Por qué y cómo dar sermones breves

Por Jonás Berea (jonasberea@gmail.com)
https://jonasberea.wordpress.com/

Orando en el sermón (MEMES 7mo Día, 25 5 13)Intenta recordar un sermón que escuchaste y que fue muy largo. Ahora responde: ¿Te gustó o no? ¿Te conmovió? Seguramente algunos recordarán una larguísima predicación que les resultó estimulante, pero al oír “largo” a la mayoría nos vendrá a la mente un sermón cuyo final estuvimos deseando que llegara.

Ciertamente hay sermones extensos muy bien construidos y que llegan al corazón; pero en estos casos los oyentes, concentrados en el mensaje, no suelen ser conscientes del paso del tiempo, de ahí que no recuerden el mensaje por su extensión, sino por su contenido. Creo que todos estaremos de acuerdo en que estas predicaciones son la excepción.

Cualquiera que ha hablado en público sabe que predicar es difícil, predicar bien es muy difícil y predicar breve es lo más difícil. Por eso siempre vienen bien unas pautas que nos ayuden a mejorar en este importante asunto. Espero aportar algunas en este artículo.

Por qué dar sermones breves

“Pero”, se puede objetar, “para presentar y argumentar bien un tema es necesaria cierta extensión”. Puede ser en ciertos casos. Yo propongo consideremos estas razones para procurar que nuestros mensajes sean breves.

Aumentar la fe, no ponerla a prueba. La ironía del escritor Julien Green nos debería hacer pensar: «La predicación es útil porque somete a dura prueba la fe de quienes escuchan.»

El centro de atención se desplaza desde el cerebro a… Lo dice el refrán castellano: «Largos sermones, más mueven los culos que los corazones». Si hace calor, un culto largo se soporta todavía peor, de ahí este otro refrán: «En tiempos de melones, cortos los sermones». Recuerdo a un joven pastor que tenía la delicadeza de ofrecer a la iglesia “cultos de verano” en esta estación del año; simplemente eran más breves (¡y por tanto más refrescantes!).

Media hora basta. «Sermón, discurso y visita, media horita», dice otro refrán. En realidad, los expertos dicen que a los quince o veinte minutos la atención se dispersa, así que lo ideal es no sobrepasar demasiado ese tiempo, y si lo hacemos conviene buscar algún recurso que atraiga de nuevo la atención de la congregación.

Hay que pensar en los niños. Lo explica perfectamente James Standish en su estupendo artículo Sermones de quince minutos.

Los mejores discursos de la historia son breves. Tomemos como ejemplo a los grandes oradores, no a los grandilocuentes (ídem).

“Lo pequeño es hermoso” (Small is beautiful). Es el sugerente título del libro del sociólogo E. F. Schumacher (1973). Sírvanos de lema.

Terminar a tiempo. Elena de White recomendaba: «Lo que se habla en la primera hora es de mucho más valor, si el sermón termina entonces, que las palabras que se pronuncian en una media hora adicional. Se produce una sepultura del material que ha sido presentado. Se presenta una masa tan grande de material, que no pueden retener y digerir, que todo parece confuso» (Testimonios para los ministros [TM], p. 261)

Estamos en el siglo XXI. En el siglo XIX la gente estaba acostumbrada a escuchar, y por tanto un sermón de una hora resultaba breve. Pero la forma de comunicarnos ha experimentado varias revoluciones desde entonces. En una época en la que la cultura es más visual que verbal, en la que gran parte de las historias que se ven son anuncios de 20 segundos, en la que nos comunicamos por WhatsApp y Twitter, no podemos esperar que los oyentes aguanten semana tras semana sermones decimonónicos.

Si no hay “reforma litúrgica”, lo pagaremos caro. En vez de caminar hacia la necesaria simplificación del culto, la tendencia general en la iglesia es a recargar la “liturgia”, a prolongar las ceremonias, a añadir elementos. Cada vez hay más generaciones de creyentes que no encuentran significativo el momento del culto y que se aburren.

Bueno o malo, mejor breve. Si el sermón llega a la audiencia, no tiene por qué ser largo (como dice la famosa frase de Baltasar Gracián: «Lo bueno, si breve, dos veces bueno»); si el sermón resulta flojo, al ser breve no dejará un mal recuerdo (añadía Gracián: «Y aun lo malo, si poco, no tan malo»).

Mejor que se queden con ganas. Si el sermón es largo, muy probablemente los feligreses pensarán o dirán: “¡Qué ganas tenía de que acabara!”. Si el sermón es breve, posiblemente digan: “Tengo ganas de que este predicador nos dirija la palabra otra vez”. ¿Qué preferimos?

A más palabras, menos ideas. Así lo sintetizaba Johann W. von Goethe: «Se tiende a poner palabras allí donde faltan ideas». Y Friedrich Nietzsche (con un toque de vanidad, pero nos vale la cita): «Es mi ambición decir en diez frases lo que los demás dicen en un libro –lo que los demás no dicen en un libro». «No permitáis que vuestros discursos abarquen tanto que se vea debilidad en lugar de un sólido argumento» (White, TM, p. 317).

Para elevarse no hace falta mucho tiempo. «Sean los discursos cortos, espirituales, elevados» (White, TM, p. 344). El despegue de un cohete hacia el cielo es muy rápido…

El sermón no es el culto. Como protestantes, y de acuerdo con la Biblia, entendemos que la exposición de la Palabra, y no “liturgia” alguna, es la parte fundamental del culto. Pero, aunque tendemos a llamar “culto” al sermón (“Hoy da el culto el pastor X…”), debemos tener claro que: 1. El culto lo da toda la iglesia (no una sola persona) a Dios. 2. El culto que le ofrecemos al Señor está conformado por el conjunto de oraciones, cantos, testimonios, recogida de la ofrenda y cualquier otra actividad realizada colectivamente en honor a Dios y en beneficio de la congregación.

Hagamos breve todo. Todo lo dicho anteriormente no debería inducir a las iglesias a reducir el tiempo de predicación… y en compensación alargar y recargar todas las demás partes del culto; sino todo lo contrario: esforcémonos todos por que cada participación sea sencilla, breve, directa, exenta de explicaciones sobrantes y protagonismos personales.

Tiempo para fraternizar. A veces los servicios religiosos son tan largos que, cuando terminan, los hermanos tienen que irse a casa a comer. Pero es importantísimo que tras el culto los asistentes puedan disfrutar de un tiempo para saludarse, estar juntos, charlar, ocasionalmente tener alguna reunión o ensayo… Quizá no muchos entienden que ese tiempo distendido de convivencia también es sagrado y construye a la iglesia de Cristo.

Cómo dar sermones breves

A continuación sólo expondré algunas sugerencias, por supuesto discutibles y ampliables.

Lee, corta, relee y recorta. Cuando el sermón esté redactado, hay que leerlo entero con la tijera en la mano, e ir eliminando toda redundancia (siempre las hay). Todavía habrá que leerlo una o varias veces más, hasta que quede sólo lo necesario para dejar clara la idea central. Habremos quitado toda la paja. «La duración de una presentación es a menudo inversamente proporcional al tiempo dedicado a prepararla» (Paulsen, citado por Standish).

Divide y convencerás. Si sale un sermón largo en el que todo es importante, se puede dividir en varios sermones. Cuando un predicador tiene acceso frecuente a un mismo púlpito, no hay razón para que ofrezca sermones largos; lo que no diga un día podrá decirlo en otra ocasión.

Siempre será más largo de lo calculado. Cuando ensayamos la exposición en casa tendemos a condensar; al hablar en público tendemos a desarrollar más las ideas y a exponerlas más extensamente. Por eso, si preparas un sermón de quince minutos, seguramente hablarás veinte; si lo preparas de veinticinco, pasarás de la media hora; si lo preparas de cuarenta, te acercarás a la hora.

Corto, y recortable. Teniendo en cuenta el punto anterior, conviene que en todo sermón tengamos determinado qué es lo realmente esencial, y qué parte es prescindible, y por tanto podemos omitir, en caso de tener que terminar. Importante: que el mensaje final recoja la idea principal.

Una sola idea central. Es común que como oradores nos veamos tentados a querer decir todo lo que sabemos sobre un tema; así, nos liamos en ramificaciones infinitas y no vemos la forma de terminar. Nos falta tiempo (y a veces lo decimos, haciendo temblar a la audiencia: “Necesitaría mucho tiempo para explicaros todo esto”). Pero hay que recordar que el objetivo es transmitir una sola idea. Jorge Bergoglio, que no es mal orador, recuerda un lema de un viejo maestro suyo: un buen sermón debe contener «una idea, un sentimiento, una imagen» (Evangelii Gaudium, 157). Elena de White escribe: «Presenta solamente unos pocos puntos vitales, y mantén tu mente concentrada en estos puntos» (TM, p. 315)

Deslocaliza tu mensaje. Hay una forma de comunicar a los hermanos más cosas de las que tenemos tiempo de expresar en nuestro sermón. Consiste en extender el mensaje por la iglesia: traer elementos visuales que ya desde primera hora de la mañana llamen la atención a los asistentes y les introduzcan en el tema que se va a tratar: objetos, posters o paneles (con una cita, una historia, una imagen…). Incluso una pequeña dramatización en el vestíbulo de la iglesia. De este modo, no sólo despertamos el interés de los asistentes antes del sermón, sino que hemos hecho que antes de escucharnos capten parte del mensaje, y quien lo desee puede seguir mirando y leyendo esos elementos después del sermón, “a la carta”. Respetamos a la audiencia con una predicación breve, pero facilitamos más recursos a quien desee ampliar el tema. Y será un mensaje que recordarán durante mucho tiempo.

Sin rodeos. «Cuando un discurso es demasiado largo, la última parte de la predicación disminuye la fuerza y el interés de lo que ha precedido. No vayáis de un lugar a otro, sino id directamente al punto» (White, TM, 317).

¿Les soltaríamos un rollo a los ángeles? «Hablad como si todo el universo del Cielo estuviera ante vosotros, así como el hambriento grupo de las ovejas y corderos de Dios que debe ser alimentado» (ídem).

No hacer referencia al tiempo. Si la audiencia se está aburriendo, una referencia al tiempo transcurrido o al que falta para terminar todavía la desesperará más; si la audiencia está atenta, no hay por qué llamarle la atención sobre la duración del mensaje. El tiempo que más disfrutamos es aquel que no nos damos cuenta de que pasa.

Reloj a la vista. No se puede predicar según “nos inspire el Espíritu”. Así como lo ideal es que los asistentes nunca sientan la necesidad de mirar el reloj, el predicador debe sentir la necesidad de mirarlo discretamente con cierta frecuencia. Es la responsabilidad de quien dirige el servicio. También es útil contar con alguien de confianza entre el público que puntualmente nos pueda hacer con los dedos el gesto de la tijera.

Historias muy breves. Algunos predicadores tienden a contar historias largas, a veces con dramatización y con todo lujo de detalles. En cambio, la historia eficaz es breve, como podemos comprobar leyendo las parábolas de Jesús. Si disponemos de una historia que de forma especial sea impactante y que realmente necesite una exposición extensa, que la historia sea el sermón.

Jamás pedir permiso para alargarse. «Usted había estado hablando durante largo rato, y todavía creía que no había dicho todo lo que deseaba decir, y estaba pidiendo un poco más de tiempo», escribe Elena de White a un ministro (capítulo “El mal de los sermones largos”, Testimonios para los ministros, p. 262). Resulta patético ese recurso. Si el sermón es interesante, la feligresía escuchará sin que el orador les ruegue que soporten lo que queda; si el sermón es aburrido, no es de buena educación poner a los asistentes en el compromiso de decir que sí, que el predicador se tome el tiempo que necesite, cuando lo que desean es que acabe ya.

Sermón largo (MEMES 7mo Día, 8 8 14)Un mal piloto en el púlpito. En su divertido (y breve) artículo Cómo mejorar nuestra predicación sagrada, el sacerdote católico Antonio Rivero expone diversos tipos de homilías que deberíamos evitar pronunciar (la homilía molusco, la homilía ladrillo, la homilía espagueti, la arqueológica, la romántica…). Entre ellas explica la homilía de mal piloto: «El predicador no sabe despegar ni aterrizar, y da vueltas y más vueltas y nunca termina. “Y ya para terminar…” y vuelve a subir a las nubes…; “y ya para terminar…”, y vuelve a subir. Termine y punto, por favor.»

Conclusión directa. A veces el cierre del sermón resulta interminable porque el orador, quizá sin sentirse seguro de que el público ha captado lo que quiere decirle, recapitula todo lo dicho anteriormente en un “resumen” sin fin. Mejor una conclusión breve, aunque deje puntos abiertos.

Que la audiencia saque conclusiones. El mal predicador necesita explicar todo a la audiencia; eso significa que no confía en su propia capacidad de comunicación (y por tanto debe desarrollar, repetir y analizar el mensaje una y otra vez), o porque no confía en la inteligencia del público.

No repetir el sermón en la oración. Hay predicadores que no sólo recapitulan todo el sermón en la conclusión, sino que además aprovechan la oración final para repetir una vez más el mensaje que quieren transmitir. Respetemos a la iglesia.

[Imágenes: MEMES 7mo Día (Facebook).]

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7 comentarios en “Por qué y cómo dar sermones breves

  1. Artículo que haría leer obligatoriamente a todos los que suben al púlpito (me incluyo) La mayoría de los sufridos hermanos lo agradecerían. Muchas gracias .

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  2. Gracias por este interesante artículo. Me he reconocido en los errores identificados. Reflexionar sobre ello me ayuda a crecer y a intentar hacerlo mejor.

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  3. No miraba para dentro,
    Eutico se adormeció…
    Cual ese meme, muy atento
    al principio, él se sintió…

    Pero en el caso paulino
    el equilibrio le perdió
    al que con gran desatino
    en el alfeizar se sentó.

    Mas la mente se dispersa,
    que lo sabemos tú y yo…
    Cuando a gente conversa
    se le repite el “ro-ro”…

    No fue el caso de Pablo,
    que su discurso alargó…
    Elaborado retablo
    que aquel domingo pintó…
    jjm

    Nos decía el recordado Julián Marías, en relación con el “proverbio”, “Lo breve, si es bueno, dos veces bueno”: “LO BREVE, SI ES BUENO ¡QUÉ PENA!”.

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  4. Creo que lo expuesto en el artículo es necesariamente aplicable a los sermones de los momentos de culto. En los momentos de adoración colectiva hay niños, ancianos, neófitos y veteranos. Y no creo que sea el momento para ofrecer una clase magistral ni para exponer “esas cosas que es necesario que la iglesia escuche”. Los sermones del momento de adoración tampoco tienen que ser superficiales. Hay muchos mensajes que son sencillos y a la vez profundos; que los neófitos pueden entender y que los veteranos nos vayamos a casa reflexionando y relacionando ideas que nos dejen con ganas de investigar más; que se haga ameno, llevadero y comprensible para ancianos y niños. Esto hace que la comunidad unida adore, que todos seamos alimentados.
    Pero por supuesto que también necesitamos esas charlas, seminarios y conferencias en las que el buen orador y las buenas ideas te hacen corta la conferencia de hora y media. Pero estas conferencias ya no son para “todos los públicos”. Si son conferencias de salud, profecía, eclesiología o educación acudirán las personas que estén interesadas. Los niños estarán haciendo sus actividades, los ancianos que se cansen podrán salir sin sentirse culpables por si son irreverentes y los interesados escucharán con atención y sin las distracciones del bebé que llora o del adulto que se aburre y tiene su conversación paralela.
    Sermones del culto a adoración cortos y concretos, ¡sí, por favor!
    Conferencias, charlas y seminarios con rigor científico, cultural y teológico, ¡sí, por favor!

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