Gracia sin fin

Por Bill Knott, editor de la Adventist Review
https://jonasberea.wordpress.com/

The Dorothea Lange Collection, Oakland Museum of California

Mi intento de estar libre de pecado no superó ni siquiera el día de mi bautismo.

Había surgido del sepulcro de las aguas bautismales, exultante de gozo, porque había entregado mi vida a Cristo. Después de dos largas series de estudios bíblicos, me había sumado a cinco compañeros para un bautismo sabático que llenó mi corazón de doce años de edad de una profunda alegría. Familiares, amigos y compañeros se agolparon en torno a mí, afirmando la decisión que había tomado y la vida con la que ahora estaba comprometido.

Pero ningún mortal (con hermanos) puede avanzar mucho en la senda de la perfección. Unas horas después, mientras caminábamos con mi familia en medio de la naturaleza, comencé a discutir con uno de mis hermanos sobre las tareas escolares o quién ayudaba más en la casa; todos temas sobre los que no valía la pena discutir.

Al sentir malestares estomacales, me di cuenta de que acababa de fracasar en mi intento de ser perfecto. Habían pasado menos de tres horas desde que había encomendado mi vida a Cristo, y ya me carcomía la conciencia por haber perdido la paciencia.

Mi experiencia es conocida para millones de cristianos y adventistas que recuerdan el momento de su bautismo. Con inocencia esperábamos –y acaso hasta creíamos– que jamás volveríamos a pecar, que el perdón de Cristo por el pasado no sería necesario en el futuro. Pero muy pronto después de entregar nuestra vida a Cristo, descubrimos de nuevo cuánto necesitábamos su gracia y misericordia. Fue allí que realmente comenzamos a vivir la vida del discipulado, no en esas horas fugaces cuando no cometemos errores conscientes, sino en esos días, meses y años cuando nuestro quebrantamiento solo puede ser curado y restaurado por la gracia de Cristo.

En el mundo adventista, cada día se bautizan más de tres mil quinientas personas. Acérquese a ellas; sosténgalas; afirme la decisión que han tomado. Entonces, ayúdeles a darse cuenta de que jamás superaremos la necesidad de la gracia, y que jamás seremos salvos por algo ajeno a la justicia de Cristo.

(Publicado originalmente en Adventist World el 4 de noviembre de 2015.)

[Imagen: ‘Dyanna lying on her back in the grass’, de Dorothea Lange (c. 1961).]

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