Los que dejamos solos

Por Douglas Cooper
https://jonasberea.wordpress.com/

Imagen1Tolerar a alguien que puede irritarnos, o que puede desagradarnos, es una cosa. A fin de cuentas, solemos racionalizar que ellos tienen problemas. Debemos tratar de tolerar sus deficiencias. Pero el hecho de involucrarnos con ellos en sus problemas de una manera amorosa e interesada, y apoyarlos para que logren la plenitud mental, física o espiritual… bueno, eso ya es una cosa diferente. Eso exige un poco más. Muchísimo más. Es muy raro que se pueda realizar.

Más bien tendemos a restringir nuestro interés sólo a la gente divertida y atrayente. Los que huelen bien, que demuestran un comportamiento agradable, buena conversación… Los que se visten bien, que mantienen el cabello bien peinado y los dientes cepillados.

Anhelamos su compañía. Nos gusta invitarlos a almorzar después del culto. Son personas de “nuestro” tipo. Tenemos mucho en común con ellos. Piensan igual que nosotros. Nos atraen.

Así quedan de lado los ancianos, los feos, los aburridos, los que nos avergüenzan, los que son inferiores intelectualmente. Así quedan fuera los que juzgamos inmorales o indeseables por cualquier motivo. Son los que dejamos solos en los servicios de la iglesia o las reuniones sociales.

Manejamos bien los gestos de compromiso. El mero reconocimiento de su existencia. El tibio apretón de manos. La pregunta nerviosa, con tono apático, casi con culpa, acerca de su salud. El interés forzado en lo que nos cuentan. En todo momento les marcamos claramente que esperamos que mantengan la distancia y se ubiquen en su lugar. Al perrito en casa le va igual o mejor que a ellos.

Algunos hasta nos dan motivos para que los rechacemos. Como los que se muestran hostiles. Los criticones. Los que siempre provocan tensión y frustración por su permanente negatividad. Los que no paran de hablar mal de los otros. Los que nos resultan repugnantes porque hablan demasiado. Los que nos desagradan porque hablan muy poco. Los que son muy directos. Los petulantes. Los superegoístas.

Encontramos justificación para rechazar a esas almas poco atractivas y agraciadas.

¿Podemos no sólo tolerar y aceptar a ese tipo de personas, sino también amarlas y asistirlas con nuestro ministerio?

(Del libro Living God’s Love, de Douglas Cooper, págs. 41-42, recogido en Dwight K. Nelson, El undécimo mandamiento, Buenos Aires: ACES, 2005, págs. 102-104).

[Imagen: Fernand Pelez, ‘El bocado de pan’, detalle (1904).]

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