Hoy hacen falta Luteros

Por Jonás Berea (jonasberea@gmail.com)
https://jonasberea.wordpress.com/

Ottmar Hoerl, Martin Lutero, Aquí estoy, WittenbergMañana, 31 de octubre de 2015, se cumplirán 498 años del día en que Martín Lutero clavó sus famosas 95 tesis sobre las indulgencias en la puerta de la iglesia del castillo de Wittemberg. En conmemoración de ese momento estelar de la historia, cada 31 de noviembre se celebra en todo el mundo el Día de la Reforma.

A poco que conozcamos a Lutero, nos encontraremos con algunas de sus sombras: aspectos incómodos debidos a su personalidad, al peso de su entorno y su época, a la naturaleza pionera de su ministerio. Sombras que tristemente conectaron con otras tradiciones de la historia y el pensamiento alemanes, generando influencias negativas (que Erich Fromm expone en El miedo a la libertad). Sombras que la apologética católica se ha encargado de agrandar, consagrando la imagen de un Lutero cargado de excesos y contradicciones.

Pero si nos adentramos en su figura, quinientos años después seguiremos viendo ante todo muchas luces. No hace falta ser protestante para apreciarlas. Lutero despierta admiración entre católicos aperturistas (Martín Gelabert, González Faus, Tamayo…) y entre rebeldes de distintas tribus.

Ni siquiera hace falta ser creyente para valorar al monje alemán: el gran historiador secular Lucien Febrve escribió en 1927 una de las semblanzas más certeras del reformador (Martín Lutero: un destino, México: FCE, 1988). En enero de 1944, todavía en la era nazi (durante la que el Reich recicló a Lutero para sus intereses diabólicos), este francés (no se olvide) reeditó su libro sin apenas retocarlo, pues Lutero le seguía pareciendo «uno de los padres del mundo moderno». Dice Febvre: «Lutero, al vivir, al hablar, al mostrarse como lo que era, creó, como tantos otros, numerosas situaciones de hecho, a su vez generadoras de consecuencias espirituales o morales que él no había previsto» (pp. 269-270).

Hay interesantes obras sobre Lutero en español, y muy accesibles, como la citada, o Lutero y el nacimiento del protestantismo de James Atkinson (Alianza). Y está la gran película de Eric Till de 2003. Pero lo imprescindible es leer directamente a Lutero, hoy en día muy accesible en Internet.

Para empezar está muy bien su opúsculo La libertad del cristiano: todo creyente se conmoverá con la lucidez y profundidad de sus palabras (cito la traducción de T. Egido en un volumen con varias obras de Lutero en Orbis, Barcelona, 1985): «En la medida en que es libre, el cristiano no tiene precisión de las obras; en cuanto siervo, está obligado a hacer todo lo posible» (p. 123). «No hacen bueno y justo a un hombre las obras buenas y justas, sino que es el hombre bueno y justo el que hace obras buenas y justas» (125). «Su única y libre pretensión en todas las obras será la de servir y ser provechoso a los demás» (127). «Todas las obras tienen que orientarse al beneficio de los demás, por la sencilla razón de que a uno mismo le basta y le sobra con la fe» (128). «El hecho de que las buenas obras no ayuden, no quiere decir que lo hagan las malas, lo mismo que decir que el sol no contribuya a la visión de los ciegos no se puede deducir que lo hagan la noche y la oscuridad» (184). ¿Cabe mejor síntesis de lo que es ser cristiano que la siguiente? «Un cristiano no vive en sí mismo; vive en Cristo y en su prójimo; en Cristo por la fe, en el prójimo por el amor» (130).

El mundo actual necesita de Luteros tanto como lo necesitaba el del siglo XVI. Hacen falta Luteros en la Iglesia Católica, que es de donde emergió el fraile Martín. Luteros que descubran que la Palabra de Dios sigue denunciando que el papado y todo su sistema doctrinal-institucional es lo contrario al evangelio, con sus indulgencias, su purgatorio, sus mediadores terrenales y celestiales, su mariolatría, su soteriolgía eclesiocéntrica y sacramental, su suplantador vaticano, su naturaleza religioso-política, su sed de poder revestida de piedad. Luteros que no se engañen llegando a creer que «desde el Concilio Vaticano Segundo, la Iglesia católica ha convertido en realidad una buena parte de las exigencias de Lutero» (H. Küng, En busca de nuestras huellas, Barcelona: Círculo de Lectores, p. 328), pues precisamente desde la época de Lutero, y a pesar de unos cuantos avances positivos, esa iglesia ha añadido todavía más dogmas antibíblicos a su Catecismo, como la infalibilidad papal. Luteros que, como el fraile alemán, no tengan miedo de decir que el papado es el Anticristo, y que planten cara a los Erasmos de hoy como Martín plantó cara al tibio Erasmo del siglo XVI, para exponer sin ambages que la única manera en que se podría reformar el sistema romano sería autodisolviéndose (cosa que jamás hará), y que por tanto hay que salir de Babilonia.

Hacen falta Luteros en las iglesias protestantes tradicionales, para que vuelvan a la primacía y al radicalismo de la Palabra, desechando las modas filosófico-sociológicas, como Lutero desechó la teología sometida a la filosofía de su época y defendió regresar a la Biblia (ver Clavando las tesis en la puerta). Y hacen falta Luteros en las iglesias evangélicas, cada vez más inundadas de pentecostalismo y religión-espectáculo, para que el culto gire en torno al estudio de la Escritura y para desterrar el nuevo clericalismo de los “apóstoles” cuasi infalibles.

Hacen falta Luteros en la Iglesia Adventista para abandonar la siempre presente amenaza del legalismo: «La fe, compendio de la ley entera, justificará abundantemente a quienes la posean, de forma que no necesitarán nada más para ser justos y salvos» (La cautividad…, p. 117). Luteros para poner en su justo lugar el papel de las obras del creyente; para rechazar la teología dualista: «El espíritu y la carne […] son una sola idea, como la herida y la carne son una sola. El mismo hombre es espíritu y carne al mismo tiempo» (cit. en el libro de Atkinson, p. 132). Para recordar que ser protestante implica protestar, con tanta firmeza como amor, frente a las injusticias y abusos de dentro y de fuera de nuestra iglesia. Para, cuando sea necesario, clavar (o, en su caso, fijar con post-it) 95 tesis en las puertas del institucionalismo y el autobombo eclesial. Para recordar que todos somos sacerdotes, y oponerse a cualquier intento de establecer un sacerdocio pastoral. Para aferrarnos a la Biblia como única regla de fe y conducta, y no crear un magisterio basado en “nuestra tradición”, pero tampoco sucumbir ante las modas humanistas y falsamente progresistas que diluyen el mensaje integral y paradójico de Cristo. Para recordar que «las palabras divinas jamás podrán forzarse por hombres ni ángeles, sino que, dentro de lo posible, tienen que aceptarse y conservarse en su significación más sencilla» (La cautividad babilónica de la iglesia, Barcelona: Orbis, 1985, p. 37).

Hacen falta Luteros en la sociedad civil y en la política: personas valientes, sin pelos en la lengua, que prefieran meter la pata mil veces porque eso significa que están vivos y son activos, a no cometer errores desde su silencio, indiferencia y conformismo. Que defiendan la primacía de la conciencia personal, pero que también sepan ejercer en comunidad el libre examen de los asuntos públicos. Que se retracten de sus errores, pero que se mantengan inflexibles cuando las inquisiciones actuales quieran subyugarlos bajo el pensamiento único. Que agradezcan el salvoconducto imperial, pero que sepan que los emperadores retiran su protección a capricho, y entonces se quedarán solos con su recta conciencia (y con Dios, si son creyentes). Hombres y mujeres con celo y pasión por causas justas, sin miedo a ser lapidados (moral o físicamente), o incluso a morir; pero que, a la vez, sepan disfrutar como un don de la vida y sus encantos (cuando los presenta…).

Hacen falta Luteros en nuestro corazón: que estén constantemente apelándonos a la reforma personal, una reforma que no se quede en las apariencias y lo externo, sino que transforme nuestro ser de dentro hacia fuera como Lutero recordó que debía ser la Reforma de la iglesia.

Escribió Martín: «Tienes que estarte bautizando siempre por la fe: siempre has de estar viviendo, siempre muriendo. […] Toda nuestra vida tiene que ser bautismo» (La cautividad…, p. 66). Y: «Sabedlo: ser un hombre piadoso; cumplir grandes, múltiples obras; llevar una vida hermosa, honorable y virtuosa es una cosa; ser un cristiano es otra muy diferente» (cit. en el libro de Febvre, p. 162).

[Imágenes: ‘Aquí estoy’, obra artística de Ottmar Hoerl consistente en la instalación de 800 figuras de Martín Lutero en Wittemberg, 12 de agosto de 2010.]

Anuncios

2 comentarios en “Hoy hacen falta Luteros

  1. Pingback: Algunas lecturas sobre Martín Lutero | Blog de Jonás Berea

  2. Las tres revoluciones habidas en Europa, desde los albores del siglo XVI (1517) hasta el mismo tiempo del siglo XX, sacudieron de manera formidable la sociedad del Viejo Mundo. Y las tres afectaron, de arriba abajo, en el mapa socio-político del continente: la Reforma Protestante, la Revolución Francesa y la Revolución Soviética.
    Las tres tienen en común el haber influido, mayoritariamente, en las sociedades de su tiempo mediante la coerción pura y dura. Y las tres dejaron un reguero de víctimas… especialmente la tercera.
    Una cosa es decir, progresismo, Libre Examen y voluntad del pueblo… y otra que esas “ensoñaciones” sean realidad.
    Por tanto, ¿hacen falta Luteros? ¡Sin duda! Pero no con la ayuda de los príncipes temporales, ¡como fue!…
    Los luteros que hacen falta, en parte, ya los hubo: los anabaptistas, pacíficos… Los cuales eran masacrados por los otros…
    ¡Ay! la memoria histórica.
    jjm

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s