‘La última tentación de Cristo’, de Martin Scorsese

Por Jonás Berea
https://jonasberea.wordpress.com/

tentacion-de-cristoTras casi treinta años después de su estreno, me he animado a ver La última tentación de Cristo (1988), de Martin Scorsese, película de gran impacto en su día. Por las referencias que tenía de ella, nunca me atrajo la idea de verla; pero mi interés por el cine de inspiración bíblica venció al final.

Recuerdo las polémicas que hubo desde que se supo que Scorsese llevaría a la pantalla la novela del mismo título del escritor griego Nikos Kazantzakis, incluso mucho antes del estreno del film. Este fue prohibido en algunos países, y numerosos líderes religiosos, sin haberla visto, la condenaron como satánica y lanzaron las más exaltadas advertencias contra ella. En Estados Unidos hubo integristas “cristianos” que llegaron a quemar salas de cine. Ya la publicación de la novela en 1951 le supuso a su autor ser excomulgado de la Iglesia Ortodoxa Griega, y la obra fue incluida en el Índice de Libros Prohibidos de la Iglesia Católica (sí, todavía existía; sería suprimido en 1966). A muchos les encantan estas polémicas; no aprenden que con ellas lo único que consiguen es más popularidad (y ventas) del producto que pretenden denunciar… Además pretenden apropiarse de Jesús, como si fuera patrimonio de ellos y como si otros creyentes (Kazantzakis y Scorsese dicen serlo), o los no creyentes, no pudieran hacer su propia aproximación a su figura.

La película arranca con un cartel que advierte: “Esta película no está basada en los evangelios, sino en esta exploración ficcional del conflicto espiritual eterno”. Y cuando empizan a sonar los primeros acordes de rock étnico de la banda sonora (compuesta por Peter Gabriel), el espectador cristiano ya advierte que va a entrar en un terreno un tanto inquietante. Y ahí aparece Jesús, encarnado por Willem Dafoe. Ciertamente, muchas imágenes tradicionales de Jesús en el arte y el cine resultan demasiado insustanciales, incluso ñoñas; pero si hay un actor al que casi ningún lector del evangelio identificaría con la figura de Cristo, quizá sea Dafoe (quien figura mucho mejor como ángel caído en ¡Tan lejos, tan cerca! de Wenders; y es significativo que tuviera un importante papel en Anticristo de Von Trier –película que prometo no ver–). Por otro lado, Scorsese fue muy convencional eligiendo a un actor rubio y de ojos azules, poco “semítico” o “mediterráneo” y muy hollywoodiense

La historia sigue más o menos la que narran los evangelios, pero modifica significativamente muchos episodios y, sobre todo, la “naturaleza” de Cristo: Jesús es simplemente un hombre que recibe un llamado de Dios; pero no es divino. El enfoque es cercano al adopcionismo (una corriente teológica surgida en el siglo II, según la cual Jesús era un ser humano que en algún momento de su vida fue adoptado como Hijo por Dios, quien lo elevó así a condición divina). Es un Jesús pecador y con conciencia de serlo; un Jesús existencialista, que oye voces, pero que duda de su misión, de su fe, de todo. Lo mismo tiene arranques de ira que arrebatos místicos. Quizá para algunos este Jesús supuso una relevación; a mí la verdad es que me llega a aburrir. Y el Jesús que vemos en la pantalla es tan diferente al de la Biblia que las abundantes escenas truculentas de la película, aun resultando desagradables, apenas llegan a ofender al espectador cristiano, pues la sensación que uno tiene (al menos a mí me ha ocurrido) es que ese personaje no representa a Jesús, es “otro Jesús”. Si Scorsese pretendía impactar o provocar, creo que pincha en hueso.

También hay que reconocer que en su nuevo relato de la historia de Jesús hay episodios que, aun habiendo sido modificados con respecto a la narración de los evangelios, resultan atractivos. Por ejemplo, la escena en que Jesús libra de la lapidación a la mujer adúltera es bastante emocionante. Y el diálogo de Jesús con Pilato, diferente al del evangelio de Juan, no sólo es verosímil en general, sino que además aporta algunas ideas plenamente bíblicas. Le dice Pilato a Cristo: “Eres más peligroso que los zelotes, ¿lo sabes?”. Jesús le explica: “Mi reino no es de aquí, no está en la tierra”. Pero Pilato le replica:

–Una cosa es cambiar la vida de la gente, pero tú quieres cambiar su forma de pensar y de sentir.

–Lo que yo predico es que ese cambio se producirá con el amor, no con la muerte –responde Jesús.

–Las dos maneras son peligrosas, van contra Roma, contra el poder establecido. Asesinato y amor es lo mismo. Simplemente no importa cómo quieras cambiar las cosas: no queremos que cambien.

El Jesús de esta escena (para mí, la más interesante de la película) se muestra sereno, con una gran dignidad y con determinación de afrontar su destino. Es uno de los escasos momentos en que Dafoe sí parece Jesús.

La ambientación realista de la historia, que ya había explorado Passolini en El evangelio según San Mateo (1964) pero que no era muy común en el cine de los ochenta, es un aspecto positivo de la película. Los soldados aparecen sucios, y no con esos impecables uniformes de las películas del género péplum, recién salidos de fábrica. El pueblo viste de forma desarrapada, y no con las brillantes túnicas de colores del cine clásico.

Pero Scorsese exagera y distorsiona muchas figuras y momentos. En el cine bíblico clásico casi todos los personajes parecen beatíficos; en esta película todos parecen neuróticos. Por ejemplo, Juan el Bautista, un viejete (parece doblar la edad a Jesús) que incita a las personas a bautizarse completamente desnudas en el contexto de una especie de bacanal extática bajo el efecto de músicas intesamente rítmicas. El “bautismo”, para colmo, es por aspersión, no por inmersión, como era realmente. Otra escena absurda: la madre de Jesús se le acerca, pero él le pregunta despectivamente: “¿Quién eres?”. Ella se desespera, pero él no la consuela; inconcebible en el Jesús real. El templo que Cristo purifica de los cambistas es un espacio construido en adobe, medio ruinoso y en el que hay una estatua del emperador a la que se le quema incienso, algo totalmente diferente a lo que conocemos sobre el magnífico templo de Herodes donde Jesús predicó.

Las escenas de la pasión son seguramente las más brutales que se habían filmado hasta entonces; pero al lado de la película La pasión de Cristo de Mel Gibson (2004), una mezcla nada cristiana de cine de terror y gore, hoy en día resultan casi suaves.

A medida que se acerca a su muerte, el mensaje de este Jesús va tornándose más acorde al de la Biblia: se identifica con el Siervo de Isaías 53 que muere por los pecados del pueblo (eso sí, Jesús le cuenta a Judas ¡que se le ha aparecido el mismo Isaías!), y se convence de que debe morir en la cruz para al final volver a juzgar a vivos y a muertos. Durante la cena afirma que el pan es su cuerpo y el vino su sangre. Y finalmente es llevado a la cruz (¡cuyo letrero dice “INRI”!; una absurda inexactitud que incomprensiblemente ningún asesor histórico evitó).

El momento culminante de la historia, al que hace referencia el título de la película, ocurre cuando Jesús está en la cruz. Aparecen aquí algunos planteamientos teológicos inquietantes. Se acerca a Jesús su ángel de la guarda y le dice que su Padre es el Dios de la misericordia, no del castigo, y que por tanto Jesús no debe morir por la humanidad: Dios le ha salvado como salvó a Isaac del sacrificio de Abrahán. Este planteamiento entronca con ciertas teologías que niegan que la muerte de Jesús en la cruz fuera expiatoria, e incluso que fuera parte del plan de salvación de la humanidad. “Dios no quiere tu sangre”, le dice el ángel, combatiendo la creencia de que la muerte de Jesús era algo deseado por Dios (y a la vez introduciendo la caricatura, no bíblica, de que la sangre de Jesús “aplaca” a un Dios airado). Aun así, este Dios que no quiere la muerte de Jesús no encaja con el de muchos teólogos “alternativos”, pues estos no aceptarían lo que el ángel le dice a Jesús: Dios te ha probado y está satisfecho de ti por haber llevado tu fe hasta el final (como hizo Abrahán cuando estuvo dispuesta a sacrificar a su hijo).

El ángel entonces desclava a Jesús, lo baja de la cruz y le conduce a un paraje hermoso, donde se casa con María Magdalena. Tienen relaciones y ella engendra un hijo, pero muere. El ángel le dice a Jesús que todas las mujeres del mundo son la misma, y por eso él sin remordimientos se junta con María la hermana de Lázaro, ¡e incluso siendo pareja de ella también tiene relaciones con Marta!

Pasan los años y Jesús se encuentra con el apóstol Pablo, a quien le explica que no murió en la cruz, como predica él. Pablo, absolutamente cínico, se niega a admitirlo, y le dice que aunque él fuera el auténtico Jesús, le da igual porque nadie le creería, e incluso lo matarían (presuponiendo así que los primeros cristianos serían asesinos, algo contrario a la historia e incoherente con el propio guión, pues el Pablo de la película al menos está arrepentido de haber perseguido y matado en nombre de Dios en el pasado). Es un Pablo que recuerda al de cierta teología que lo considera el auténtico fundador del cristianismo; un Pablo demagogo o quizá iluminado que habría pergeñado un Cristo teológico sacrificado por la humanidad y elevado a los cielos (frente al Jesús histórico, que supuestamente tenía sólo un mensaje ético y que en absoluto era divino).

Finalmente, en el contexto de la destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70, Jesús está postrado en su lecho de muerte. Hasta aquí la teología de la película se ha ido desviando cada vez más del evangelio. Pero resulta que cuando Jesús está muriéndose, descubre que el encantador e infantil ángel guardián es en realidad el diablo, que le está tentando con bajar de la cruz y con llevar una vida como la de cualquier hombre. Todo lo ocurrido desde la aparición del ángel guardian ha sido una ensoñación: la última tentación del diablo a Cristo. De modo que la idea de que Dios salva a Cristo de la cruz, la de que se une a mujeres para tener descendencia o la de que el Cristo redentor es un invento de Pablo son en realidad tentaciones satánicas que asedian a Jesús moribundo.

El Jesús real se despierta: sigue en la cruz. Entonces rechaza al diablo y elude esa última tentación (que, según el evangelio, es la máxima tentación, la que permanentemente lo asedió, desde los cuarenta días del desierto, hasta las palabras de Pedro diciéndole que no puede morir). Desea ser el Mesías y morir en la cruz por los pecados de los hombres. Jesús sonríe, pronuncia “¡Se ha cumplido!” y fallece.

Así que esta película tan heterodoxa y transgresora termina con una conclusión básicamente “ortodoxa”, que refuerza el principal mensaje del evangelio: la muerte expiatoria de Jesús, plenamente aceptada por él como sacrificio por la humanidad, muerte que completa su itinerario humano, ético y espiritual, como muestra del supremo amor de Dios manifestado en su Hijo. Pero por el camino Scorsese (siguiendo a Kazantzakis) ha ido ofreciendo una imagen distorsionada de Jesús, de su naturaleza y del entorno en el que vivió.

Es muy respetable que el escritor y el cineasta exploren su acercamiento personal a Cristo. Pero para el cristiano que acepta los evangelios tal y como son, realmente no aporta nada, o casi nada, ese tortuoso camino para llegar a trancas y barrancas a algo que el Nuevo Testamento (y también –en mucha menor medida– otras películas, fieles a la Biblia) nos ofrece de una forma más directa y sencilla.

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