Las cuestiones sindicales y la Iglesia Adventista

Quarto_StatoPor Juánfer (periferia07@gmail.com)
https://jonasberea.wordpress.com/

El asunto sindical (y “político” en general) de ordinario es mal entendido y peor asimilado en nuestra querida iglesia, que suele afrontarlo con esquemas propios de “iglesia-burbuja” (por no hablar de sus instituciones, las cuales tienden a ser, a su vez, otra burbuja dentro de la burbuja-madre). En este artículo ofrezco un punto de partida crítico para la reflexión sobre estos temas.

1. Tabúes en nuestra iglesia

En nuestra iglesia [adventista] el tema sindical ha sido tradicionalmente tabú. Tanto por sí solo, como porque suena a “política”, otro gran tabú entre nosotros.

Los motivos de estos tabúes, o más bien del rechazo instintivo que suelen producirnos los temas correspondientes, son en parte racionales e incluso bíblicos. Desconfiamos del sistema de valores imperante en la sociedad, en cuyo seno nacieron y actúan los sindicatos y los partidos políticos. Jesús nos deja claro que no somos del “mundo” (ver Juan 17: 14-16; cf. 18: 36). No lo dice, evidentemente, para que rechacemos a las personas que integran el “mundo”, sino para recordarnos que nuestra manera de pensar es muy distinta a la que domina fuera del ámbito cristiano bíblico. Incluso opuesta en lo básico. No podemos unirnos ideológicamente con el “mundo” sin correr riesgos (ver 2 Cor. 6: 14-15). No en vano su príncipe es Satanás (ver Juan 12: 31; cf. Mat. 4: 8-9). En cambio, “nuestra ciudadanía está en el cielo” (Fil. 3: 20).

2. Elena White sobre estos temas

Por si fuera poco, Elena White (EW) tiene algunas declaraciones (no muchas), bastante contundentes, sobre estos asuntos. Por ejemplo, al hablar de cuál debería ser la relación del cristiano adventista con la política, advierte contra dejarse “salpicar” por ella, recordando que en este mundo somos “peregrinos y extranjeros” (TM, 131). Es mejor mantenernos separados de ella, evitando la “alianza con no creyentes”. Incluso desaconseja “hablar” y enredarse en torno a ella, e insiste en que evitemos la “disensión política” (GW, 395-396). De los ministros (pastores, predicadores) que hablan de política en sus sermones y exhortaciones, afirma que mezclan “lo profano con lo sagrado” (TM, 337). ¿Y qué hay de votar a partidos políticos? En un texto dirigido a profesores y gestores de colegios, señala: “No podemos votar sin peligro por los partidos políticos; porque no sabemos para quiénes votamos […]. No podemos trabajar para agradar a hombres que emplearán su influencia para reprimir la libertad religiosa, y pondrán por obra medidas opresivas para inducir u obligar a sus semejantes a guardar el domingo como día de reposo […]. Los hijos de Dios no deben votar en favor de tales hombres.” “Es un error de vuestra parte unir vuestros intereses con algún partido político, para echar vuestro voto en su favor […]. Cualquier conexión con los fieles e incrédulos que nos identificase con ellos está prohibida en su Palabra (OE, 406-409, 1899; el destacado es mío en todos los casos anteriores y posteriores).

En cuanto a los sindicatos (o “uniones laborales”, como suele verterse el concepto en los textos de EW en castellano), dice de ellos que son “una trampa”, que “traerán tiempo de angustia”, que dificultarán a “nuestras instituciones llevar a cabo su obra en las ciudades” y que su “poder” llegará a ser “muy opresivo”. Así pues, no resulta prudente participar en ellos y es mejor mantenerse alejado. (También habla negativamente, en ese contexto, de “monopolios gigantescos” y “confederaciones” mundanas en general). Alude, en relación con las organizaciones sindicales, a “disturbios”, “confusión”, “huelgas”…, todo lo cual supondrá un “estorbo para nuestra obra”. “Los impíos se están uniendo en atados listos para ser quemados.” “No hemos de unirnos con sociedades secretas ni con uniones laborales”. “Constituyen una de las señales de los últimos días”. Los cristianos, “mientras pertenezcan a esas uniones, no pueden guardar los mandamientos de Dios, porque el pertenecer a esas uniones significa despreciar todo el Decálogo.” Y las considera entidades “que privan a las clases más pobres de las ventajas que les pertenecen con justicia, y les impiden comprar o vender, a no ser bajo ciertas condiciones”. Concluyentemente declara que “los que pretenden ser hijos de Dios en ningún caso deberían unirse a las uniones laborales que están formadas o que se formarán. El Señor lo prohíbe” (2MS, 161ss., escritos fechados entre 1902 y 1904).

Con lo anterior en mente, es de rigor que nos preguntemos ahora:

¿Qué aplicación tienen estas declaraciones y consejos de EW en nuestros días?

¿Debemos deducir de ellos que, según la mensajera del Señor, no deberíamos siquiera votar en las elecciones?

¿Hemos de aplicar literalmente sus palabras al referirnos a los sindicatos actuales?

 3. Propósito y contextualización de las citas de Elena White

Creo que, para responder con rigor a estas cuestiones, es necesario: 1. Entender dónde radica el énfasis de EW. 2. Contextualizar. (En realidad ambos puntos están unidos).

Antes que nada, señalaré que, como hemos visto, en algún caso EW vincula los problemas causados por los sindicatos con “el tiempo del fin”. No nos detendremos en ello habida cuenta de que, como sabemos, para ella el “tiempo del fin” era algo que iba a producirse de modo inminente en su propia época (lo cual no debe tomarse, estrictamente, como un error; pues, como sabemos, la llegada del fin de los tiempos en parte depende de cuán misioneros seamos los cristianos (ver Mat. 24: 14). Entonces, como es lógico, ella identificaba el “fin” con lo que veía en su propio tiempo (p. ej., la manera de conducirse de los sindicatos de entonces). Nos limitaremos, por tanto, a analizar cuánto se parecen o diferencian, a efectos de nuestros temas, su tiempo y el nuestro.

Tanto en estos como en muchos otros pasajes de las obras de EW, es notoria su preocupación por evitar que caigamos en la confusión del “mundo”; que adoptemos (siquiera parcialmente) su escala de valores; y que, con ello, incorporemos cada vez más su estilo de vida. Además, se interesa específicamente por la iglesia en el tiempo del fin, con todos los condicionantes implicados; entre éstos, de modo muy particular, la amenaza sobre la libertad religiosa, que como sabemos es una de las señales del fin.

La finalidad profunda de estos consejos y amonestaciones de EW (como suelen serlo, en general, los del Señor) no es tanto la de prohibir como la de proteger. Esto es así porque a ella, como a Jesús, le interesan más las personas que las doctrinas (recordemos que “el sábado fue hecho para el hombre, no el hombre para el sábado”, según Marcos 2: 27). No busca tanto suscitar tabúes como animarnos a ser críticos con el ambiente que nos rodea; recordándonos cuáles son nuestros principios y la verdad presente, y de qué manera se encuentra amenazada en el tiempo del fin nuestra observancia de los mismos.

Más concretamente, de una lectura atenta de las citas anteriores se desprende que cuando EW advierte contra la política lo hace, en el fondo, contra el partidismo político. O sea, contra la excesiva involucración, no necesariamente orgánica (afiliación), en tendencias políticas organizadas. Que no habla contra toda implicación o participación en política es obvio si recordamos que ella misma tomó parte, con mayor o menor énfasis, en procesos políticos, así como aconsejó hacerlo en su tiempo a los miembros de nuestra iglesia. Recordemos su apoyo a campañas abolicionistas del alcohol (incluso vinculándose a una liga de mujeres temperantes que se caracterizaba por su defensa del domingo como día de reposo, lo cual le acarreó críticas entre los hermanos). O su rechazo a participar en la guerra civil norteamericana. O sus declaraciones antiesclavistas. O su llamamiento a defender en todos los foros (parlamento incluido) la libertad religiosa y de conciencia. O sus consejos de ir a votar, aunque fuera en sábado, en determinados referéndums. (“Los que defienden la temperancia no realizarán una tarea completa a menos que ejerzan su influencia por precepto y por ejemplo –por medio de su voz, su pluma y su voto– a favor del prohibicionismo y la abstinencia de bebidas alcohólicas”, R&H, 8.11.1881).

En otras palabras, EW no demoniza la política (como participación en la “cosa pública”) per se. Incluso en algún caso habla positivamente de ciertas corrientes políticas, como cuando afirma que “el republicanismo y el protestantismo vinieron a ser los principios fundamentales de la nación. Estos principios son el secreto de su poder y de su prosperidad” (CS, 494; declaración que, por cierto, la distancia de los fundamentalistas protestantes contemporáneos que se empeñan en decir que Estados Unidos era y debiera volver a ser “una nación cristiana”). No es, pues, la política en general lo que suscita el rechazo de EW. Más bien, nos previene contra los riesgos de identificarse con tendencias opuestas a las del evangelio. No se opone a que los cristianos, los adventistas, intervengamos en las cuestiones públicas. A lo que se opone es a que nos unamos, mezclemos y confundamos con sectores ideológicos que son ajenos en todo o en parte al cristianismo. Es lo de Cristo: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del maligno” (Juan 17: 15). En esa línea, rechaza también la adhesión profunda y el apasionamiento partidista en favor de una u otra tendencia, y más cuando se introduce en la iglesia (en forma de conversaciones, propaganda…). Pues, a fin de cuentas, el problema en última instancia radica en nuestras mentes, no en el lugar donde nuestros cuerpos se ubiquen o en el que nuestros nombres estén registrados. En otras palabras, no es necesariamente más grave estar inscrito en los registros de un determinado partido político, ni siquiera participar en sus actos, que interiorizar la ideología del mismo aunque no tengamos relación orgánica o física con él.

En relación con el voto en unas elecciones políticas, una lectura reflexiva de las palabras de EW (ver arriba) parece indicar que no habla tanto contra el voto en cualquier caso, como contra aquél cuyo ejerciente: 1. Carece de suficiente información cuando hay riesgos (p. ej., en relación con la libertad religiosa y la postura de cada partido al respecto). 2. Apoya por medio de dicho voto, conscientemente o no, tendencias que amenazan esa libertad de conciencia.

Las consideraciones que hace sobre los sindicatos son, en el fondo, bastante similares. También aquí le preocupa, sobre todo, que mantengamos nuestra pureza doctrinal y nuestra libertad. Siempre con el afán de proteger al pueblo de Dios. Como hemos visto, de manera muy especial asocia a las “uniones laborales” con obstáculos a la realización de nuestra obra, aunque también les achaca oprimir a los pobres que no aceptan sus condiciones.

Pero, ¿cómo eran los sindicatos en tiempo de EW? En el libro El mundo de Elena G. de White, editado originalmente en inglés por la Review and Herald (y en castellano por la ACES), podemos hallar valiosa luz al respecto. Concretamente en el capítulo 5, “El surgimiento de una Norteamérica urbana e industrial” (89ss.), cuyo autor es Carlos A. Schwantes. En sus páginas describe las enormes desigualdades sociales que caracterizaban a los Estados Unidos de finales del siglo XIX, aún en plena revolución industrial. Por ejemplo señala que “durante las décadas de 1880 y 1890, especialmente en las metrópolis, las calles, el agua, las comodidades [sic] del alcantarillado y los servicios de vivienda y sociales para el pobre eran abominables”. “Ningún problema causaba más preocupación que la cada vez más evidente división en ricos y pobres. A mediados de siglo, el 80% de los americanos [sic] vivían en el límite de la subsistencia, mientras el 20% restante controlaba casi toda la riqueza del país.” Para colmo, la corrupción en los gobiernos de las ciudades llegaba a un grado tal que, según Edward D. White, un destacado educador de entonces, eran “los peores del mundo cristiano: los más costosos, los más ineficientes y los más corruptos”. Naturalmente, eran las clases bajas las que soportaban los peores efectos de esa corrupción.

Los empleados de las fábricas trabajaban diez horas diarias, seis días a la semana, percibiendo salarios miserables, y careciendo de seguridad social. “La actividad industrial no sólo era ardua sino también peligrosa. Engranajes y poleas expuestas regularmente trituraban las manos y arrancaban los brazos. El calor, el polvo y los gases tóxicos de fábricas pobremente ventiladas minaban la vitalidad de los obreros y contribuían al envejecimiento y la muerte prematuros”. Condiciones que, como podemos recordar, denunció la propia EW en algunas de sus obras.

No es extraño que, con un marco social semejante, surgiera entre los protestantes el Social Gospel, un evangelismo que ponía especial énfasis en los problemas materiales de los pobres, con el fin de aliviárselos y denunciar las injusticias. Tampoco lo es que empezasen a proliferar las uniones laborales o sindicatos. Y aquí podemos preguntarnos: ¿Es pecado que los trabajadores, así explotados, se uniesen entre sí para exigir mejores condiciones laborales?

“Algunos se sumergían en políticas radicales, otros se desenfrenaban en violentas protestas públicas en contra de los recortes de salarios y los despidos masivos. […] En la lucha por la supervivencia los trabajadores encontraban apoyo en sus logias, clubes y sindicatos”. Schwantes alude después a uno de los sindicatos más importantes surgidos por entonces, la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo, “una combinación de logia, club de reformas políticas y sindicato de obreros”, que llegaría a “alcanzar en la década de 1880 proporciones internacionales”. En su seno seguían “rituales complejos, secretos y misterios ideados por personas iniciadas en los ritos de la Masonería, los Odd Fellows o los Caballeros de Pythias”. Es decir, se caracterizaban, al menos parcialmente, por su “clandestinidad” y por los “elementos cuasirreligiosos de su ritual”. “En su lucha contra los recalcitrantes dueños utilizaban tanto el boicoteo como la huelga.” [Hay que aclarar que entonces las huelgas eran ilegales.]

En aquel tiempo eran frecuentes los graves “estallidos de violencia” (1877, 1886, 1892, 1894), con víctimas mortales, en las relaciones entre obreros y patronos estadounidenses. “Acertada o equivocadamente, a fines del siglo diecinueve y principios del veinte, muchos norteamericanos relacionaban los sindicatos laborales con la violencia. Durante ese tiempo, los Estados Unidos tuvieron las relaciones trabajador-empresario más sangrientas que las de cualquier otra nación industrializada. […] En la década de 1890, los campamentos mineros de las Montañas Rocallosas […] permanecían en un estado casi permanente de agitación interrumpido por explosiones de dinamita, golpizas y disparos.”

Además del caso estadounidense, nos conviene echar un rápido vistazo a la realidad australiana de finales del siglo XIX, pues EW residió en este otro país entre 1891 y 1900, año en el que regresó a su patria. Para ello, disponemos de algunas referencias valiosas en el mismo libro que venimos citando, pero ahora en su último capítulo, “Australia en la década de 1890” (263ss.), cuyo autor es Alwyn Fraser. (El capítulo se inicia, por cierto, con una cita de la propia EW, para quien, “de todos los países, Australia es el que más se asemeja a Estados Unidos”).

Fraser recuerda que la estancia de EW en Australia coincidió con una profunda crisis económica en gran parte del país. Pese a que éste venía siendo próspero y se le auguraba un gran futuro, aquélla era una época de quiebras empresariales y bancarias, con creciente desempleo laboral. (A la vista de la situación social, EW afirma en 1895: “En este país he encontrado miseria y pobreza por doquier, y ya no tengo medios para aliviar al afligido, vestir al desnudo, enseñar a los jóvenes que son muy pobres a ayudarse a sí mismos y colocarlos en las escuelas…”). Era tal la miseria que muchas mujeres recurrían a la prostitución. Los obreros empezaron a organizar manifestaciones. “Una forma popular de protesta era la marcha con antorchas, en la que los hombres eran acompañados por mujeres con bebés en sus brazos para hacer que la manifestación fuera más impactante. En 1893, un domingo por la noche el clero estaba especialmente enojado puesto que cerca de 300 obreros marcharon a través de las calles de Melbourne cargando una cruz a la que estaba clavada la esfinge de un obrero. Una placa colocada sobre su cabeza rezaba: ‘La humanidad crucificada’”. (Por cierto, quizá el escándalo de esos clérigos revela cómo, al igual que los antiguos y los modernos fariseos, anteponían las doctrinas a las personas).

Esas protestas, sigue Fraser, “con frecuencia desembocaban en violentos enfrentamientos con la policía, especialmente cuando los servicios religiosos de clase más acomodada eran interrumpidos por los manifestantes. Algunos miembros del clero, junto con sus congregaciones con empleo y bien alimentadas, expresaban poca simpatía por los desempleados, ya que consideraban su condición como un castigo de Dios por el mal uso que los obreros habían hecho de su tiempo libre en el pasado…”.

“Estos años fueron testigos de muchos choques entre el capital y la mano de obra, a medida que la rápida proliferación de los sindicatos permitió que éstos se impusieran”. En principio, como en Estados Unidos y otros países, los obreros iban agrupándose por gremios (sectores laborales), pero poco a poco los distintos gremios se fueron confederando para dar lugar a grandes centrales sindicales. Con su creciente influencia, “los dirigentes de los sindicatos intentaban forzar a los empleadores a aceptar el principio del ‘taller exclusivo o agremiado’, consistente en dar trabajo sólo a personal agremiado.” En respuesta a ello, los empleadores también se agruparon en organizaciones patronales, con tendencia a colisionar con los sindicatos. Llegó a haber en esos años graves choques entre una y otra parte.

Ésa era, pues, la realidad sociolaboral y sindical que reinaba en el tiempo de EW. La hemos analizado partiendo tanto de lo que dice al respecto la propia EW (sobre todo, implícitamente), como de las descripciones de Schwantes y Fraser en El mundo de Elena G. de White. Era una realidad caracterizada por las fuertes tensiones y desigualdades sociales propias del proceso de industrialización. En Estados Unidos, en el sindicalismo dominante había una mezcla de obrerismo y rituales masónicos o pararreligiosos, propios de sociedades secretas (logias). Entonces aún no estaban reconocidos todos los derechos laborales, lo que era fuente de conflictos incluso violentos. Además, para asegurarse su fuerza de negociación ante los patronos, era frecuente tanto en Estados Unidos como en Australia que los sindicatos boicoteasen a los trabajadores no sindicados o “agremiados” (cosa a la que aludía críticamente EW en una de las citas dadas arriba).

¿Hasta qué punto se parece esta situación a la de hoy en día?

 4. Comparación con la realidad actual

Ciñéndonos al caso español, por ser el más cercano (es, en todo caso, similar al reinante en todo el mundo occidental desarrollado), encontramos al menos estos rasgos diferenciales:

  1. Los derechos laborales llevan décadas reconocidos legalmente (gracias, por cierto, a la lucha ya secular de los sindicatos, cosa que haríamos bien en admitir). Esto supone que, por ejemplo, una huelga en una empresa no implica per se una situación de violencia o de desafío al poder constituido.
  2. Parece obvio que los sindicatos actuales (CC.OO., UGT, USO…) no son, ni en todo ni en parte, sociedades secretas que practiquen rituales basados en ideas masónicas o religiosas.
  3. En general, las organizaciones sindicales de nuestros días ni siquiera son revolucionarias, habiéndose convertido más bien en entidades gestoras de los derechos de los trabajadores de acuerdo con las leyes establecidas. Recuérdese, por ejemplo, que reciben financiación estatal, y que normalmente llegan sin traumas, año tras año, a acuerdos con la patronal para el establecimiento de los distintos convenios colectivos.
  4. De acuerdo con la legislación en vigor, aceptada por los sindicatos, es evidente que por lo general no hay presión sindical hacia los empleados no sindicados. De hecho, ni siquiera es necesario que ningún empleado esté afiliado a un sindicato para que se celebren elecciones sindicales en su empresa. Y el que un empleado se presente por un sindicato, sin estar afiliado a él, en modo alguno implica que, si gana las elecciones, ese sindicato vaya a entrar en la empresa donde se celebran (la presencia del sindicato es, básicamente, supervisora del proceso electoral).
  5. Los brotes violentos son excepcionales (siendo además rarísimo que en ellos muera alguien), y suelen derivar no de la falta del reconocimiento de derechos laborales, sino de las decisiones repentinas de reducción de plantilla por parte de grandes empresas.

En suma, los sindicatos hoy día no son más que agentes negociadores y gestores, así como referentes sociolegales útiles para los empleados de cualquier sector (y para sus empleadores). Los adventistas aceptamos sin problemas que haya legislación sobre accidentes, prevención de riesgos, leyes contra malos tratos, normas de edificabilidad… ¿y nos rasgamos las vestiduras porque haya normas laborales y porque haya garantes, más o menos eficaces, que tratan de hacerlas cumplir? ¿Somos conscientes, por lo demás, de que estamos ante derechos constitucionales?

Todos estos son hechos constatables y fáciles de comprender. Lo que pasa es que la fuerza del tabú nos impide, a veces, efectuar un análisis sereno. Y en cuanto oímos que van a celebrarse elecciones sindicales en una institución adventista, rápidamente se escuchan frases como: “Los sindicatos van a entrar aquí…”, “La política entra en la iglesia…”, “Con la sindicalización de nuestras instituciones perderemos nuestras señas de identidad…” Ésas y otras expresiones se han oído en instituciones adventistas y aledaños cuando se ha planteado una circunstancia de ese tipo.

5. Primeras conclusiones

Lo cierto es que con la actitud subyacente al tabú, basada en la falta de reflexión, hemos podido cometer errores como:

  1. Aplicación precipitada y descontextualizada de las citas de EW que, más o menos, nos “sonaban” (y en la mayoría de los casos, sin siquiera leerlas).
  2. Exageraciones y frases infundadas como las que acabamos de citar.
  3. Posible testimonio negativo a los representantes del sindicato que en el pasado han venido a supervisar las elecciones en las instituciones adventistas donde se han celebrado.
  4. Falta de comprensión de la situación de un compañero, anteponiendo la “doctrina” a la persona.

Respecto al punto 1, es como si aplicásemos, sin más, la frase de Pablo que dice “calle la mujer en la iglesia” (1 Cor. 14: 34). Sin comprender que los tiempos de Pablo y los de Cristo, pero también los de Elena White, son en muchos aspectos diferentes a los nuestros.

Esto, que afecta a las relaciones hombre-mujer (asunto que, por cierto, importa no poco a muchas de nuestras compañeras, y con razón), es extensible a otras cuestiones culturales, incluidas las políticas y sindicales. Las sociedades tiránicas y “teocráticas” de Herodes o la de Nerón, poco tienen que ver con la nuestra, (aún) bastante laica y democrática. La sociedad puritana que emprendía la industrialización en tiempos de EW tampoco es equiparable a nuestra sociedad posindustrial y en gran medida amoral y secularizada. No se pueden aplicar así como así las mismas normas, palabras y conceptos a los distintos casos.

De lo contrario incurriremos en otros “simpáticos” errores (alguno de los cuales ha sido evidente estos días), como invocar el convenio laboral para ajustar las categorías del personal a lo legal, a la vez que se contempla lo sindical como cosa del Diablo… ¡olvidando que los convenios son fruto de las negociaciones sindicales! U olvidar que la Seguridad Social, y más concretamente las pensiones financiadas por ella, es también en gran medida un fondo reivindicado y pactado por los sindicatos. [Todo esto me recuerda, por cierto, a ciertos hermanos que consideran “el mal absoluto” todo lo que suene a sindicatos, socialismo, comunismo, etcétera, pero que no tienen reparos en acudir a un sindicato de izquierdas para conseguir una indemnización multimillonaria si les echan del trabajo (pese a lo cual no varían sus puntos de vista…).]

Y a todo esto, hemos olvidado además que los derechos laborales, y humanos en general, son el resultado también de la influencia cristiana en el mundo. ¿Qué pensamiento sino el bíblico ha propiciado más que ningún otro la justicia social, desde los albores de la historia humana? Arriba hemos visto cómo voces cristianas se levantaban contra la explotación en los Estados Unidos del tiempo de EW (también fue así en la Australia que ella conoció). La Declaración Universal de los Derechos Humanos, que os invito a (re)leer, tiene un decisivo sustrato judeocristiano. Por todo ello, difícilmente podemos ver con los mismos (malos) ojos las legislaciones actuales (sindicales incluidas) que las de tiempos de EW, o las de tiempos de Cristo y Nerón. Las nuestras, por decirlo claramente, son más cristianas (en muchos aspectos) que aquéllas.

Nuestra mentalidad (y subrayo lo de “nuestra”, pues me incluyo) es laodicense, tal como fue profetizado (por desgracia, eso debería habernos prevenido… pero se ve que no es así). Por eso, y hablo en general, tendemos a ser más rápidos en juzgar que en comprender al hermano. En tiempo de crisis, nos es más cómodo refugiarnos en las doctrinas que ponernos en el lugar de las personas. Las primeras nos dan seguridad, o eso creemos (es, en realidad, más una sensación que otra cosa). Si al menos hubiéramos entendido bien las doctrinas…

El tabú que padecemos respecto a la política, por ejemplo, nos lleva a inhibirnos de muchos de los grandes asuntos que afectan a la humanidad. Vamos a remolque del mundo en lugar de ir por delante (como iban nuestros pioneros, que eran gente bien insertada en su mundo). [Paradójicamente, nuestro rechazo a “pringarnos” en los asuntos del mundo nos lleva, a veces, a ser más mundanos que el “mundo”. Por eso aún en nuestras instituciones se suscita la diferencia de trato hombre-mujer, pese a que ya Pablo dijera que en Cristo “no hay […] ni hombre ni mujer”, según Gálatas 3: 28. O hablamos contra la guerra sólo cuando algún político o periodista “malinterpreta” (?) la postura adventista al respecto. O en muchas de nuestras congregaciones nos escandalizamos más de que un predicador hable contra el consumo de carne que lo que se escandalizan los “mundanos” en una conferencia “secular”.]

Callamos cuando deberíamos hablar. Nos quedamos de brazos cruzados cuando deberíamos saltar. Ver la política (la política en general) como tabú nos priva de hablar al “mundo” en el lenguaje que el mundo entiende. Y nos lleva a una especie de separatismo que se parece más al de los fariseos que a las recomendaciones de Jesús (“No ruego que los quites del mundo…”, ya lo hemos visto). Es lo que suelo llamar la “iglesia-burbuja”, especialmente manifiesta en las instituciones adventistas (que son como una burbujita, aún más pequeña y compacta, dentro de la burbuja eclesial; o sea, la crème de la crème). Actitud que nos impide hacer mucho bien a las personas del entorno que nos rodea… e incluso a los entornos lejanos que, en un mundo globalizado como el nuestro, también podrían beneficiarse de nuestro compromiso activo.

A todo esto nos llevan tabúes como el que tenemos respecto a la política. (Por cierto, ¿hemos pensado alguna vez que Jesús se pasaba buena parte del tiempo hablando de política, incluso debatiendo sobre ella con sacerdotes, escribas, fariseos…? ¿Qué hacía, si no, cuando discutía con ellos sobre la Ley? ¿Y nos hemos dado cuenta de las tremendas implicaciones políticas de su entrada regia en Jerusalén?)

6. Conclusiones finales

Es cierto que Elena White dice (ya lo hemos citado arriba), que “cualquier conexión con los fieles e incrédulos que nos identificase con ellos está prohibida en su Palabra”, y es importante que lo tengamos en cuenta. Pero no es menos cierto que agrega: “Cuando los publicanos y pecadores lo invitaban a comer, [Cristo] no rehusaba; porque de ninguna otra manera que tratándose con ellos podía alcanzar [a] esta clase [de personas]” (OE, 409).

Pues si hemos de difundir las Buenas Nuevas de Salvación, hemos de abrirnos al mundo, no cerrarnos a él. Sin identificarnos con sus valores, yo puedo no obstante ser, al igual que Pablo (ver 1 Cor. 9: 19-22), como judío con los judíos, como sin Ley con los sin Ley, como débil con los débiles… ¿Quizá también como sindicalista con los sindicalistas? Y hasta, ¡quién sabe…!, ¿como nazi con los nazis? A fin de cuentas, Pablo dice que puedo hacerme “todo a todos” (vers. 22).

¿Que esto es muy arriesgado? No, si tengo las ideas claras: si sé que hacerme “todo a todos” es con el fin de ganarlos a todos para el evangelio (vers. 22-23). Con tal propósito en mente, nunca llegaré a identificarme en el plano ideológico (pero sí en el plano afectivo, humano) con ellos, porque lo que me importa es darles a conocer al Maestro que predicó y ejemplificó una “ideología” radicalmente distinta a todas las demás. Resumible, paradójicamente, en que las doctrinas (la “ideología”) son importantes, pero las personas lo son aún más.

Por eso es conocido el cristianismo como la religión del amor.

(Imagen: Fragmento de El Cuarto Estado de Giuseppe Pellizza da Volpedo [1901], Wikipedia.)

(Publicado originalmente en Aula 7, nº 20, diciembre 2007, págs. 14-19.)

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4 comentarios en “Las cuestiones sindicales y la Iglesia Adventista

  1. Empezando por eso de los engranajes y las poleas, veamos a dónde nos lleva la transmisión mecánica…
    En los países industrializados de Europa no era diferente, pues el modo de transmitir la energía, entonces, era ese; tanto en U.S.A como en Europa.
    Para el año 1880 EE.UU había arrebatado el liderazgo industrial a la Gran Bretaña. Al paso que ese país se fue abriendo camino hacia el oeste, y especialmente desde la conclusión de su guerra civil, las oleadas de inmigrantes europeos se fueron incrementando año tras año. Allí iban llegando inmigrantes de todos los lugares de Europa, primeramente los de raíz protestante, que eran bien acogidos y asimilados en la nueva sociedad. No así los de cultura católica, irlandeses e italianos, que durante un tiempo tuvieron que irse abriendo un hueco en aquella sociedad donde no eran bien acogidos. Aunque la primera asociación de trabajadores, de carácter internacional, fue instaurada en Londres, luego de las revueltas sociales en Europa fue trasladada a los EE. UU. (Nueva York).

    Con lo expuesto previamente, quiero recalcar que el paisaje social dibujado por Carlos A. Schwantes, a través de las notas que maneja el autor del artículo (Juanfer), que parecen reflejar a una situación, que aunque fuese real, no era peor ni diferente a la del resto de las naciones occidentales. Es más, por muy mal que las pinten; las del viejo continente debían de ser peores, pues si no fuera así, no tendrían sentido las corrientes migratorias. Varios familiares allegados a mí, incluso mi padre, fueron inmigrantes en esa nación en el primer tercio del siglo pasado. Todos ellos prestaron sus servicios en el campo de la industria metalúrgica, donde las condiciones laborales, en relación con la seguridad e higiene, eran similares, entonces, a las de Europa, pero los niveles salariales eran muy superiores. Recalco, esa realidad es indiscutible, pues de otra manera el “efecto llamada” no hubiera tenido la respuesta que tuvo.

    El surgimiento del Social Gospel, también tuvo su manifestación en ICR con la encíclica Rerum Novarum, en la que el León XIII se manifestaba a favor de la creación de lo que entendemos como sindicatos. En el católico e industrializado Bilbao de la última década del siglo XIX, las señoras de la alta burguesía rezaban por el papa, al que consideraban casi comunista…
    Hoy, los que hemos prestado servicios en empresas con representación sindical, en posiciones delicadas, desde donde se observaban tantos entresijos… ponemos en tela de juicio el valor real de esas asociaciones (por desgracia). No estoy en contra de ninguna sindicación… ni obrera, ni de gremio, ni de clase. Pero no hay más que ver cómo emerge la basura, actualmente, a pesar de todos los resortes que ellas tienen para evitar que la realidad salga a la luz.
    Por otra parte, a través del tiempo, en nuestro medio, se dio solución a conflictos de tipo laboral, hasta en la Corte Suprema de los EE. UU. Sin la intervención de esas asociaciones.
    jjm
    PS/ Como nadie ha intervenido, y eso que colgaste el artículo el 12 de febrero, como Arias navarro… Empiezo yo, para romper el hielo.

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  2. Por favor, Juanfer, no más política, no más propaganda política-sindical. Eso está bien para quienes piensan que los cristianos deben aprender del comunismo y del sindicalismo. Y nada más lejos de la realidad. Es al revés. Son los comunistas y sindicalistas, quienes deben aprender e imitar, no plagiar, al Maestro, su Mensaje y su Testimonio…

    La iglesia no necesita lecciones extraídas de los manuales comunistas inspirados por marxistas. Si Karl Marx, judío por cierto, teorizó, escribió y filosofó sobre el materialismo histórico y las luchas de clases a mediados del siglo XIX, casi dos mil años antes, otro judío, Jesús de Nazaret, ya se adelantó a Karl Marx y sus acólitos. Para qué, por qué, voy a ir a la copia (el discurso y la teoría marxista), si tengo, tenemos, el original en la Palabra, el Mensaje y el Testimonio del Maestro, JESÚS DE NAZARET..
    .
    Si Karl Marx escribió: “Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo”. Eso ya lo dijo el Maestro hace siglos, y mucho mejor, pues no hay comparación posible entre ambos judíos, con su Mensaje Universal: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros. Como os he amado, amaos también vosotros los unos a los otros“.“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros“.
    “Pues dad a César lo que es de César; y a Dios lo que es de Dios“…

    Lo demás, todo lo demás, son cuentos chinos. Cuentos chinos, ganas de perder el tiempo y marear la perdiz…

    El movimiento se demuestra andando. Y Jesús de Nazaret, judío, lo mostró y demostró sobradamente. La Biblia, el Libro de los libros, según Oscar Wilde, contiene suficiente conocimiento, sabiduría y enseñanza como para no perderse en teorías marxistas, comunistas o populistas…

    Hay quienes ambicionan transformar el mundo sin apenas hacer nada. Otros, sin embargo, tan solo pretendemos corregir nuestro corazón leyendo cada día en LIBERTAD…

    Aprovechando que se acerca la puesta de sol del Sábado, feliz Sábado a tod@s. SHABAT SHALOM!…

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  3. Pingback: La Iglesia Adventista y los derechos humanos | Blog de Jonás Berea

  4. Gracias! Opinaba lo mismo y en cierta medida me sentía solo con mi opinión.el apóstol Pablo fue un gran referente para mi. Saludos desde la Patagonia argentina!

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