Cómo mantenerse frío en reuniones calientes

Hay maneras correctas e incorrectas de afrontar las fricciones en los consejos de iglesia.

Por Robin Erwin
jonasberea.wordpress.com

reunionesÉsta es la traducción de un artículo publicado en la ‘Adventist Review’ el 8 de marzo de 2012. Destaco sobre él tres aspectos:

  1. Contribuye a aclarar el concepto de “política”, a veces tan mal entendido en nuestro medio: la política, “en un sentido amplio, son todos los mecanismos de funcionamiento y normas de que se dota una institución” (ver Política eclesiástica), y por tanto es inevitable en la iglesia, y no es pecaminosa. En cambio hay ocasiones en las que, con la excusa de evitar esa necesaria política, se incurre en el politiqueo.
  2. Los consejos del hermano Erwin son útiles no sólo para las juntas y consejos, sino también para cualquier reunión eclesial, desde una clase de escuela sabática hasta una asamblea local o de iglesias.
  3. El ejemplo de Jim Jones (quien incitó al suicidio de 913 personas en Guyana en 1978) me parece inapropiado, pues el autor daría a entender que sólo organizaciones tan extremistas como aquella tienen la tendencia a convertirse en sociedades cerradas; cuando lo cierto es que, como iglesia, podemos vernos tentados a consolidar otro tipo de mecanismos organizativos que nos inhabiliten como sociedad abierta. No es cierto, como dice Erwin, que los grupos religiosos con “una autoridad poderosa, central y controladora que simplemente no tolera el desacuerdo […] normalmente no aguantan la prueba del tiempo”. Ahí tenemos a la Iglesia Católica Romana para desmentirlo. El peligro de la Iglesia Adventista no es el de evolucionar hacia un modelo como el de Jones, pero sí el de adoptar algunos esquemas autoritarios como los del catolicismo. (Jonás Berea, marzo de 2012)

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Si estás implicado en juntas de iglesia como dirigente (como es mi caso) y has experimentado momentos de tensión al discutirse ideas y al tomar decisiones, este artículo es para ti.

A lo largo de los años en que he servido en consejos de iglesia, he aprendido que cuando varias personas trabajan juntas durante un periodo de tiempo, surgirán diferencias, se formarán facciones y entrarán en juego dinámicas políticas. Desafortunadamente, este problema no es nuevo; estas facciones diferentes y estas dinámicas políticas tuvieron lugar en la iglesia cristiana primitiva (ver Hechos 15), por lo que no debería sorprendernos que se manifiesten también en nuestra generación. Como ocurre con la ley de la gravedad, son fenómenos inevitables, y pueden generar consecuencias no deseadas. Sin embargo, bajo la dirección del Espíritu Santo se pueden redirigir hacia objetivos y resultados positivos.

No todo es malo

De hecho, las diferencias entre los miembros de los consejos y la tensión que implican pueden ser de provecho. Estimulan a los miembros a permanecer alerta, a no dejar de pensar en sus valores, a tratar de explicar su posición a otros, y en ocasiones a crecer en su comprensión del ideal de Dios. Las decisiones de las juntas tomadas en este clima serán examinadas desde todas las perspectivas y a menudo mostrarán una sabiduría espiritual por haberse adoptado tras orar y reflexionar profundamente, en lugar de aprobarse precipitadamente.

Si conseguimos evitar tomar demasiado en serio o como algo personal el fuego cruzado entre facciones, quizá con el tiempo seamos capaces de ver que el grupo se beneficia de un bien mayor: la confrontación de ideas a la larga puede llevar a una organización más sólida. Entonces quizá tengamos valor para superar los sentimientos de consternación y aflicción que pueden llegar a darse si estos debates políticos siguen bullendo, o en ocasiones estallan en un conflicto abierto, y para aprovechar los beneficios potenciales del desacuerdo.

Algunas personas se sienten tan afligidas e incómodas cuando hay desacuerdo, que pueden malinterpretar esa situación como una pecaminosa falta de unidad, creyendo erróneamente que si todos fuéramos verdaderos creyentes no experimentaríamos opiniones enfrentadas.

Consideremos de nuevo a la iglesia cristiana primitiva y observemos los importantes desacuerdos entre los testigos oculares del ministerio y la vida de Jesús (todos los cuales eran creyentes auténticos). ¿Se trataba de un fracaso funesto por parte de la primera iglesia? No; lo que parece evidente es que discutían, todos juntos, sobre sus discrepancias de manera viva pero educada; se ponían de acuerdo en las estrategias, y se preservaba la unidad funcional. En lugar de fracaso, quizá sea más acertado interpretar esas diferencias de opinión como manifestaciones de un inevitable conflicto de ideas en una sociedad abierta cuyo número de miembros, diversos entre sí, estaba creciendo, y que aportaron pautas de crecimiento útiles y beneficiosas para la iglesia primitiva e incluso para nuestra iglesia actual. Elena G. de White habló de esta dinámica como un fenómeno positivo.* A falta de una intervención milagrosa, como la visión de Pedro en la azotea, un debate intenso apoyado en la oración puede ser uno de los medios por los que Dios inserta su programa y sus valores en nuestras mentes.

La clave es un liderazgo hábil

Las batallas de ideas son normales, pero hay puntos de inflexión críticos en la historia de un grupo durante los cuales cabe la posibilidad de que esta rivalidad resulte en gran daño para la organización. La habilidad con que los líderes y los miembros manejen esta tensión es la clave para limitar el daño y maximizar los beneficios. La sabiduría piadosa de los dirigentes de la iglesia en el pasado normalmente ha encauzado estas fricciones de tal modo que se evitara el desastre y surgiera una organización eclesial más sana.

Apropiadamente reconducidos, los desacuerdos internos en la iglesia pueden compararse a los experimentados por muchos matrimonios. Cuando los desacuerdos se gestionan de un modo respetuoso, basado en la confianza y en el amor, los maridos y las esposas pueden entenderse mejor el uno al otro y formar una unión más perfecta, duradera y operativa.

He aquí algunos principios de sabiduría espiritual que puede ser útil aplicar en caso de desacuerdos en las juntas y para alcanzar beneficios grupales:

  • Evita demonizar a quienes mantienen un punto de vista diferente al tuyo, no sólo mediante las palabras que eliges y el tono que usas para expresarlas, sino también en tus pensamientos.
  • Trata a aquellos cuyas opiniones difieren de las tuyas como miembros legítimos de la organización.
  • Intenta observar las cosas desde varias perspectivas a fin de entender mejor los argumentos que se están considerando; dicho de otro modo, trata de ver las cosas con los ojos de los demás.
  • Reconoce y refuerza el consenso logrado en ciertos puntos relevantes; esto al menos consolida algunos puntos en común a partir de los cuales se puede construir la confianza y el respeto de los participantes.
  • Identifica los elementos de desacuerdo que difieran realmente y que no sean sólo diferentes formas de expresar las mismas ideas. Después de ubicar las diferencias reales en su contexto, evalúa conjuntamente todos los aspectos del asunto para comprobar si se puede avanzar hacia el consenso.
  • Cuando no se viole tu conciencia basada en la Biblia y dirigida por el Espíritu, explora posiciones de acuerdo negociado, una tercera solución. Recuerda que aunque no es cómodo ceder, sentirse incómodo no es en sí pecado.
  • Anima a que todos los implicados sigan un proceso de toma de decisiones acordado, como consultar autoridades con criterio (p. ej., la Biblia, Elena G. de White, el Manual de la Iglesia, etc.) y recurriendo a procedimientos de discusión estandarizados (p. ej., en las discusiones más formales, Robert’s Rules of Order y otras reglas de debate). Esto les puede parecer ridículo a algunos, pero estas reglas estimulan una discusión educada e imparcial, y ayudan a evitar la tendencia a que prevalezcan las voces más fuertes.
  • Si no se puede alcanzar el consenso, aceptad que discrepáis y seguid respetándoos unos a otros.

Cuando sea necesario, aprende a vivir elegante y cordialmente con preguntas sin respuesta y con asuntos sin consensuar.

Aguantando la prueba del tiempo

Aunque resulta atractivo imaginar una organización que nunca tiene conflictos, tales grupos religiosos suelen tener una autoridad poderosa, central y controladora que simplemente no tolera el desacuerdo. Estos grupos no funcionan como sociedades abiertas y normalmente no aguantan la prueba del tiempo (consideremos el terrible ejemplo de Jim Jones en Guyana). En las sociedades libres con amplia membresía a lo largo del tiempo, las diferencias de opinión son un fenómeno inevitable y perfectamente humano, y tienen el potencial de ser una fuerza para el bien, siempre que se manejen con sabiduría.

No debería sorprendernos o desanimarnos la existencia de tensiones y desacuerdos en las juntas; no son nada nuevo. Pero esforcémonos por gestionarlas con sabiduría. En ocasiones bastará con respirar profundamente, abrir nuestro corazón en oración, solicitar el amor ágape de Jesús hacia aquellos que no ven las cosas como nosotros, recibir de Dios la sabiduría que nos promete, que busca el bien en toda situación, e imitar la humildad de Cristo. Sin duda Dios será honrado.

Por su gracia, nuestros desacuerdos pueden traer decisiones más sabias, y las juntas de iglesia podrán desempeñar adecuadamente su función y su propósito.

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* Ver Elena G. de White, en ‘The Advent Review and Sabbath Herald’, 26 de julio de 1892.

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Robin Erwin es anciano de la Iglesia de Buffalo (Nueva York). Ha servido como miembro y presidente de numerosas juntas de iglesia, asociación y centros de trabajo.

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