Excelencia vs. competencia

Por Daniel Bosqued
https://jonasberea.wordpress.com/

¿Qué tiene de malo querer ser el mejor? ¿No constituye un noble objetivo en la vida aspirar a lo más alto?

RIBERA Jacob recibe la bendición de Isaac (1637).jpg

En la sofisticada sociedad del siglo XXI se valora mucho la eficiencia, el desarrollo personal y la ambición profesional, de forma que sólo parece haber lugar para los mejores.

Por otro lado, el cristianismo ha extraído de la Biblia el camino de la excelencia como principio guiador del desarrollo humano. Lo cual parece apuntar en la misma dirección. Hay que aspirar a ser el mejor, ¿no?

Quizá no.

Diferencias sutiles, pero vitales

¿Qué diferencia hay entre aspirar a ser excelente y aspirar a ser el mejor? La primera diferencia se puede describir en los efectos que produce. Aspirar a ser excelente genera un esfuerzo individual orientado al desarrollo máximo en un área determinada, sin comparación con ningún otro elemento. En cambio, la aspiración a ser “el mejor” necesita por definición de alguien a quien superar en dicha área. Y esto produce competencia. De esta forma, excelencia y competencia se perfilan como dos principios opuestos que no se deben confundir.

La perspectiva ontológica de ambas es diferente. La excelencia implica sólo a una persona: el sujeto aspirante a la misma. La competencia requiere de dos o más personas, y todos los ajenos al individuo aspirante, son rivales. Las implicaciones derivadas de esta realidad son muy llamativas.

Según el Diccionario de la Real Academia, la competitividad es la “rivalidad para la consecución de un fin”. La definición de rivalidad, a su vez es expresada como “enemistad por emulación o competencia muy viva”. Finalmente la enemistad constituye el “odio entre dos o más personas”.

Esta secuencia de connotaciones describe a la perfección el camino psicológico de la competitividad. Este principio existencial excluye la solidaridad como opción, porque ésta última interfiere en el camino al pódium. El prójimo, lejos de ser considerado un compañero de viaje, se percibe inevitablemente como amenaza u obstáculo para conseguir el objetivo deseado. De forma que la vida se convierte en una parodia del “juego de las sillas” en el que solo hay sitio para los que se sientan rápido, y siempre hay alguien que se queda de pie.

Nuestra sociedad vende excursiones a la cima del mundo, en la que sólo cabe uno y por tanto, lo que importa es alcanzarla a cualquier precio. El resultado de tan absurdo viaje es una agotadora sensación de ansiedad y desasosiego. Se impone la prisa por adquirir cosas, por alcanzar metas, por escalar posiciones, y cuando se llega a la cima, uno se encuentra solo. Quizá por eso Oscar Wilde decía: “En este mundo sólo existen dos tragedias: una es no obtener lo que deseamos, y la otra es obtenerlo”.

Todo porque la motivación es equivocada, porque el principio guiador es trágico, porque cuando uno aspira a ser excelente, puede llegar a ser el mejor, pero cuando uno aspira a ser el mejor, puede llegar a perder la excelencia.

En realidad, no se trata de ser el mejor, sino de hacer lo mejor.

Un camino personal e intransferible

En la parábola de los talentos que encontramos en el capítulo 25 del evangelio de Mateo hay dos siervos que son tratados por igual, y sin embargo uno tenía diez talentos y el otro cuatro. ¿Por qué? Porque los dos habían hecho lo mejor que podían con sus talentos. A pesar de los diferentes resultados finales, los dos maximizaron sus ganancias en la misma proporción, e hicieron las cosas lo mejor que pudieron. Por eso, en la parábola son considerados como excelentes (vs. 21, 23).

Bajo este punto de vista no existe el rival. Sólo está Dios ofreciendo talentos, y el individuo desarrollándolos. Puede existir una motivación de superación, pero siempre es una superación personal, no una superación del otro.

Quizá la mejor definición del principio de la excelencia queda plasmada por el sabio Salomón en Eclesiastés 9:10 “Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas”.

La expresión final “según tus fuerzas” es un denominador común en la ecuación de la vida humana, que permite liberar al individuo de los denominadores ajenos. Cada uno tiene su ecuación, y el resultado final siempre puede ser excelente, al margen de todos los demás. Las implicaciones existenciales de este principio son muy relevantes, porque los términos no son absolutos, sino relativos y específicos para cada uno en particular. La ecuación de la excelencia sólo la resuelve Dios, pues sólo él conoce tus fuerzas y tus intenciones. Nadie más. Por eso la excelencia es un principio liberador que permite al hombre alcanzar “su cima”, y a la vez percibir al otro no como rival, sino como compañero. Implica la actitud responsable de hacer las cosas lo mejor que uno puede, como respuesta de agradecimiento a Dios por los dones entregados.

El resultado puede implicar ser el mejor. Pero nunca como objetivo, sino como consecuencia.
La competencia destruye, esclaviza y margina. La excelencia construye, libera y tiende puentes entre los hombres. Que no te confundan.

(Publicado originalmente en la Revista Adventista de junio de 2009.)

[Imagen: José de Ribera, ‘Jacob recibe la bendición de Isaac’ (1637).]

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