una pequenísima fracción de lo que la iglesia hace, y sirve más como síntoma de una iglesia sana que como raíz y causa de la misma.

[2] Jeff Vanderstelt, Saturate: Being Disciples of Jesus in the Everyday Stuff of Life [Colmar: ser discípulos de Jesús en la vida diaria] (Wheaton, Illinois: Crossway, 2015), pág. 39.

[3] Ibid., pág. 24.

[4] Elena White, Hechos de los apóstoles, pág. 9.

[5] Elena White, Signs of the Times, 18 de agosto de 1887.

Shawn Brace es pastor en la Asociación del Norte de Nueva Inglaterra, Estados Unidos.

(Traducción de Jonás Berea del original en inglés en la Adventist Review del 5 de junio de 2016.)

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