El cristiano y la guerra

El desafío bíblico de la no violencia

Georges Stéveny
https://jonasberea.wordpress.com/

Paths of Glory, 1917, by CRW Nevinson (1878-1958)La expresión fundamental de la ética cristiana es, sin duda, el amor. Amar a Dios, amar como Dios, amar al prójimo como a sí mismo, amar a Dios en el otro, amar al otro como a Dios… ¡Todo estriba en esto! El amor es el fruto del espíritu (Gál. 5: 22) y el signo distintivo del cristiano auténtico: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros» (Juan 13: 35). Sabemos que el amor sobrepasa la fe y la esperanza. Contiene el germen de la vida eterna (1 Cor. 13: 13). Jesús vivió el amor hasta la cruz, hasta morir por él. Su muerte destruyó a la misma muerte, porque aquélla iba cargada de amor.

Muchos creen que esto no causó ningún problema a Jesús. El docetismo ha entorpecido tanto la teología que, a menudo, cubre con un velo el evangelio. Sin embargo, la Biblia dice que Jesús creció en estatura, en sabiduría y en gracia (Luc. 2: 52), aprendió a obedecer a través del sufrimiento (Heb. 5: 8) y, habiendo sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecar (Heb. 4: 15), ha llegado a ser para quienes le obedecen el autor de la salvación eterna (Heb. 5: 9).

Una crisis dramática marca el ministerio de Jesús después de su bautismo. Ésta revela que el amor logró una heroica victoria sobre las voces satánicas. ¡No nos dejemos engañar! Cuando Satanás ofrece a Jesús todos los reinos de la tierra si se postra delante de él, no le está pidiendo una simple genuflexión, sino la utilización de todos los medios que permitan sojuzgar a los hombres y a los pueblos: mentira, hipocresía, violencia, crimen, guerra… Todo, excepto el amor. La tentación consistía en doblegar a Jesús a las tradiciones milenarias, en seguir la vía fácil engrandecido por las masas. ¿Acaso no quisieron conducirlo al trono al son de los “Hosanas” cantados por el pueblo? En el silencio del desierto, Jesús descubrió cómo llevaría a cabo su ministerio. Seguiría un sendero áspero en el que las huellas aparecen teñidas por la sangre de los profetas. Lo subiría día tras día, fiel a su método, sin quejarse, como un cordero que es llevado al matadero. Bajar del cielo, renunciar al trono, servir y, si es necesario, subir a la cruz: éste es el camino del amor, personificado de una forma ejemplar en Jesús de Nazaret.

Si Jesús vivió el amor, también lo recomendó. Consideremos, entre otros, el sermón del Monte, llave maestra de su pensamiento, «Sed perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto» (Mat. 5: 48). ¿Cómo? ¡Acumular esfuerzos para parecernos a Dios! Sería el colmo del ridículo, una tétrica réplica del mito de Sísifo. Lo que Jesús nos propone es una renovación interior, un desarrollo bajo este nuevo nacimiento, en el camino del amor, de la vida auténtica. Esta vida renovada se evidencia llevando a la práctica tres propuestas:

  • Respetar la vida de hecho y de intención (Mat. 5: 21-26).
  • No resistir al mal, sino oponérsele con la no violencia (Mat 5: 38-43).
  • Amar a los enemigos, bendecir a quienes os maldicen, hacer el bien a los que os odian, orar por aquellos que os persiguen (Mat. 5: 43-48).

Con este discurso se acaba el judaísmo y da comienzo el cristianismo. Queda obsoleto el principio de la reciprocidad, de la venganza, del equilibrio inestable bajo el condicionamiento de influencias exteriores. Jesús nos ofrece a cada uno la posibilidad de llegar a ser hijo de Dios. Liberados de todos los obstáculos que, tanto de dentro como de fuera, postergaban el nacimiento de la soberanía divina, los hombres deben aprender a amar, signo de su nueva naturaleza y carácter de su Padre celestial.

¿Es necesario mencionarlo? Ese amor apenas se parece a lo que nosotros llamamos comúnmente amor. Pero, sin lugar a dudas, es incompatible con el conjunto de sentimientos que engendran la guerra o la hacen posible. El mundo del amor divino se opone al mundo natural como la vida se opone a la muerte. Ser cristiano es pasar del mundo natural al mundo sobrenatural por el milagro del nuevo nacimiento, milagro en el que se participa por medio de un compromiso consciente y de una oración constante.

Conviene subrayar en cuánto sobrepasa Jesús el orden antiguo. El judaísmo había modificado la Ley de Dios adaptándola a las reacciones instintivas naturales. De esta manera, el “No matarás” se desvalorizó en la ley del talión: “Ojo por ojo, diente por diente”. Justicia retributiva. Protección de la vida a las puertas de la muerte. Degradación de religión a moral, de florecimiento de la vida a lucha áspera por la vida.

Jesús no sólo denuncia la muerte, sino también la irritación que conduce a la misma. Es por ello que señala el insulto como un atentado contra la vida y proclama la reconciliación como el polo opuesto de la muerte. Sin reconciliación, los deberes más sagrados carecen de sentido.

Jesús nos describe una nueva concepción del deber. Cuando la ley de Dios está grabada en un corazón regenerado, actúa como una semilla (1 Ped. 1: 22-25) que produce una nueva vida, con unas necesidades nuevas, una sensibilidad nueva. El fruto por excelencia, el amor, es maravillosamente descrito por el apóstol Pedro en los capítulos 2, 3 y 4 de su primera epístola. Citemos en particular estas significativas palabras: «Porque ¿qué mérito es, si pecando sois abofeteados, y lo sufrís? Pero si haciendo bien sois afligidos, y lo soportáis, esto ciertamente es agradable ante Dios. Para eso fuisteis llamados, porque también Cristo padeció por vosotros, dejandoos ejemplo, para que sigáis sus pisadas. “Él no cometió pecado, ni fue hallado pecado en su boca”. Cuando lo maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba al que juzga con justicia» (1 Ped. 2: 20-23). Aquí encontramos claramente definido en qué consiste la nueva alianza, donde el Espíritu de Dios graba su ley en los corazones (Heb. 8: 7-13). Pero en la práctica, ¿qué hacer delante del “mal”?

“No le resistáis”, responde Jesús. Al menos, eso dicen las traducciones habituales. Sin embargo, el texto original sugiere de manera evidente algo más: No le contradigáis, no le repliquéis colocándoos en el mismo terreno. No utilicéis fuerza contra fuerza, arma contra arma, crimen contra crimen. La Ley del Talión tenía como fin la venganza. Desde el momento en que aceptas las palabras de Jesús, la venganza queda desterrada. «Si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda» (Mat. 5: 38-42). Lo cual quiere decir: acepta sufrir un poco más, si es necesario, para que se ponga de manifiesto la cólera del adversario y él mismo descubra su error respecto a ti. Introduce en el vacío de su conciencia el extremo de la palanca de tu amor. El bien y el mal coexisten en todos los hombres. Ten en cuenta el bien que existe en él. ¡Y que el mal se consuma ante tu bondad!

El apóstol Pablo expresa el mismo pensamiento cuando dice: «No te dejes vencer por el mal, mas vence el mal con el bien» (Rom. 12: 14-21). En esto consiste, precisamente, la no violencia. Es lo opuesto a una resignación triste o mal contenida, a una indiferencia altiva o a una impotencia temerosa. La no violencia pone en práctica una fuerza difícil de manejar, la fuerza del espíritu; lo cual exige mucha más fuerza que la simple réplica. Para responder es suficiente con dejarse ir. Para defender la no violencia es necesario ser dueño de sí mismo. Si ésta no alcanza su propósito, al menos no habrá provocado más estragos; al menos, no te habrás corrompido tú mismo.

Estos consejos parecen insensatos a aquellos que aún no han tenido acceso al mundo del espíritu. Lo son, en efecto, desde el punto de vista de las leyes humanas, porque no pertenecen al orden natural de las cosas. Recordémoslo, para Jesús un cristiano es un hombre nacido de nuevo y, si éste practica dichos consejos, se parece a un hombre prudente que construyó su casa sobre la roca (Mat. 7: 24).

Algunos problemas

Un hecho importantísimo confirma la enseñanza de Jesús de forma magistral. Después de la cena de Pascua, habiéndose ido Judas, Cristo y los once apóstoles fueron al monte de los Olivos. Allí encontraron a Jesús los soldados conducidos por el traidor. Pedro quiso defender a su Maestro. Cogió la espada e hirió al siervo del pontífice. Le cortó la oreja derecha. Jesús reconvino a Pedro: «Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán» (Mat. 26: 52), y curó al siervo del pontífice.

Aquí, el pensamiento de Jesús se encuentra expresado a la vez por un principio simple y mediante un hecho elocuente. Es un caso de legítima defensa. A buen seguro, nunca un hombre fue más digno de protección. Sin embargo, no satisfecho con rechazar de forma categórica la ayuda de las armas, Jesús se ocupa de curar al herido con amor.

El principio enunciado reviste, sin discusión, una forma absolutamente general: “Todos aquéllos que tomen espada a espada perecerán”. Sin duda, Jesús quiere decir que las guerras siempre engendran guerras. Nunca se solucionará nada con armas; éstas no sirven más que para aumentar la siniestra pirámide de cadáveres, sin hacer avanzar al hombre ni una pulgada en la solución de sus problemas. No podemos servir en la causa de Dios con procedimientos diabólicos. Con el mal, no podemos hacer el bien.

Sin embargo, en este pasaje surge un problema. Inmediatamente antes del episodio que acabamos de evocar, Jesús había hablado de esta manera: «El que tiene una bolsa, tómela; el que tiene una alforja, tómela también, y el que no tiene espada que venda su capa y compre una. Porque os digo, que es necesario que se cumpla en mí lo que está escrito: “Con los transgresores fue contado”. Porque lo que está escrito de mí, tiene que cumplirse. Entonces ellos dijeron: “Señor, aquí hay dos espadas. Y él les dijo: “Basta”» (Luc. 22: 36-38).

Este texto es citado con frecuencia para legitimar la violencia. Sin embargo, si consideramos las espadas en sentido literal, lo único compatible con esta interpretación, las dificultades son insuperables:

  • contradicción flagrante con todo el conjunto de la predicación cristiana;
  • inconsecuencia inexplicable, ya que Jesús se hubiera contradicho horas más tarde, de palabra (“Todos aquellos que tomen espada, a espada morirán”) y de hecho (orden a Pedro de envainar de nuevo la espada y curación del herido);
  • decisión irrisoria, porque en tales circunstancias, dos espadas nos hacen sonreír.

Ante estas objeciones, se ha buscado una interpretación muy imaginativa basada en Lucas 22: 37. Sabiendo llegada la hora de su muerte, Jesús estaría ansioso de cumplir una célebre profecía diciendo que sería contado entre los malhechores (Isa. 53: 12). ¡Las espadas eran útiles para disfrazar a los apóstoles de actores en una escena que convenía cumplir!

Pero, ¿cómo imaginar a Jesús, en ese solemne momento, preocupándose de una puesta en escena totalmente desprovista de honestidad? Además, y sobre todo, ¿cómo prestar a esa profecía el significado de una predicción fatal, menospreciando las reglas elementales de una hermenéutica sana? En efecto, las profecías bíblicas son, en general, condicionales.

Por otra parte, la explicación del mismo Isaías se muestra muy diferente: «Fue contado con los perversos cuando en realidad, él llevó el pecado de muchos». Nos hallamos en un plano muy distinto. El profeta ve a Jesús entre los culpables, pese a que es inocente. Jesús se solidariza con los hombres pecadores hasta el punto de asumir la condición del pecador.

En una palabra, todas las explicaciones que mantienen el sentido literal del vocablo ‘espada’ chocan con obstáculos infranqueables, sean cuales sean los matices con los cuales se las presenta. Siempre caen en el mismo error: no prestar suficiente atención al texto. Así, se enfatiza el término ‘espada’, cuando ésta no tiene más importancia que la relativa a la alforja o a la bolsa.

De hecho, Jesús se refiere a las instrucciones que había dado a los doce, después de convertirlos en apóstoles Lucas 9: 1-6.

Les dice: “Entonces os envié sin bolsa sin alforja, sin zapatos y no os faltó nada. Era la maravillosa primavera galilea de mi ministerio. Vosotros no teníais ni mucha fe, ni muchos conocimientos, ni demasiada experiencia. Pero las condiciones os eran relativamente favorables. La misma oposición nunca fue dramática hasta el punto de que no se pudiera encontrar una salida. Además, yo estaba con vosotros. Ahora viene el tiempo de las dificultades. Mi hora llega y la vuestra la seguirá. ¡Primero llega la mía! En vuestro pensamiento, soy invencible. Sin embargo, sufriré una derrota escandalosa. Vosotros esperáis verme pronto provisto de un cetro. Pero antes tengo que superar otra etapa. La gloria es para más tarde. He sido entregado… Satanás cribará el trigo. Pedro me negará dos veces, pero se convertirá y fortalecerá a sus hermanos. La noche se acerca. Armaos de valentía y de fe. Os será necesaria una buena provisión de fuerza moral y de agresividad espiritual. La espada del espíritu os será más útil que el abrigo de las buenas apariencias. La hora de la benevolencia pasó. Vais a afrontar la oposición”. (Leer de nuevo y con mucha atención Lucas 22: 21-38).

En lugar de interpretar el texto en el sentido de una llamada a las armas, nosotros lo entendemos más bien como una exhortación espiritual. El Nuevo Testamento ofrece muchos ejemplos parecidos (Efe. 6: 14-17; 1 Ped. 4: 1…). En algunas ocasiones Jesús fue mal comprendido al utilizar metáforas. En nuestro relato, la interpretación simbólica armoniza con el contexto, concuerda con el conjunto de enseñanzas de Jesús y no fuerza el idioma. Sin embargo, ¿por qué dijo Jesús, a propósito de las dos espadas traídas por los apóstoles: “¡Basta!”?

Podríamos preguntamos si el Maestro no estaría decepcionado ante la incomprensión de los suyos. Descubre que los apóstoles no habían seguido el desarrollo de su pensamiento. Inútil seguir. “¡Basta!” ¡No son las espadas las que bastan! (el texto griego es neutro). Sin ironía y sin impaciencia, Jesús corta, de forma sencilla, una conversación inoportuna, un diálogo de sordos. Por otro lado, la ocasión de precisar su pensamiento le llegó más tarde, tal como ya hemos visto.

Veamos otro texto citado con frecuencia para legitimar el ejército y la guerra. Unos soldados se acercan a Juan el Bautista preguntándole: «Y nosotros, ¿qué haremos? Les dijo: “No extorsionéis a nadie, ni calumniéis. Contentaos con vuestro salario”» (Luc. 3: 14). Juan no desaprueba el ejército. Tan sólo recomienda a los militares que sean honrados. ¿No es ésta una manera de aprobar el ejército y su profesión? ¡Seguro! Pero que esta conclusión no sea atribuida al cristianismo. Juan el Bautista precedió a Jesús, pero se quedó en la intersección de los tiempos. Designó a Jesús como el servidor de Dios, pero curiosamente, él mismo no le siguió y fue asaltado por una duda mortal en la prisión de Maqueronte. No obstante, su juicio era justo cuando declaraba a propósito del Cristo: «Es necesario que él crezca y yo mengüe» (Juan 3: 30). Y, evidentemente, el consejo a los soldados forma aún parte de la antigua alianza, la cual se desvanece ante el sermón del Monte.

De la teoría a la práctica

En teoría, la cuestión parece clara. Si ponemos un Nuevo Testamento en las manos de un lector sin prejuicios, pronto comprenderá que el evangelio es incompatible con la guerra. El amor a Dios consiste en guardar sus mandamientos. Dios es amor, y el que permanece en el amor, permanece en Dios y Dios permanece en él (1 Juan 4: 16; 5: 3).

Otra cosa muy distinta es vivir según estos principios. El teólogo Karl Barth no admite la tesis de los pacifistas sin condiciones. Señala algunos casos límite en los que la guerra aparece como la última solución. Otros han pretendido que el Sermón del Monte propone una ética excepcional, válida únicamente para tiempos excepcionales. No sabríamos vivirla de continuo. Bonhoeffer, por ejemplo, afirma que existen dos morales: una para los tiempos de paz y otra para los tiempos de crisis. De esta forma, el recurso a la violencia puede ser aceptado sin ser normativo y, forzosamente, un día u otro entra en nuestra ética como última medida.

Conviene preguntarse con sinceridad si semejante actitud es resultado de la fidelidad a Cristo o si no proviene más bien de una reducción de la fe, según un método oportunista. Yo creo que Jesucristo entró en la historia para terminar con ella. La redención afecta a la historia transformando, en realidad, al hombre dentro de la historia. Recurrir a la violencia, en cualquier caso, frena el nacimiento del reino de Dios.

Para Jesús, los discípulos están en el mundo como unos corderos en medio de lobos. Deben ser prudentes como serpientes y sencillos como palomas (Mat. 10: 16). No puedo comprender cómo puede justificarse que un cristiano actúe como un soldado armado hasta los dientes y sea entrenado en el arte de matar. Un servicio sanitario, por el contrario, es al mismo tiempo una señal de deferencia hacia las autoridades –lo que reclaman las Escrituras–, y una forma auténtica de servir al prójimo, sin distinción de raza, nacionalidad o ideología.

Conclusión

Nuestro divino Modelo, en todo caso, fue como un cordero en medio de lobos, y su muerte es el acto más sublime de no violencia que pueda ser imaginado. Dios se ofreció, en Jesucristo, a la muerte que él hubiera debido dar al hombre. Sin embargo, se dio a sí mismo en lugar de discutir. Antiguamente, los fabulistas representaron un gato lamiendo una lima y desangrándose. El pobre animal creía alimentarse e impedir la muerte. Lamía con frenesí, y cada lamido precipitaba su fin. Así actúan los hombres que creen hallar provecho en la guerra. Albergan la ilusión de hallar el alimento en la guerra y no ven que la propia guerra los deja mortalmente exangües.

El mundo pasa, la cruz permanece. Con ella se vislumbra la esperanza. La esperanza que cree lo que aún no es, pero que será; que ama lo que aún no es, pero que será. La no violencia es esta esperanza. Elección y apuesta por la fe. Combate de la fe y del amor.

(En el número de febrero de 2010, la Revista Adventista española rescataba este artículo del teólogo adventista Georges Stéveny, fallecido en 2004. Para una profundización mayor en el tema, se puede leer la transcripción de las ponencias que, bajo el título La no violencia, ofreció el mismo autor en la Convención de AEGUAE de 1976.)

[Imagen: C. R. W. Nevinson, ‘Senderos de gloria’ (1917).]

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6 comentarios en “El cristiano y la guerra

  1. Aunque cabría algún matiz (p. ej., sobre su afirmación acerca de la ley del talión), creo que es un texto magistral que agradezco conocer (o recordar). Infinitas gracias por este blog, estimado Jonás.

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